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William Bronk
William Bronk. Foto: Especial

1. EL MISTERIO NO EXISTE. De lo contrario, el diálogo de un individuo con lo desconocido no llegaría a nada, no sería un verdadero diálogo sino, en el mejor de los casos, un monólogo que más que conocer buscaría reconocerse en eso que tiene enfrente y que, por resultar indescifrable, no puede convertir en auténtico objeto de su mirada. Lo desconocido, por el contrario, exige claridad, pulcritud en el ver, limpieza en la observación que espera no sólo una emoción o una conmoción, ambas hijas de la expectativa, sino una huella en la sensibilidad y en la razón, un golpe, una impresión en el sentido tipográfico de la palabra.

Por todo esto, las aproximaciones de William Bronk al mundo precolombino en su libro Nuevo mundo, siempre a través de la evidencia de sus ruinas, no son nostálgicas ni románticas, ni buscan penetrar en un pasado que, a fuerza de lejanía, resultaría afín al silencio y al anonadamiento, o a la pura y simple veneración. Tan poco dado al lirismo, a pesar de su indiscutible vocación poética, Bronk sabe que quien admira pierde, y que sólo quien mira de verdad, quien observa, despeja de la realidad, así sea parcialmente, la incógnita de lo que a golpe de vista parece indescifrable. En efecto, la única manera de incursionar en lo oscuro es despojándolo de su negrura, llevando una lámpara en los ojos para iluminarlo. No nos enfrentamos a lo desconocido para regodearnos en la sombra, sino para construir una impresión. Las piedras de Machu Picchu, de Tikal, de Palenque y de Copán le muestran a Bronk, mediante un lenguaje conciso y directo, lo mismo que le mostraron a quien, hace muchos siglos, las talló y apiló, porque los indicios siguen ahí, tan luminosos como el sol. Más allá del ritual y la ceremonia, del culto y el mito, recónditos por razones cronológicas, las ruinas muestran algo que aún puede explicarse, describirse y saberse. En este sentido, Bronk no es un mistagogo o un iniciado, sino un lector atento y perspicaz.

 

“Su visión de las culturas ancestrales, cargada de la menor cantidad de presupuestos posible, es más topológica que mágica, más geométrica que mítica y más geográfica que religiosa.”

 

2. COMO BIEN SEÑALA Gabriel Bernal Granados en su “Prólogo”, la prosa de Bronk, libre de florituras, busca la precisión. Es una prosa filosófica o, mejor aún, fenomenológica, en el sentido de que va a las cosas mismas, de que se centra en lo evidente, lo cual no es fácil cuando se tienen delante vestigios que parecen admitir todo tipo de teorías e interpretaciones. Hay en Bronk un proceder antropológico sobrio y objetivo que le permite profundizar en las ruinas sin más herramientas que la pura observación y la deducción lógica. Su visión —nunca mejor dicho— de las culturas ancestrales, cargada de la menor cantidad de presupuestos posible, es más topológica que mágica, más geométrica que mítica y más geográfica que religiosa. Se interesa en el hecho y en lo dado, en lo natural y en lo artificial, en la realidad concreta, palpable, y en lo que el individuo pone en ella. No le fascinan tanto las cosmogonías de dos civilizaciones —la inca y la maya— ya extintas, sino las concepciones del tiempo y el espacio que las hicieron posibles y que perviven, silentes pero palmarias, en la arquitectura de sus centros ceremoniales. Más que un pedazo de historia, para Bronk las ruinas son la respuesta a una serie de preguntas que, en su momento, quedaron resueltas por la íntima comunión que esas piedras lograron entablar con los terrenos que las albergan. Así, muchas de sus consideraciones antropológicas vienen precedidas de valoraciones topográficas que ahondan en el sentido y justifican las edificaciones. Si éstas se encuentran donde se encuentran —ahí, en ese sitio, dice Bronk— es por una razón de peso; su ubicación no es accesoria ni accidental; no podrían estar en otro lugar porque el valor natural del terreno es tan importante como lo que se colocó en él. Sobre Machu Picchu, Bronk escribe:

El terreno y su fondo fueron puestos a prueba por sus mejores valores de la misma manera en que un bloque de piedra a punto de ser esculpido es estudiado por el escultor que pretende desarrollar su concepción a partir de él.

La roca natural es, pues, valorada y respetada. La ciudad ceremonial inca no violenta el terreno, ni representa una alteración o destrucción del espacio, lo cual significa, entre otras cosas, que el culto siempre está por debajo de lo que lo hace posible o, mejor dicho, que las creencias dependen en buena medida del espacio que se habita. En efecto, no se planea una ciudad y luego se la coloca en un terreno propicio; porque hay un terreno con tales y cuales características se le puede agregar, sin apremiarlo, un centro ceremonial o una serie de edificios que cubrirán diversas necesidades. En todo caso, lo natural permite y moldea lo artificial. Algo totalmente opuesto a lo que, por ejemplo, hizo el conquistador, propietario a la fuerza de un terreno que, por razones políticas y religiosas, buscó explotar al máximo, utilizando incluso los despojos de las edificaciones precedentes.

También en la cultura maya Bronk detecta esta concepción del espacio alejada radicalmente del sentido de la invasión que altera y trastorna. Palenque, nos dice, representa la ocupación perdurable de un espacio que, al no tener medida, propició el deseo de la forma como principio arquitectónico. No fue, pues, la utilidad la que motivó la construcción de esos edificios, sino la necesidad de inventarse una forma y un lugar, de crearse un mundo. Los edificios mayas, que en Palenque y Tikal, por cierto, miran hacia adentro como acentuando el terreno, dicen “aquí” trazándole límites al vacío, levantando fronteras donde no las hay. En Palenque, en efecto, los hombres informaron lo informe, pero también abandonaron lo que habían hecho, lo cual, dice Bronk, significa que la ocupación del espacio nunca es definitiva ni está cifrada por el éxito. Al igual que los habitantes de Machu Picchu, los mayas sabían que todo cambio de forma es un golpe certero a la imposición, que nunca la piedra tallada será más valiosa que la natural, que los límites impuestos al espacio son siempre arbitrarios y que lo único que nos queda es ocupar provisionalmente algún punto de una vastedad vacía.

3. LO ANTIGUO NO EXISTE. Que Bronk destaque, por decirlo así, las “cualidades naturales” de las ruinas mayas e incas quiere decir que se puede llegar a conceptos distintos de habilidad técnica e ingeniería, mucho más afines a la sensibilidad y a la belleza que a la eficacia. Machu Picchu y Palenque son, por supuesto, derroteros del esfuerzo humano, pero también elogios de la materia más allá de su funcionalidad, elogios de lo bello. Dice Bronk:

Es costumbre —desde luego justificada— hablar de la habilidad ingenieril de estos constructores y admirar sus técnicas, o más bien los resultados de sus técnicas ya que no hemos descubierto realmente cómo trabajaban. Y sin embargo, para los ojos modernos, la profunda impresión de la ciudad en su conjunto no es una de habilidades técnicas. No obstante lo admirable que esto pueda ser, los hemos superado hace mucho tiempo en cuanto a herramientas y métodos. Pero nada de lo que hayamos podido hacer a este respecto supera a Machu Picchu en belleza. Se trata de algo más que la ciudad de un ingeniero o de un tallador de piedra. Una y otra vez uno se admira frente al concepto imaginativo de una pared o de un edificio o de una posibilidad de realización en relación con lo cual las habilidades calificadas son sólo una herramienta, no obstante cuán necesaria sea. Es en este sentido que Machu Picchu es un lugar importante, y en este sentido también que no hemos avanzado, que el tiempo desde entonces ha oscilado hacia atrás o adelante a medida que hemos intentado, con el estorbo de nuestras habilidades mucho más numerosas y variadas, conseguir un grado de perfección que se alcanzó de una manera muy simple hace mucho tiempo. No es probable que lo hagamos mejor.

 

“Las ruinas siguen diciéndonos mucho precisamente porque no tienen tiempo, porque no están ‘fechadas’, como sí lo están, dice Bronk, las iglesias barrocas de la colonia, cuya antigüedad nos resulta obvia.”

 

Así, pues, se trata de una ingeniería “natural” que hace patente para quien la contempla la llegada, por la vía de la impresión, de una lengua nueva, desconocida del todo pero en el fondo familiar, repleta, dice Bronk, de entonaciones y actitudes que se pueden intuir. Una lengua tan universal y precisa que no necesita intérpretes. Las ruinas mayas e incas nos hablan con mayor elocuencia porque somos humanos y porque sus constructores también lo fueron, más allá de la distancia cronológica. Las ruinas siguen diciéndonos mucho precisamente porque no tienen tiempo, porque no están “fechadas”, como sí lo están, dice Bronk, las iglesias barrocas de la colonia, cuya antigüedad nos resulta obvia. Además, que el tiempo no se pueda “fechar” quiere decir que no es lineal ni progresivo, sino continuo, un presente continuo. Mientras que en las iglesias barrocas habita el pasado, en las ruinas lo hace un presente que exige del antropólogo una actitud específica, alejada en todo momento de los intereses del anticuario. Si de algo buscan deshacerse las incursiones en lo oscuro de Bronk es precisamente de ese sentido común del antropólogo-anticuario que, por estar moldeado por los conceptos y las costumbres de su propia tradición, desdeña la impresión y transforma lo que ve en una representación de sí mismo. En cambio, el tiempo como presente continuo nos conduce a una antropología atemporal que, a su vez, es capaz de distinguir los rasgos fundamentales de aquello que la impresiona.

Machu Picchu. Foto: Especial

Por eso, con la suficiencia de quien se sabe dueño de su propio método, Bronk nos asegura que para los mayas el tiempo fue el objeto de culto por antonomasia y que la calendarización del mismo no estuvo motivado por aspectos religiosos. En el mundo maya, nos dice, la relación entre el tiempo y el culto es más estrecha de lo que parece, y esto, de nueva cuenta, se pone de manifiesto en Copán, ciudad en donde se afinaron algunos de los enunciados mayas más importantes sobre el tema, tal y como lo constata la losa Altar Q que contiene una lectura astronómica del tiempo mucho más precisa y sofisticada que las anteriores. Pero, al igual que Palenque, Copán fue una ciudad que los mayas abandonaron en un momento determinado de su estancia en el mundo —o al menos eso parece, piensa Bronk, a juzgar por la ausencia de otras losas con registros astronómicos ulteriores—, lo cual refleja, a pesar de la continuidad del hombre, una concepción del tiempo discontinua y, más aún, una idea de la historia no progresiva. Es decir, las ruinas de Copán ilustran, más allá de nuestra necesidad de formas y unidades de medida, que somos seres atemporales y ahistóricos, y que para explicarnos a nosotros mismos necesitamos imponernos ciertas invenciones del tiempo y del espacio. Aunque en Copán el hombre maya dejó indicios de sus invenciones, también lo hizo de su liberación de las mismas, del abandono de ciertos límites y de la destrucción de su mundo, asunto sin importancia cuando se advierte, dice Bronk, que más que seres históricos somos fantasmas capaces de coincidir con una realidad en la que seguiremos ensayando y desechando formas y certidumbres que nos permitan seguir incursionando en lo oscuro.

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