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Al parecer su episodio con la muerte le había resultado aburrido, para compensar, decidió que necesitaba una experiencia total.

William Burroughs, homosexual y adicto a la heroína, era un hombre que no trabajaba estrictamente con la materia literaria. Sus conocimientos abarcan una variedad de disciplinas tan distintas como impactantes. Su obra abunda en tópicos como la medicina, las adicciones, las relaciones sexuales psíquicas, la manipulación subliminal, el extermino del pensamiento racional, los alienígenas, etcétera, y sobre todo acerca del control que ejerce el gobierno sobre sus ciudadanos.

Las cartas de la ayahuasca, o del yagé, es un libro que nace del dolor. Como casi toda la obra primeriza de Burroughs, el dolor aquí presente es intuitivo, primigenio, impulsado por la pérdida. Un entramado maligno que perseguiría al escritor durante toda su vida. No el dolor científico y cerebral que desarrollaría en obras posteriores como La máquina blanda o El ticket que explotó. El dolor original que le produciría asesinar a su esposa, se extendería a la muerte de su hijo por sobredosis, William Burroughs Jr., también escritor y adicto a la heroína como su padre, hasta la pérdida de Allen Ginsberg, el poeta beat del que estuvo enamorado toda la vida.

Después de asesinar de manera accidental o no a su esposa Joan, y atravesar un proceso judicial corrupto, burocrático y leonino en la Ciudad de México, del cual escapó impunemente, Burroughs viajó a Sudamérica en busca de la planta alucinógena yagé. Según la mitología del control, a la cual era adepto, la ayahuasca, utilizada principalmente por chamanes, producía una experiencia telepática. A su búsqueda la denominó la dosis definitiva. Al parecer su episodio con la muerte le había resultado aburrido, para compensar, decidió que necesitaba una experiencia total, reveladora. Pero si la muerte no te puede proporcionar esa necesidad, posiblemente nada podrá. Para un adicto como William, que lo había probado todo, ¿qué otra cosa podría resultar significativa que no fuera su propia muerte?

El proceso que sufrió Burroughs para convertirse en escritor es único en la historia. Comenzó a escribir después de cumplir los cuarenta años. El paso en la conversión de adicto a escritor es el impacto que le causó la muerte de Joan. Tratada abundantemente en su novela Yonqui. Pero esta obra no sería suficiente para que su autor superara el suceso. Después vendría Marica y Las cartas de la ayahuasca. Este último la correspondencia sostenida entre Burroughs y Ginsberg en sus respectivas andanzas sudamericanas para la ubicación del yagé. Aunque el libro está firmado por los dos, el móvil son las obsesiones burroughsianas, al que el poeta llegó por contaminación, con una visión más orientalista y folky que la alegórica y definitoria perseguida por el novelista. De la totalidad de epístolas que incluye el libro, sólo dos son autoría de Ginsberg.

Burroughs maneja en Las cartas de la ayahuasca un estilo seco, duro. En contraste con el experimentador del cut-up en que se convertiría después.

Al parecer su episodio con la muerte le había resultado aburrido, para compensar, decidió que necesitaba una experiencia total.

La droga, para Burroughs, era una causa. Sin embargo, durante toda su vida luchó por renunciar a ella. Tuvo sus primeros sacudidones con la heroína en 1944 o 1945, para cuando se lanza a la expedición por el yagé había padecido un periodo de yonqui de alrededor de ocho años, indicio de que sus intenciones eran desarrollar una conciencia psíquica más profunda.

Toda su vida osciló entre el influjo y el no influjo de la heroína. De alguna manera toda su obra está afectada por la droga. Finalmente se rindió y fue un adicto casi toda su existencia. Quizá eso le garantizó la longevidad, moriría en 1997, a los 83 años de edad. Tal vez acuciado por la depresión que le causó la muerte de Allen Ginsberg unos meses antes.

En 1953, año en que arranca de manera oficial su escrutinio de la selva colombiana y peruana en busca de ayahuasca, Burroughs había sobrevivido a dos sobredosis de heroína. Había asesinado a su esposa, sido encarcelado y sostenido más de quinientas relaciones homosexuales. Aún faltaban seis años para que publicara El almuerzo desnudo. Mientras tanto, nos legó estas cartas de la desesperación, del dolor, de la confusión, de la huida. Textos confeccionados desde zonas marginales, hechos por un Burroughs que no cesaba de quejarse de que jamás había tenido un reloj que funcionara.

El pasado 5 de febrero se cumplieron 103 años del nacimiento de Burroughs y de sus libros, que se pueden entender como cartas de existencialismo extraterrestre.

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