El pueblo se había creado más por accidente que por intención, eso mismo había provocado que creciera dependiendo de la subjetividad de los que iban, también por accidente, quedándose en las retorcidas calles en las que podías amanecer con un puesto de lonas que cerraba el tránsito y que si no llegaba alguien más, evolucionaba a láminas y luego a concreto y las personas, tan acostumbradas a ello, no discutían, no peleaban, no acudían a la autoridad donde la mayoría ni siquiera sabía que había una, así que era más sencillo rodearla inaugurando una incipiente calle primero del ancho de un hombre, luego de una carreta.

San Ignacio de las Lomas Olvidadas, nombre rimbombante para semejante cuchitril decía el más viejo de los pobladores y lo hacía esperando que su interlocutor le preguntara a que se debía y así, el encorvado viejo, podría soltar la historia de su bisabuelo, Don Ignacio que de Don tenía menos que de Santo pero, en fin, los nombres son solo para ponerlos en el mapa y así lo sabían aquellos incautos que osaban preguntarle al viejo.

Así como no había un plan de desarrollo urbano, tampoco había necesidad de orden, de hecho, el caótico laberinto de calles era el mayor motivo de orgullo, quizá un poco malsano pero, orgullo al fin, para aquellos que podían orientarse en lo que para un extraño sería perderse de manera segura en las encrucijadas, intrincadas vueltas y paredes que aparecían en los lugares más inverosímiles.

En San Ignacio uno podía reescribirse a sí mismo, podía ser alguien después de ser nadie o viceversa, que era la mayoría, dejar de ser y olvidar cualquier pecado o desilusión que existiera en su vida pasada, una vida que, si existía algún reglamento dentro del pueblo, era la no escrita y sin embargo, cumplida por todos, de no preguntar quienes eran o de donde venían, a nadie, ni a los propios poseedores de la historia, les interesaba. La necesidad gregaria en relación simbiótica con el aislamiento por elección pues solo, los nacidos en San Ignacio, llegaban sin que fuera por elección propia.

Ynos mató a su madre apenas nació, así se lo contaron desde que tuvo uso de razón y no pararon de repetírselo como si fuera un mantra para que no les sucediera hasta que, harto de la letanía y de la culpa, decidió irse de la casa de citas, no perdía nada, salvo el ocasional abrazo de pena cuando las damas lavaban en alcohol, la costra de sus corazones heridos… y su padre, bueno, ese nunca supo quién era.

Las calles pueden ser duras, más, las de un lugar en que la dureza no solo es apreciada, sino indispensable para subsistir diariamente, no obstante, para Ynos, las calles, eran el cómodo refugio donde nadie se metía con él y todo lo tenía al alcance de la mano… siempre y cuando no lo agarraran “tomando prestado” algo, para él, la palabra robo no estaba en su léxico, en su simetría ética, tomaba algo y lo apuntaba en una libreta y cuando las cosas estuvieran mejor, las devolvería, mientras tanto, comer era prioridad y eso lo tenía claro.

El trueno que sonó a lo lejos lo hizo respingar, si algo era terrible en San Ignacio era la lluvia, había de todo menos drenajes y las calles de terracería se convertían en frondosos ríos que arrastraban los más inimaginables y hediondos desechos. La primera gota lo hizo correr, la comida dejó de ser prioridad, ahora era buscar un terreno elevado y si era posible, que lo cubriera un poco pues no podía darse el lujo de quedar empapado cuando las medicinas eran bien de lujo por lo escasas.

Ynos vio el cielo caer sobre su cabeza, el suelo convertirse en lodazal y como no tenía nada más que hacer que esperar, tomó una manzana a medio morder que había recogido mientras corría, la sacudió un poco y le encajó la dentadura, en éxtasis al sentir el dulce sabor, también sintió algo que se movía pero, un gusano de fruta no era más que nutrimento adicional. Bajo la lluvia identificó a las personas de fuera que, o iban a contratar algún servicio especializado como falsificación de documentos, compra de arte de procedencia dudosa, o más truculento como la desaparición de algún amante o la pareja de este. Él no juzgaba, ese era un derecho que solo los de afuera tenían y hasta el momento, lo más lejos que había llegado era al cementerio de autos a las afueras pues si algo dejabas al entrar a San Ignacio, además de tu pasado, era un vehículo que no podría transitar en el tipo de calles y que no encontrarías una gasolinera pero ni rezándole a todos los dioses y ese, era otro negocio, con otras reglas y mejor no se metía con los chatarreros pues, no tenían sentido del humor. No, no juzgaba pero, el hecho de que estuvieran ahí le daba autorización para tomar prestadas sus cosas, ahora, como era probable que nunca los volviera a ver, solía no apuntarlas en su libreta de deudas.

Un hombre con una gabardina de lana tejida, volteaba para un lado y para el otro tratando de orientarse y si era difícil a la luz del día, bajo la lluvia era imposible, lo que le brindaba una de las pocas oportunidades de hacer un servicio a la comunidad, claro, siempre y cuando hubiera una jugosa propina de por medio.

-Lo veo perdido Sr.- Dijo con media sonrisa al ver brincar al hombre. Si en algo era bueno, era en moverse en completo silencio.

-No, estoy bien.-

-Bien perdido, pero si no quiere mi ayuda por mí, no hay problema alguno.- Se dio la media vuelta con ensayada indignación.

-¡Espera! Quizá si puedas ayudarme. ¿Sabes dónde queda el hotel “descanso seguro”?-

Ynos río por dentro, lo último que tendría el caballero en ese hotel sería seguridad y mucho menos descanso. El nombre actual era una deliciosa ironía aunque le gustaba más el anterior de “camarón inquieto”.

-Claro señor.- Extendió la mano en el gesto universal de quid pro quo y cuando recibió el billete le brindó la mejor de sus sonrisas. -Sígame.-

La tradición de San Ignacio indica que nunca se tome el mismo camino para llegar a un lugar y si se puede, se debe dar varias vueltas y enredarlo lo más posible e Ynos, fiel a las tradiciones de su pueblo, le dio un panorámico tour de turbulentos ríos de lodo y unas cuantas ratas ahogadas.

-Aquí estamos señor.- extendió la mano pues la tradición también indica que mientras más vistoso sea el paseo, mejor será la propina de cierre.

El hombre titubeó para entregarle el billete. -Quizá puedas ayudarme más y en lugar de propina puedo pagarte.- dijo.

-Claro, faltaba más, aquí somos hospitalarios.- En realidad eso era lo que esperaba, los turistas no podían hacer nada sin ayuda.

-Antes que nada. ¿Cómo me dirijo a ti?-

-Como quiera, aquí se cambia de nombre como de ropa interior aunque, el mío, al igual que mis calzones, sigue siendo el mismo. Me llamo Ynos.-

-¿Ynos?-

Suspiró, por eso no le gustaba decir su nombre, siempre le pedían explicaciones.

-Sí, Ynos. Nadie me lo puso, lo escogí yo pues dormí en una caja de televisor de esa marca.-

-Ah.- La mirada le brilló al comprender. -Pues bien Ynos, como te habrás dado cuenta, no soy de aquí ni pretendo quedarme pero, llevo buscando a mi hija por más de 8 años y todo me indica que la trajeron aquí.-

-Debe estar mal señor, aquí no traen a nadie, en San Ignacio todos vienen por propia voluntad.-

-No, estoy seguro.-

-Bueno, si está seguro, entonces… le mintieron seguro.-

Bajó la cabeza. -Yo la saqué de la casa. Tenía un novio que era un patán, no quise que siguiera con él y discutí fuertemente. Sé que el tipo este la trajo aquí.-

-Ah, eso es distinto, entonces es probable que siga aquí. Enséñeme una foto.-

-La última que tengo es de años antes que se fuera, solía dedicarme a trabajar y pues… no tenía mucho tiempo para estar con ella.-

-Enséñemela.- Exigió antes de que llorara, si algo no aguantaba Ynos, era ver a un adulto llorar, eso era de nenes.

El hombre sacó una bolsa auto sellable con una foto que había sido manoseada muchas veces hasta desgastarla. La tomó y casi suelta su vejiga. En sus manos tenía la foto de su madre, se veía más joven que la que tenía él pero definitivamente era su madre y eso, significaba que el señor, la desvalida víctima a la que pretendía sacarle hasta el último céntimo era ni más ni menos que su abuelo. Empezó a temblar, no tener nunca familia y de golpe, con la posibilidad ínfima, casi igual a la de sacarse la lotería recogiendo un boleto tirado en la basura… encontrarse con una.

-¿Estás bien?-

Sin contestarle, metió la mano en su bolsillo, sacó la primera cartera que había tomado prestada y con la cual se había encariñado, la abrió y sacó una foto para entregársela al caballero sin levantar la mirada del enfangado suelo.

El hombre lo tomó de los hombros y empezó a sacudirlo mientras gritaba -¡Dónde está! ¡Dónde está!… por favor… dime.-

-Está muerta.-

-No, eso no es cierto. ¡Me estás mintiendo! Seguro trabajas para el tipejo que se la llevó.-

No contestó, por primera vez, en toda su vida, Ynos no sabía que decir o que hacer.

El hombre, su abuelo aunque no lo supiera, estaba hecho un ovillo en el lodo, lo escuchaba hipar aunque sus lágrimas se perdían en el aguacero.

-¿Quién eres?- preguntó al fin. Ynos entendía el sentido de la pregunta, la respuesta, no obstante, era otra cuestión.

-Soy Ynos.-

-¿Quién eres?- Preguntó mientras le levantaba la barbilla para observarlo de cerca.

-Soy el hijo de la mujer que está en la foto. Yo la maté.-

La respuesta hizo que toda la gama de emociones cruzara el rostro del hombre de gabardina.

-¿Qué dijiste?-

-¡Que yo la maté!- Dijo mientras sentía como las lágrimas salían, algo que no le pasaba desde que le quitaron el pedazo de toalla que usaba como pañal y le habían puesto periódico en su caja “pues ya estaba grande” y necesitaban la toalla.

-¿Cómo?- La voz del señor había bajado a un amenazante volumen.

-Cuando nací.- Y lloró como nunca lo había hecho, lloró con una descarga de culpa, con una emoción reprimida por años, lloró con lágrimas de limpieza y entonces le pasó otra cosa que nunca sintió antes, sintió un abrazo no como el que le daban las damas, sintió un abrazo que lo protegía no de la lluvia sino de todo… absolutamente de todo lo demás.

-Lo siento Ynos, tendremos que cambiar tu nombre…-

Latest posts by Raúl Sales (see all)

Compartir