Yo quería ser china poblana

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En la ciudad de Oaxaca, alrededor de 1914, un batallón irrumpió en el salón de clases de la escuela de veterinaria de San Jacinto, alguien preguntó al maestro quién era el mejor de sus estudiantes, y lo levantaron. Querían al joven para que atendiera la salud de sus caballos durante alguna campaña bélica.

El estudiante al que se llevaron los armados era mi abuelo materno, Enrique Velázquez Canseco, que había nacido en esa ciudad en 1893. Con el ejército del que involuntariamente formaba parte, recorrió el sureste y suroeste de México. El joven ya tenía historia, su papá (mi bisabuelo) había sido militar, si no de carrera, sí de ocasión, y con sus compañeros había estado preso en Perote cuando traía consigo a mi abuelo, su niño. Como era aún pequeño, Enrique se escurrió entre las rejas de la celda, caminó sobre la vía del tren, y fue a dar el pitazo para que vinieran a liberarlos. El cuento lo oí mil veces en mi infancia.

Volvamos a los tiempos de la Revolución. En el fragor de las batallas, mi abuelo quedó convertido en el médico del regimiento, porque les hizo falta y él se atrevió. Llegó a Tabasco investido en Doctor Velázquez. Terminadas las refriegas, se estableció en ese estado. Conoció a mi abuela. Obtuvo un título profesional con el trámite requerido. En 1923, se casó con mi abuela en Comalcalco (Tabasco), muy en contra de la voluntad de la familia de ella. Los parientes de mi abuelo viajaron desde Oaxaca para estar presentes en la boda religiosa (mi bisabuela Esperanza Canseco, la tía abuela Margarita, y otros), pero los familiares de mi abuela Esther no se presentaron, aunque estuvieran a tiro de piedra.

Mi abuela contaba que en la noche de bodas, al irse a acostar, para su horror, el novio se despojó del arma que traía escondida al cinto. Ella le pidió sacarla de la habitación, él dijo que de ninguna manera: un hombre dormía con la pistola en la mesa de noche.

Mi abuelo montó una farmacia en Comalcalco con su cuñado Gustavo; ahí daba consulta a humanos y a animales. También fabricaba parte de sus propias medicinas. Le iba tan bien que un cacique de Comalcalco —su nombre sonaba a los ojos de mis tías a algo así como David Bosada, de origen libanés—, lo mandó matar. En la versión de mi abuela Esther, se salvó porque ella lo encerró.

El gobernador de Tabasco, Tomás Garrido Canabal había importado ganado de alto registro para subir la calidad de la ganadería. Un toro se le enfermó. Alguien le recomendó a mi abuelo, por su fama de buena mano con los animales. Viajó Enrique en barco, de Comalcalco a Villahermosa, la capital del Estado.

El toro se curó. Mi abuelo fue el encargado del Departamento de Salud de Tabasco —el equivalente al secretario de Salud—, atacó el paludismo, lo eliminó. Alguna escuela allí tiene su nombre. Hasta mi abuelo oaxaqueño me da raíz tabasqueña.

Carlos Martínez Assad escribe que, según los adversarios de Garrido, su tarjeta personal decía “Enemigo personal de Dios” (no era de él, sino de un colaborador suyo), y que las cabezas de las efigies de santos se bateaban en los partidos de beisbol; nos ahorra las menciones de cuáles obscenidades se infligían a las santas imágenes.

Yo sí oí decir que a los niños se les ponían nombres como Lenina o Tresequis, por estarles vetado registrarlos con nombre bíblico, que el gobernador Garrido Canabal había prohibido la palabra “adiós”, reemplazando el saludo por “salud”, y (hasta que fui adulta) que algunos de mis tíos participaron en las quemas de efigies de santos y cruces, en hogueras encendidas por los cuerpos “civiles” y estatales que Garrido Canabal usaba como un fuelle para encender el anticlericalismo en las conciencias infantiles, entre ellos mi tío Jesús, al que desde entonces llamaron Chucho, el primogénito de mi abuelo. Mi mamá (Esther) no le entró al aquelarre porque era menor, nació en 31.

Al declinar el poder de Calles, con Cárdenas, en 1934, Garrido Canabal salió del estado como otro buen número de tabasqueños, incluyendo a mi abuelo, su mujer e hijos.

Ya instalados en la Ciudad de México, tras una breve estancia en Cuernavaca, mis abuelos maternos abrieron el Laboratorio Velázquez Canseco (mi abuela se quebraba
el lomo, pero no estaba su nombre), “materia prima para la industria farmacéutica”. Tuvieron dos hijos más.

En 1948 cumplieron sus bodas de plata. Mi mamá, a los 17, los convenció de aceptar que les organizara una misa para celebrarlo. El garridismo quedó desvanecido en el horizonte. Mi abuelo entró a los Caballeros de Colón, lo invitó Peniche, un yucateco que tenía algún negocio farmacéutico, para el que el laboratorio de los abuelos era proveedor. En 1950, murió Enrique.

Pasé la mayor parte de mi infancia en la
Ciudad de México. Mi abuela viuda, la esposa del garridista, iba a la iglesia todos los domingos, su cabeza cubierta por un velo largo de encaje negro, la hermosa mantilla. En casa, rezaba el rosario. Compraba indulgencias papales, con la foto de Pío XII. Cuando salía de casa, vestía de negro riguroso —en el laboratorio la bata blanca, impecable.

Pero la verdaderamente mocha era mi mamá, de mantilla menos grande y blanca como nuestros velos, más pequeños, y que se volverían más cortos con los años —fueron encogiendo su tamaño al mismo tiempo que lo hacían las faldas, minifaldas-minivelos, llegaron los hot pants y los velos se esfumaron de nuestras cabezas.

Cuando los velos aún eran de tamaño respetable, recibíamos en casa la revista católica Señal. Otra llegaba de vez en vez, no recuerdo cómo se llamaba, era española, leí ahí que “flirtear” (verbo desconocido totalmente para mí y que no entendí) era pecado. También teníamos a mano las Vidas ejemplares, cómics que relataban vidas de santos (Santa Úrsula, Santa Lucía, San Pablo, Santa Gudulita), un predilecto recurrente era Felipe de Jesús, el santo novohispano del siglo XVI que había querido ser franciscano, había abandonado la orden, navegado como mercader hacia Filipinas, sentido en Manila otra vez el llamado religioso, ingresado a un convento franciscano, y viajado al Japón —en la versión que me repetían de niña, a predicar la palabra de Dios; según otras llegó ahí por una tormenta cuando su intención era regresar a México para obtener la tonsura; según imagino, con intenciones mixtas, tanto comerciales como culturales, y claro que cabe la posibilidad de que no hubiera habido tormenta, plan o deseo, y que el capitán del barco haya simplemente perdido la ruta.

La versión felipejesusina que circulaba en mi infancia no tiene coherencia geográfica, si prestamos atención a un mapa del Japón. Decía que en Kioto, los japoneses tomaron presos a Felipe y otros 25 frailes misioneros. Mocharon a todos una oreja, incluido el japonés Pablo Miki, y los crucificaron en Nagazaki. Después de pronunciar la palabra Nagazaki, se hacía el silencio.
Por las cabezas de los adultos cruzaba la memoria de la bomba atómica, pero esto no se mencionaba a los niños; los adultos adquirían un aire solemne, rematando la historia de San Felipe de Jesús con un escueto “ellos fueron los mártires del Japón”. Había en la frase una ausencia. Una ausencia tan grande como el hongo de una bomba atómica.

La estampa de San Felipe aparecía a diestra y siniestra. Los mismos que repartían estampitas e impresos con su imagen, adherían aquí y allá calcomanías de “Cristianismo sí, Comunismo no”. Yo pegué alguna, me acuerdo, azul y blanca (si no la adherí, me acuerdo haberlo hecho).

Mis papás se casaron en 1952, sólo por la iglesia, porque al matrimonio no lo debía bendecir el Estado, sino Dios. La hija de Enrique el garridista era también radical, pero de otro bando. A nosotras no nos llevaron a registrar al Registro Civil.

Mi hermana y yo estudiamos preescolar y el primer año de la primaria en la escuela del Opus Dei, el Margarita de Escocia. Un día, mi maestra me pidió llevara una estatuita de algún pastorcillo del Nacimiento para representar a Juárez. Don Benito sería parte de una especie de altar laico —no lo llamó “altar”, ni lo calificó de “laico” pero era las dos cosas—, para la visita de un inspector oficial de la Secretaría de Educación Pública.

Cuando se lo conté llegando a casa a mi mamá, ella montó en cólera. Ese maldito enemigo de la iglesia, ¿iba a ser representado como un pastorcito, con su borreguito en los hombros? ¡Definitivamente no! Al día siguiente se presentó en la escuela, para quejarse personalmente con la directora de lo que ella consideraba un “improperio”. ¿Cómo podía ser que Benito Juárez, enemigo de la iglesia, fuera a ser personificado por una imagen “casi” santa, extraída del nacimiento de Jesús mismo?

El match entre el Opus Dei y la hija del garridista tiene que haber sido rudo. No sé quién ganó, pero imagino que la mujer de mi familia, porque yo nunca llevé una imagen del nacimiento para representar a Juárez, ni me acuerdo de haber visto a Don Benito de pie entre el musgo, rodeado de borregos, un burro, una vaca y gallinas (como él, de barro), al costado de un pesebre, al pie del ventanal donde al acercarse la Navidad la escuela disponía el Nacimiento.

En 1962, dejamos la Ciudad de México para pasar un año de familia misionera. No en el Lejano Oriente, aunque mis papás habían tenido la primer intención de que nos fuéramos a la India. Un sacerdote (el padre David) los convenció de que también hacía falta “su labor” en México, y los enlazó con el padre Lona.

Vivimos un año en el estado de Hidalgo. Se hablaban lenguas indias, mayormente otomí y náhua. Recorríamos caminos lodosos en un jeep heroico que más de una vez estuvo por ser arrastrado por las corrientes crecidas de agua. De la noche a la mañana los riachuelos cobraban fuerza. (No había puentes. Tampoco había bolsas de plástico flotando.) Llegábamos a las rancherías o poblados, instalábamos la pantalla, conectábamos el tocadiscos a la batería del jeep y proyectábamos vidas de santos: “Mambo, el niño mártir —piiip”, sonaba la grabación, anunciando el momento de cambiar la imagen de la filmina. “En un país del África…”. El Santo Mambo terminaba en la olla de los caníbales. Otra que recuerdo era la muy gustada saga de San Felipe de Jesús, al que habían crucificado los japoneses. Creo que sólo íbamos Lolis mi hermana la mayor y yo. María José era muy chiquita, tendría tres años, y Pedro aún gateaba. No habían nacido ni Pablo ni Mercedes.

Cuando no íbamos del tingo al tango, estaba la escuela. Yo había entrado a segundo año. Sin considerar el calorón, las monjas usaban el hábito gris oscuro, y manto en la cabeza. Los uniformes de telas gruesas —las niñas nos alzábamos las faldas para abanicarnos las caras encendidas.

Terminó el año misionero, y regresamos a la Ciudad de México. Nos inscribieron a las tres hijas mayores (María José a kínder) en la escuela de monjas ursulinas, sólo para mujeres, el Merici. Ya no hubo remedio, nos tuvieron que llevar al Registro Civil, porque si no no tendrían validez nuestros estudios, y no podríamos obtener ni certificado de primaria.
Era 1963. Se equivocaron en el acta de mi hermana mayor, le pusieron en ese año la fecha de nacimiento.

Entré a tercero de primaria. Mi inglés era muy defectuoso, comparado sobre todo con el de las demás que ya llevaban por lo menos dos años previos. No lo he acabado de dominar, y desde entonces cargo un torpe acento en el que parece me he esmerado.

Las órdenes religiosas no tenían permitido, por ley, encargarse de la educación de los niños. Eso no impedía que en mi escuela estuvieran inscritas las nietas e hijas de presidentes y ministros del partido en el poder, dizque
anticlerical y muy dizque revolucionario. Cuando llegaba el inspector de la sep, nos escondíamos las medallitas guadalupanas que colgaban de nuestros cuellos, guardábamos en los pupitres los libros en inglés, y sacábamos de éstos el Libro de Texto Gratuito. Mother Michael desaparecía de la escena, y en su lugar aparecía la Madre Ángela (la única mexicana de la orden), que se quitaba tanto el “Madre” como el “Ángela” y se llamaba no sé cómo.

El libro de texto gratuito acababa de estrenar portada. La primera, en 1959, había sido de Alfredo Zalce, una imagen del pueblo armado. La nueva tenía una mestiza (de cuya identidad ya se ha escrito) pintada por González Camarena: representaba a la Patria, era una Matria de rasgos indios, cabello suelto a la moda sesentera, brazos y hombro desnudo, vestida con toga griega, una Matria estoica y grecoindia. Instaurada ya por el régimen post-revolucionario, no requería luchar. En su impenetrable rostro podría leerse su empecinamiento, y su resignación. Encarnaba el pueblo perfecto para gobernar, y para resistir. Con la toga bastaba para saber que era lo contrario de un salvaje.

Estaba feminizado, pasivo aunque extendiera la mano como un asta bandera. Éste sí que iba a resistir todo, aguantar de todo. Era bella, y aunque algo sexy no era una ofrecida, parecía incapaz de un flirt. La imagen respondía al foco del colonizador; la Matria, que era nuestra, no era precisamente nosotros, sino más bien “esos”, un objeto de deseo para el poder, y la resistencia.

En sus páginas, entre muchas otras enseñanzas, el libro de texto daba indicaciones o consejos para la vida privada. Era la educación laica, no la que había en casa. No se hablaba de pecado. No aparecía Jesús, nada de Cristo ni Dios, ni una palabra para el personaje central de la saga: la Virgen María. Por supuesto que ni una sola sílaba sobre el en otros lados célebre San Felipe de Jesús, y menos todavía del Japón.

Detalles como ejemplo: el libro gratuito pintaba un mundo neutro; el católico, al negar encarnizado la posibilidad del erotismo, sexualizaba todo contacto —se era niño o niña, mujer u hombre; el cierre de la cremallera de los pantalones masculinos era un peligro, los cuerpos de las mujeres eran depositarios de las candelas de los templos del Espíritu Santo, etcétera infinito (sólo de las cremalleras varoniles podría escribir varios párrafos, por no hablar de “nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo”)—. Las figuras de las páginas interiores eran neutras, como soñó serlo Sor Juana, también los mensajes, no separaban a las niñas de los niños, pero en las escuelas elegidas por mis papás, las señoritas recibíamos un trato distinto (aclaro: mis papás se conocieron siendo los dos estudiantes universitarios, venían de tiempos “antiguos” de pupitres mixtos).

Último ejemplo, el más insignificante a primera vista, es que el libro gratuito recomendaba mantener las ventanas abiertas para dormir; en casa, esta práctica era considerada
dañina, como si el mundo exterior fuera ponzoñoso.

El libro gratuito contenía información clave sobre nuestro pasado. Leí que proveníamos del Estrecho de Bering. Accedí en mi imaginación a una originaria mítica patria Beringia: veníamos de ahí, habíamos cruzado el puente que formara el frío al congelar las aguas que median entre Asia y América. Empecinados caminantes, habíamos resistido las borrascas, nevadas y tormentas del Polo Norte. Después, tras mucho caminar, gracias a un señalamiento de los dioses (esos sí ya por completo muertos, Huitzilopochtli y sus compinches), nos habíamos establecido en el lago del valle de México, sobre un islote diminuto, y con nuestros propias manos habíamos hecho islotes, cada vez más grandes y más estables, hasta que creamos la Nueva Venecia americana, la paradisiaca Tenochtitlan que se volvería la Ciudad de los Palacios, la de México.

“Nosotros” éramos nómadas para fundarnos. Ser originalmente nómadas nos volvía invencibles.

El mito (o la verdad científica) de que provenimos del Estrecho de Bering nos despojaba del origen —nosotros también habíamos “arribado” al continente, preparándonos para el trauma de la Conquista con un arma doble. La verdad, éramos tan poderosos que no requeríamos ni del hielo, podríamos haber caminado como cristos sobre las aguas, éramos seres elegidos, nuestra religión a prueba de hogueras, según probaban científicamente las vidas de santos que leíamos en casa. Eran los remanentes de la vasconcelista idea de nuestra raza de bronce, la “raza superior”.

Pero Beringia no era Siberia. Sí, habíamos cruzado, pero no teníamos nada en común con la parte “comunista” del planeta, como el Gulag de Alejandro Solzhenitsyn —One Day in the Life of Ivan Denisovich regresó en la bolsa del saco de mi papá de algún viaje, donde transportaba, enroscados, los libros de bolsillo—. El horror a los campos de concentración estalinistas incensaban el altar de la fe católica que opacaba con una película traicionera el sueño de nación, como antes lo habían intentado hacer las hogueras garridistas.

Después de aquella Beringia no descrita en “el” libro —pero provocadoramente clavada en mi imaginario—, el libro contenía páginas cargadas de información impenetrable, donde culturas y gobiernos (mayas, teotihuacanos, olmecas, tlaxcaltecas, matlatlzincas y demás) florecían o colapsaban. La redacción era confusa para mí, y la narración imposible de seguir. Lo que retrataba era impenetrable. Quedábamos lejos de ese fragmento de nuestro pasado. No había cómo identificarse con ese mundo.
Se pasaba por siglos de nuestra historia sin tener en claro una fábula coherente, viva o atractiva —como lo era el ser caminantes por Beringia—, a excepción de la fundación de Tenochtitlan, que en verdad carecía de principio, como un cuento trunco. Aprobar el examen de comprensión era un simple ejercicio de mnemotecnia.

Hasta que aparecían Cortés y la Malinche. Con ellos había principio, encuentro, drama, traición, y final. Que yo me acuerde, en el libro de texto no aparecía el romance entre ellos dos. Ni hacía falta la salsa fácil, ni había espacio en ese texto para acercarse al fenómeno sentimental de un encuentro así.

En esos años, cuando aprendí que mis originarios habrían cruzado Bering, y memoricé los pueblos indios sin bien comprender la narración de su caída en las manos del imperio mexica, tomé clases de baile folclórico.

La joya de la corona que se podía obtener de las lecciones era bailar al son del “Jarabe tapatío” vestida de china poblana, la falda tricolor (los tres colores de la bandera mexicana, verde-blanco-y-colorado) adornada con lentejuelas que representaran el águila parada sobre el nopal devorando la serpiente (prueba mitológica de la fundación de Tenochtitlan). La blusa blanca de algodón de bajo cuello que dejaba ver los huesitos de los hombros, con un reborde bordado de flores de colores tenía algo de tehuana o zapoteca, y algo de “maja”. Los ingredientes del vestido apuntaban bipolares a un cosmopolitismo y a un auténtico mexicanismo. Con el largo cabello trenzado, anudadas las puntas en amplios lazos de artisela rojos, como las mexicanas de las películas del cine de oro nacional
—las bellas, las lupevélez—, el baile ideal convocaba a una identidad nacional.

Pero ser una china poblana no era un honor reservado para nosotras. Bailábamos con vestidos de algodón de cuello alto y manga larga, anchas faldas de no tan ligero algodón con vuelos (de adelitas urbanas), aunque en la imaginación y en el deseo taconeásemos vestidas con las faldas cargadas de corcholatas de colores —bordadas con las lentejuelas que representaban, tal vez, el sueño de los beringios—.

El nombre del traje ideal, “china poblana”, era a mis oídos de niña también un sinsentido. La palabra “chino” sólo podía querer decir proveniente de la China o en general de cualquier país del Este, y si aplicado al cabello, “rizado”. No sabía que “chino” significaba una de las castas coloniales, tres cuartas partes negro, una cuarta indio. Ni una mención, como si se hubiera borrado por completo del imaginario colectivo.

Había otro sentido para “chino”: “Está en chino”, para “no se entiende”. El traje de la china poblana tenía un nombre que estaba en chino.

Pero la imagen de china poblana en realidad no estaba en chino. Quedaba muy claro qué encerraba: su carácter femenino, nada oriental, sino de coquetona. Sin que supiéramos su definición, encarnaba a la “china”, la mujer del pueblo que no dependía de varón, ni del marido, ni del padre o del hermano —como el personaje de Cecilia de Los bandidos de Río Frío de Payno.

Se acercaba a las imágenes de la Patria con que ilustraron el Centenario de la Independencia en la época de Don Porfirio, y que corresponden también al vuelo “femenista” del ambiente liberal de entonces. Bella, juvenil, autónoma, mujer de largos cabellos sueltos, la tez clara, las faldas coquetonas que permitían ver el tobillo, el cinto resaltando la forma del cuerpo, montando a horcajadas (como los varones) el caballo.

La “china” no pudiente, de las clases populares, que se gana la vida con sus propias manos y no depende de varón. No precisamente india, no se sabe si es blanca, no tiene marca racial. Nadie es su dueño, ni el papá, ni sus tías, ni el cura, ni la madre
superiora. Una “alebrestada” a los ojos de los varones respetables, como por ejemplo Guillermo Prieto —¿quién se acuerda que el prócer aceptó darle a la amada de Manuel Acuña (la Méndez de Cuenca) vales de comida, siempre y cuando fueran a cambio de favores sexuales?—. Guillermo Prieto describió a “la china” como un bombón comestible. Pagaba sus propias cuentas, y ahí la irritación que causaba en
la hombrunidad.

La imagen de china poblana era
la sobrevivencia de la identidad de la “china”, esa mujer de vida independiente en el ambiente rural o urbano de fines del XVIII y principios del XIX que no dependía económicamente del varón, y que con los años se fue alimentando también del imaginario cinematográfico mexicano. Era nueva, la nueva raza para la generación post-revolucionaria.

Laica y sexy, independiente e Independencia y Patria, con el traje creación del siglo diecinueve autodenominándose “mexicano”, era a mis ojos considerablemente más atractiva que la Matria de los Libros de Texto (ni que hablar del millaje que le sacaba a la Virgen).

Si hasta cierto punto ella nos encarnaba (versión no pesada de México) es porque el Pueblo era lo que había que respetar en la Nación. El Pueblo: nuestro cuerpo sexy, otra vez “el otro”, el objeto de deseo a conquistar: aquí, nosotras mismas.

A mis papás, no es sorpresa, les disgustaba particularmente la china poblana, esa blusa de escote muy bajo, los huesitos de los hombros desnudos. No le perdonaban a la china-tentación su existencia, ignoraban si era común que se adhiriera a su imagen la leyenda de Catalina de San Juan, la beata milagrosa que tenía diálogos directos con las autoridades divinas, que fue esclava, que vivió en Puebla, que llegó con la Nao de China, que era, según parece, originalmente de la India. A la beata, mis padres la hubieran respetado:

Mirta, de la India, raptada, esclava, vendida, adoptada, desheredada, amparada por los jesuitas, casada, virgen, visionaria, viuda, encerrada en el convento, quien conversaba con los ángeles y con la imagen de Jesús, y (como Santa Teresa) también con los diablillos, una verdadera santa que muere en 1680 en México.

Mis papás veían claramente en la china poblana lo mismo que yo veía en ella. No se tragaban la confusión histórica que inició Antonio Carreón, sabían que Mirta, la india “china”, la esclava iluminada, la casada virgen, no tenía nada que ver con el traje que yo deseaba —nunca usó nada parecido—, desconocían la falsa atribución.

Tanto les disgustaba a ellos el traje de la china poblana, como me atraía a mí, por no ser como la Virgen María, ni neutra, como el mundo del libro de texto gratuito.

No me explicaron el motivo preciso de su disgusto por la china poblana, la asociación de su falda con los “picos pardos” y no sólo por su falda en picos. En Puebla, en el xix, la autoridad municipal, por ley, ordenaba a las prostitutas vestir falda de “picos” para distinguirlas de las mujeres “honorables”. Todas las mujeres que se ganaban la vida solas, que no tenían familia, eran un peligro para la moral, y esto no sólo en México. En el refranero popular mexicano, “andar de picos pardos” significa ir de parranda con mujeres casquivanas. La china poblana “olía” a picos pardos.
No eran los “picos pardos” lo que deseaban infundir a las niñas a quienes daban a leer vidas de santos, en quienes incentivaban el culto a la Virgen, a quienes impartían clases de baile folclórico y en éstas una pertenencia a la Nación. Su ombligo quedaría en su casa, en México; enraizadas, siempre en el círculo familiar, no como ésas volátiles, posiblemente meretrices, de picos pardos.

Una vieja leyenda dice que, si un hombre tenía la suerte de casarse con una sirena (que, sobra decirlo, hubiera llegado a él con piernas), ella sería la mejor ama de casa, la mejor de todas las esposas. Pero, tarde o temprano, ella regresaría al mar, sin anuncio. Por esto había que esconderle peine y collares —peine y collares eran sus armas femeniles, embellecimiento, apariencia—. Con la falda cargada de brillos, la china poblana más se identificaba con una escapadiza sirena de cola recubierta de brillantes escamas (collares tenía, también, de cuentas del mismo cristal que las esferas navideñas), que con un San Felipe a punto de ser crucificado en el Oriente.

El traje de Adelita con que nos uniformaban en las lecciones de baile folclórico me parecía tan rígido como el atuendo de la intérprete y compositora de la famosa canción Dominique (nique-nique), la monjita canadiense Jeanine Deckers. La regla magna, “Nuestros cuerpos son templos del espíritu santo”, se hubiera roto si hubiéramos usado el trajecito coquetón de china poblana. Yo sí lo porté en la imaginación, quería ser libre, una sirena escurridiza. Pero me escondían los collares y la falda de brillos (por creerla de picos, me la arrebataban).

No se tomaban lecciones de baile folclórico con varones, porque las clases privadas, como la escuela, eran sólo para niñas, pero sí aparecía a media coreografía un elemento masculino. El charro estaba ausente, pero no su sombrero. El sombrero era clave en el baile, tanto como lo eran los zapatos que usábamos, que eran para bailar flamenco vendidos sólo en la tienda Miguelito. Porque una verdadera china poblana, si iba a bailar, no podía no usar tacones. No es sorpresa que, frente al tacón flamenco, el sombrero de charro se identificara mejor con la Nación. Sería mucha imagen de mujer en las portadas del libro gratuito, pero esa Matria no le llegaba ni al tobillo al charro del sombrero. A pesar de la portada, a pesar de la neutralidad del texto del “libro”, las mujeres quedábamos un pasito afuera del baile nacional, y no sólo en el “Jarabe tapatío”.

El sombrero de charro es muy similar al sombrero del vaquero de la Colonia, el de la imagen de vaquero que había operado en el imaginario del mexicano que no sabía provenía de Bering. Jugaba un papel importante: su imagen aportaba oxígeno contra el sentimiento nacional de la Gran Derrota.
Habíamos sido un imperio, lo habíamos perdido a manos de los gachupines.
Éramos una nación de Los Vencidos. Pero no éramos imagen de La Derrota en nuestro Lejano Norte de fines de la Colonia
y principios de la Independencia. El
vaquero, el ranchero, con su atuendo vistoso, era quien llevaba la colonización, él era el vencedor, el victorioso; le ganaba la partida a la indomable
naturaleza, y a los temibles apaches, los “salvajes”. No en balde el primer retrato público que se mandó hacer el Padre Hidalgo fue vestido de vaquero mexicano, el sombrero de ancho vuelo. Como el que era parte de nuestro baile cuando soñábamos con ser chinas poblanas.

(La historia oficial archivaría a Don Miguel Hidalgo con el retrato de un cura que no es él, sino su primo.) (Transacciones entre el México laico y el religioso: a la china poblana se le impuso la trama de una beata que no tenía nada que ver con ella; a Hidalgo, la imagen de cura que él no quiso, no la del emprendedor que, entre otras, quiso crear una empresa exitosa de cultivo y producción de seda, leía a Molière —y recuerdo la película de Antonio Serrano, delicioso—, y que usara sombrero vaquero).

El sombrero, el atuendo por el que optaron Zapata y Villa: el hombre
que viene a liberar al mexicano.

Al que acompaña, por cierto, una mujer
que más se parece a una china poblana que a la única, indestructible, intocable y también múltiple Virgen madre de Dios encarnado —¡no cualquier cosa!.

También Garrido Canabal se hizo retratar de charro. Consta la foto en wikipedia.

En los años en que tomábamos clases particulares de baile folclórico, pasábamos las vacaciones en Acapulco. Era un acto de independencia de
mi mamá, para liberarse del yugo
de la suya —a mi abuela tabasqueña le horrorizaba que nos expusiéramos al sol, ¿para qué deseábamos volvernos morenas?, y para colmo en ese puerto de vicios. De niña, mi abuela sólo dejaba la casa bajo la protección de una sombrilla, debían proteger a toda costa la blancura de su piel; y vivía bajo la estricta supervisión familiar, el yugo que no le permitía saltar la cuerda o perseguir la pelota.

Aquel Acapulco no tenía monumento público o museo o exposición que recordara su liga con el Oriente. La Nao de China tardó décadas en ser recordada oficial y colectivamente en el puerto. No se oreaba memoria o leyenda de la Nao de China que había hecho grande al puerto. Ningún mantón de la China-la China-la; eso lo oí cantado porque hubo una gala de la Verbena de la Paloma en honor de no sé qué causa benefactora, durante días las niñas cantaban sobre el mantón. Sólo eso, apenas un atisbo, bizco, del Oriente.

El Acapulco de mi infancia no estaba en el Lago de España sino en la corriente marítima que lo conectaba con los Estados Unidos, con Tarzán y otras estrellas de jóligud.

En abril del 1964, el mundo indio regresó a ocupar el papel protagónico en la ciudad cuando el gran monolito del dios Tláloc llegó a la de México con gran desplante: a bordo de un vehículo con llantas fabricadas para ello especialmente por la llantera Euzkadi (propiedad del inmigrante exitoso —Ángel Urraza, famoso por su calle—, en esa generación que ya no fue de indianos que regresaran a Iberia, sino de emprendedores que harían su mundo aquí), irrumpió Tláloc, el dios de la lluvia. Entró a la ciudad atado. Pero apenas ponerse en pie demostró que no era un prisionero vencido: se ha dicho cientos de veces, llovió sin parar por semanas. En ese año, se inauguró el Museo de Antropología. En 1965, tomamos un curso de verano ahí para conocerlo mejor —veníamos de Cuernavaca a las clases, nos regresábamos el mismo día—. Gracias a él, la historia de los antiguos nosotros no era ya un masacote incomprensible. Se escapaba de un hilo cronológico intrincado y enredado. Era eterno. Se imponía en nuestro presente y nuestro futuro. Éramos modernos porque teníamos un pasado que tenía pies y cabeza, hilo, cordura histórica, aunque la cronología aún no terminara de sernos comprensible.

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