Matar a un elefante

En esta crónica de juventud, Eric Arthur Blair (1903-1950), mundialmente conocido como George Orwell, nos narra la agonía de dos colosos: un elefante y el imperio británico. Publicado por primera vez en New Writing en el otoño de 1936, diez años antes de que apareciera Rebelión en la Granja hay ya en su pluma una clara insatisfacción con el statu quo político y social, siendo él un oficial de policía en Birmania. A Orwell le interesa profundamente el fenómeno humano, pero nunca deja de parecerle algo ridículo y fuerte. (G.M.I.)

Matar a un elefante │ Ilustrativa
Matar a un elefante │ Ilustrativa Foto: Especial

TRADUCCIÓN DE GUILLERMO DE LA MORA IRIGOYEN

En Moulmein, en la baja Birmania, muchas personas me odiaban. Esa ha sido la única vez en mi vida que fui lo suficientemente importante para que eso pasara. Era entonces una suerte de coordinador regional de la policía 1 y para entonces ya se respiraba un sentimiento antieuropeo generalizado. Nadie se atrevía a encabezar una revuelta, pero si una mujer europea iba sola a un bazar, es probable que le escupieran jugo de betel 2 en el vestido. Al ser policía, yo era un objetivo evidente y se desquitaban conmigo cuando encontraban una ocasión segura para hacerlo. Una vez, cuando un veloz jugador birmano me tiró en un campo de futbol, la multitud gritó, rio y se burló de mí. Hubo varias ocasiones similares. Al final, aquellos rostros amarillos y molestos de los jóvenes me seguían a todos lados, me insultaban (a una distancia prudente) y esto terminaba por ponerme nervioso. Los peores eran los monjes budistas jóvenes. Había miles de ellos y parecía que no tenían otra cosa que hacer sino insultar a los europeos que pasaban por la calle.

YA EN ESE TIEMPO yo tenía claro que el imperialismo era terrible y quería renunciar a mi cargo lo antes posible. En teoría (y obviamente en secreto) estaba a favor de los birmanos y en contra de los británicos, sus opresores. En lo que respecta a mi trabajo allí, lo odiaba hasta lo indecible, pues revelaba el trabajo sucio del Imperio: los prisioneros en harapos amon-

tonados en apestosas jaulas, los terribles rostros de los conflictos a largo plazo, las cicatrices en las nalgas de

los hombres azotados con varas

de bambú; todo esto me oprimía y me despertaba un terrible sentimiento de culpa. Todavía no tenía algunas cosas claras, pues era joven y de educación atropellada, obligado a pensar en mis problemas en silencio, como todo inglés posicionado en el este. No sabía que el imperio inglés agonizaba, menos aún que era mucho mejor que los nuevos gobiernos jóvenes que iban a suplantarlo. Todo lo que sabía era que estaba atrapado entre el odio al imperio al que servía y mi rabia contra aquellas bestias de mala voluntad que hacían mi trabajo imposible. Una parte de mí veía al Raj 3 británico como una tiranía perenne que sojuzgaba pueblos y otra habría estado encantada de hundir una bayoneta en el estómago de un monje budista. Este tipo de sentimientos encontrados resultan un fenómeno común para un oficial anglo-indio, siempre y cuando uno se los cuestione en su tiempo libre.

En una ocasión pasó algo que ilustra todo esto de manera tangencial. Se trató de un incidente anodino, pero me ofreció una mirada muy esclarecedora sobre la verdadera naturaleza del imperialismo, los motivos por los cuales actúan los gobiernos despóticos. Un día por la mañana un subinspector en la estación de policía del pueblo vecino me habló por teléfono para avisarme que un elefante estaba destrozando el mercado local. Me preguntó si podía hacer algo al respecto. No tenía idea de lo que debía hacer, pero quería saber qué estaba pasando, así que me subí a un pony y me dirigí al lugar. Tomé mi rifle, un viejo Winchester.44, demasiado pequeño para matar a un elefante, pero imaginé que suficiente para asustarlo. En el camino, los birmanos me detenían para narrarme lo que había hecho el elefante. No se trataba de un elefante salvaje, sino más bien uno que estaba pasando por su período de celo. Estaba encadenado, como suelen estar, pero la noche anterior se había liberado y escapado. Su mahout, 4 la única persona que podía domarlo en ese estado, se encaminó para llegar a su encuentro, pero se había equivocado de tren y ahora estaba a doce horas de distancia. Por la mañana el elefante había reaparecido en el pueblo. La población birmana no estaba armada y esto significaba que se trataba de una amenaza importante. Ya había destruido una choza de bambú, matado a una vaca, destrozado y vaciado un puesto de frutas. También había atacado al camión de la basura, el pobre conductor apenas tuvo tiempo de escapar a su embestida.

EL COMISARIO Y ALGUNOS POLICÍAS me estaban esperando en donde el elefante había sido visto por última vez. Era un barrio pobre, un laberinto de chozas de bambú cubiertas de hojas de palma que serpenteaba en la falda de un cerro. Recuerdo que era una mañana nublada que anunciaba la temporada de lluvias. Comenzamos a preguntar a las personas sobre el paradero del elefante, pero no pudimos conseguir ninguna información definitiva. Esto es muy común en el oriente, las noticias son claras a la distancia, pero en la medida en la que uno se acerca, todo comienza a ser más vago. Algunos apuntaban a una dirección y otros a la contraria, otros más declaraban nunca haberlo visto. Yo estaba a punto de considerar que todo este asunto se trataba de una sarta de mentiras, cuando escuché unos gritos a la distancia: “¡Largo de aquí niños!”, provenientes de una anciana con un palo en las manos, espantando a una horda de niños desnudos. Otras mujeres mayores la seguían, chasqueando la lengua en signo de reproche. Algo pasó que los infantes no debieron presenciar. Rodeé la choza de donde provenía el tumulto y vi el cadáver de un hombre en el lodo. Era un indio, un culí 5 dravídico 6 de tez negra. Las personas me decían que el elefante lo sorprendió en un rincón de la choza, lo tomó con su trompa, lo inmovilizó y luego lo pisó, clavándolo a la tierra. Era tiempo de lluvias, así que la tierra estaba lodosa y el rostro estaba hundido casi treinta centímetros.

Me quedó claro que cuando el hombre blanco se convierte en tirano, lo primero que destruye es su propia libertad. Se convierte en una pose, en un maniquí
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. ı Foto: Fuente > A partir de un dibujo original del pintor Damián Lescas

Se encontraba boca abajo con los brazos cruzados y la cabeza violentamente torcida hacia un lado. Tenía toda la cara enfangada, los ojos abiertos y los dientes asomaban en un rictus de terrible agonía (nunca se crean la historia de que los muertos parecen dormidos, la mayoría de los cadáveres que he visto asemejan estar poseídos). La fricción de la enorme pata del animal había despellejado la piel del difunto con tanta precisión como uno lo hace después de cazar un conejo. En cuanto vi el cuerpo le pedí a un mensajero militar que me trajera un rifle para elefantes de la casa de un amigo que quedaba cerca. Regresó en unos minutos con él y cinco cartuchos. Unos birmanos llegaron para avisar que el elefante estaba en los campos de arroz, apenas a unos cien metros de allí. Al salir disparado en esa dirección, me di cuenta de que todos los habitantes de los alrededores me seguían, habían visto el rifle y gritaban de emoción al anticipar que lo usaría en contra de la bestia. Al parecer no le daban mucha importancia cuando destruía el pueblo a su paso, pero ahora que sabían que iba a morir, era otra cosa. Les parecía divertido, seguramente pasaría algo similar en Inglaterra. Además, querían la carne. Esto me metió en una suerte de predicamento. En un principio no pensaba matarlo, solamente pedí el rifle para defenderme en caso necesario. Sin embargo, tener una multitud detrás siempre lo complica todo. Caminaba cuesta abajo, sintiéndome como un idiota, con un rifle enorme al hombro y una turba cada vez más grande pisándome los talones. Cuando llegamos al fondo, al dejar las chozas atrás, había un camino asfaltado con arrozales inundados a los costados, de al menos un kilómetro. La tierra estaba reblandecida y poblada de raíces de arroz. El elefante estaba al menos a ochenta metros del camino, mostrándonos su lado izquierdo. No se percató para nada de la multitud que se le acercaba. Arrancaba los pastizales protuberantes, para luego sacudirlos contra su cuerpo para removerles la tierra y devorarlos.

ME DETUVE EN EL CAMINO. En el momento en que vi al animal, me di cuenta de que no debía matarlo. Matar a un elefante de trabajo es comparable a destruir una enorme y costosa máquina, hay que evitarlo a toda costa. A la distancia y comiendo, el elefante no se veía más peligroso que una vaca. En ese momento pensé (como lo hago ahora) que su temporada de celo ya debía estar acabando. De ser así, podría pasearse hasta que llegara su domador y se lo llevara. Además, no quería dispararle. Decidí observarlo por un momento y asegurarme de que no se volviera loco de nuevo y luego irme. Pero en el momento en que me di la vuelta, me percaté de la caterva que tenía detrás. Eran al menos dos mil personas que salían de todos lados. Cerré el camino por ambos lados. Veía miles de rostros amarillos con túnicas multicolores, mostrando emoción ante la muerte de un elefante. Me veían como si fuera un mago a punto de realizar algún truco. No les simpatizaba, pero con ese mágico rifle en mano, era digno de atención por un momento. Entonces me di cuenta de que debía hacerlo, pues todos estaban esperándolo. Podía sentir su ansiedad en mi espalda. En ese momento, rifle en mano, entendí el vacío y la idiotez del hombre blanco en Asia. Era un hombre blanco con un rifle, frente a una multitud nativa desarmada. Parecía que yo era el actor principal, pero en verdad solamente era una marioneta absurda presionada por todos esos rostros amarillos a mis espaldas. Me quedó claro que cuando el hombre blanco se convierte en tirano, lo primero que destruye es su propia libertad. Se convierte en una pose, en un maniquí, en un sahib. 7 Su gobierno está condicionado a impresionar a los “nativos”, así que en cada crisis debe hacer lo que ellos esperan de él. El tirano usa una máscara y su cara se adapta a ella. Tenía que dispararle al elefante. Un sahib tiene que actuar a la altura de sí mismo, decidir rápida y resolutivamente. Haber venido hasta acá, rifle en mano, con dos mil personas a mis espaldas, para luego retroceder sin hacer nada, era imposible. Se reirían de mí. Y mi vida, la vida de todo hombre blanco en el este, era un continuo esfuerzo por no convertirse en una burla. Yo no quería disparar al elefante. Lo vi azotando las raíces de pastizales contra sus rodillas, con ese aire de preocupación que las abuelas y los elefantes comparten. Me parecía un asesinato. A esa edad no me preocupaba demasiado el hecho de matar animales, pero nunca le había disparado a un elefante y prefería que eso no cambiara (animal grande, culpa grande). También había que pensar en su dueño. Vivo, el elefante valía al menos unas cien libras, muerto sólo valía por sus colmillos, alrededor de cinco libras. Tenía que actuar rápido. Me dirigí a los birmanos de mayor edad que encontré y les pregunté por la conducta del animal. Todos me respondieron lo mismo: “No hace nada si no te le acercas, pero apenas lo haces, puede atacar.” Me quedó muy claro lo que debía hacer. Debía acercarme a unos veinticinco metros de distancia y observar su comportamiento. Si mostraba signos de agresividad, podía dispararle, de lo contrario, esperaría a que llegara su mahout. 8 Pero sabía que eso ya no era posible. Para colmo yo era un tirador mediocre y el suelo era tan suave que me hundía a cada paso. Si el elefante me embistiera y yo fallara el tiro, tendría la misma suerte que una tortuga frente a una aplanadora. Puedo aseverar que en ese momento no estaba pensando en salvar el pellejo, sino en todos aquellos rostros amarillos mirándome la espalda. En ese momento no tenía miedo en el sentido ordinario, no de la forma en la que lo estaría si estuviera solo. Un hombre blanco no muestra miedo frente a los “nativos”, así que casi nunca lo hacía. Lo único que pasaba por mi cabeza era que si algo iba mal, esos dos mil birmanos me verían perseguido, atrapado, aplastado y reducido a un cadáver de rostro descompuesto, tal como había pasado con el indio unos momentos antes. Y entonces seguramente algunos de ellos se burlarían. Y esto no lo podía permitir. Solamente había una opción. Dispuse los cartuchos en el cargador y me planté en el asfaltado para tener mejor puntería.

En ese momento no tenía miedo en el sentido ordinario, no de la forma en la que lo estaría si estuviera solo. Un hombre blanco no muestra miedo frente a los ‘nativos’.

LA MULTITUD ESTABA QUIETA y expectante, como el público que observa el telón de la obra levantarse. Escuchaba la respiración de aquellos cientos de rostros listos para divertirse. El rifle era un bellísimo artefacto alemán con una mirilla en cruz. En ese momento todavía no sabía que para disparar a un elefante hay que imaginarse una barra entre sus orejas e intentar cortarla por la mitad. Como el elefante estaba de lado, lo mejor hubiera sido apuntar al conducto de su oreja, pero lo hice algunas pulgadas más adelante, pensando en conectar con el cerebro. Cuando jalé el gatillo no escuché el estallido ni sentí la patada del rifle (como suele pasar cuando se da en el blanco), pero sí pude escuchar el terrible grito de júbilo de la multitud. En ese instante, uno pensaría que el cambio sería inmediato y visible, pero el elefante no se tambaleó ni se cayó, aunque sí parecía completamente diferente. Se veía afligido, encogido y viejo, como si el disparo lo hubiera paralizado sin derribarlo. Después de lo que pareció una eternidad, pero que en realidad fueron algunos segundos, se colapsó de rodillas. Su boca babeaba. Una terrible senectud parecía haberse apoderado de él, parecía tener mil años. Volví a dispararle en el mismo lugar. El segundo disparo no lo derribó, sino que se puso en pie con inmenso trabajo, cabizbajo, con las piernas tambaleantes. Disparé una tercera ocasión con la intención de darle el tiro de gracia. Pude ver cómo la agonía trepaba por su cuerpo y las últimas fuerzas que tenía en las patas. Al caer parecía que volvía a levantarse, pero cuando sus patas traseras colapsaron, cayó hacia adelante como una enorme torre de piedra por primera y única ocasión. Se derrumbó y su barriga me quedó de frente, y el golpe en el suelo hizo retumbar incluso el lugar donde yo estaba. Cuando me puse en pie, los locales ya corrían por el fango hacia el elefante. Aunque era imposible que se levantara, todavía no estaba muerto, respiraba rítmicamente acompañado de poderosos estertores, un montículo que subía y bajaba. Tenía la boca abierta y se podía ver hasta bien entrada su caverna rosada. Esperé por mucho tiempo a que muriera, pero su respiración no parecía disminuir. Finalmente le disparé dos veces más en el corazón. Una sangre espesa comenzó a brotar, como terciopelo rojo, pero el animal no moría. Su cuerpo ni siquiera se sacudió cuando recibió estos tiros y su tortuosa respiración continuó. Estaba muriendo muy lentamente y con gran agonía, pero las balas parecían no tener efecto alguno. Sentí que tenía que terminar con ese horrible ruido. Era terrible ver a aquella bestia que no podía ni moverse ni morir. Pedí mi rifle reglamentario, que era más pequeño, y continué disparándole en el corazón y en la garganta. Los disparos no parecieron tener efecto, pero los dolorosos carraspeos continuaron con la regularidad de un reloj.

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. ı Foto: Fuente > A partir de un dibujo original del pintor Damián Lescas

AL FINAL NO PUDE SOPORTARLO y me fui. Supe después que tardó media hora en morir. Los birmanos llegaron con sus cuchillos curvos y cestas antes de que yo me fuera y lo tasajearon casi hasta los huesos esa misma tarde. Después hubo discusiones interminables sobre el incidente. El dueño del elefante estaba furioso, pero como era indio no podía hacer nada. Además, yo hice lo correcto desde el punto de vista legal, pues un elefante enloquecido debe ser abatido al igual que un perro rabioso, en caso de que su dueño no logre controlarlo. Entre los europeos, la opinión estaba dividida: los viejos me decían que yo tenía razón, los jóvenes que era una lástima haber matado un elefante a causa de un culí de Coringhee.9 Eso fue lo que me salvó, pues su asesinato me dio el derecho legal de quitarle la vida a ese elefante. Sin embargo, me pregunto si alguien se habrá puesto a pensar en que lo hice solamente para no parecer un idiota.

NOTAS DEL TRADUCTOR

  1. En el original, sub-divisional police officer, quien es el responsable de mantener la ley y el orden, así como la prevención del crimen e investigaciones.
  2. Hoja original de la región, que masticada genera un ligero efecto estimulante y se escupe en la calle. En Latinoamérica podría asociarse con el hábito de mascar hoja de coca.
  3. Así se denominaba a los territorios dominados por los británicos en el subcontinente asiático.
  4. Domador en hindi, quien lo entrena, monta y cuida.
  5. Coolie en inglés, designado a los trabajadores indios (en su mayoría cargadores) que trabajan en difíciles condiciones en los países dominados por el imperio británico.
  6. Los pueblos dravídicos son los habitantes originarios del extremo meridional del subcontinente indio, al sur de los ríos Narmada y Mahanadi.
  7. Palabra árabe que designa a personas de nacimiento noble o extranjeros dignos de consideración.
  8. Palabra derivada del hindi Mahaut para designar a los entrenadores de elefantes.
  9. Grupo étnico del sur de India que emigró a la Birmania colonia, sobre todo para participar en el trabajo manual relacionado con la elaboración de té.