En su Vida de Licurgo, Plutarco describe el adiestramiento espartano en estos términos:
Los jefes enviaban de vez en cuando al territorio a los jóvenes que parecían más despiertos, armados de puñales y provistos única y exclusivamente de los víveres indispensables. De día se dispersaban en lugares inexplorados, allí se escondían y descansaban; de noche, bajaban a los caminos y, si sorprendían a algún ilota, le degollaban. Con frecuencia hacían también correrías por los campos y mataban a los ilotas más robustos y más fuertes.
Pero ¿quiénes eran los ilotas? Campesinos y esclavos que trabajaban para alimentar el cuerpo militar de los hómoioi, “los iguales”, aquellos que pertenecían a la élite y habían nacido libres. Esta aristocracia tenía prohibido dedicarse a actividades comerciales, artesanales o agrícolas, para eso estaban los siervos de la gleba, cuyo nombre, ilotas, se dice que proviene del verbo hairéo, “tomar, coger”, que describe su condición de presas.
Los espartanos no se hacían ninguna ilusión con respecto a este sistema social, “jamás pensaron que sus víctimas pudieran olvidar [el sufrimiento infligido]. Era preciso, entonces, mantener el terror como condición normal; y éste fue su gran invento: conseguir que el terror fuera percibido como normalidad”, anota Roberto Calasso.
Pero no sólo impusieron el asesinato sistemático sino también la falta de justicia. Tenían un grupo llamado éforos, “los vigilantes”, cinco magistrados que fungían como el poder ejecutivo y a quienes debían dirigirse todas las quejas. Pero se conocen historias como aquella de las hijas de Escedaso, que fueron violadas, muertas y arrojadas a un pozo; o el caso del espartano Aristodemo, que se enamoró de un muchacho, lo raptó, intentó violarlo y como el chico ofrecía resistencia, lo degolló. Los padres, tanto de las chicas como del chico, se dirigieron a Esparta y pidieron ser recibidos por los éforos. Uno de ellos nunca fue recibido, el otro no fue escuchado.
CUANDO SUBIÓ AL TRONO MOCTEZUMA Ilhuicamina, expandió su imperio de manera prodigiosa. Sin embargo, su reino se vio ensombrecido por una hambruna. Al parecer, cayó nieve en Tenochtitlán y las cosechas se perdieron provocando que, durante cuatro largos años, el pueblo sufriera hambre. Un hombre, muy parecido al Licurgo de Plutarco, Tlacaélel, “hermano gemelo” de Moctezuma I, ideó un plan: la guerra florida. Algunos estudiosos sugieren que estos combates existían con anterioridad, sin embargo, Tlacaélel los llevo a la perfección.
Por un lado, había una hambruna, por otro, la Triple Alianza necesitaba del comercio por “Tlaxcallan, Huexotzinco, Cholollan, Atlixco y Técoac”, apunta Alfredo López Austin en La Constitución Real de México-Tenochtitlán:
Querer lanzar los ejércitos contra aquellos pueblos no hubiese sido conveniente, pues se podían aliar contra el mexicano. Era mejor tenerlos en una situación de concordia, y al mismo tiempo poder debilitarlos constantemente, en espera del día en que ya no representasen un obstáculo para el comercio tenochca.
Tlacaélel pactó o, mejor dicho, impuso a sus vecinos un combate “cada veinte días”, donde cada pueblo, por turnos —primero los tlaxcaltecas, luego los huexotzincas y así sucesivamente— se enfrentarían contra el ejército de la Triple Alianza. A esa matanza consecutiva, la llamaron xochiyaóyotl, guerra florida.
SE TRATABA, COMO DESCRIBE con dureza Michel Graulich, de un “mercado” de carne donde se hacían las compras para los dioses y “de paso para los nobles” quienes se surtían de carne fresca. Estas guerras servían para que “los nobles tuvieran en qué ocuparse y los soldados dónde ejercitarse y demostrar su valor”. No era ninguna sorpresa que “sólo se matara a la gente común”, pues se trataba de una educación de élite idéntica a la espartana: cuando un niño del común nacía “se le daban las insignias del estatuto o del oficio de su padre. Al pequeño noble, en cambio, le entregaban armas en miniatura”. Desde luego, podían ocurrir otras batallas contra otros reinos, pero “la guerra florida garantizaba regularidad y frescura en el flujo de víctimas”.
“La utilidad de la historia”, escribe Calasso, “consiste en presentarnos y contarnos cosas que pueden revelar su sentido a centenares, millares de años de distancia”. Tucídides, el más brutal de los historiadores griegos, narra que un día los espartanos anunciaron que, si alguno de los ilotas consideraba haber adquirido elevados méritos, presentara sus títulos y una vez examinados podrían granjearles la libertad. Quienes se presentaron porque:
Se consideraban más dignos y eran también los que más fácilmente podían pasar a la revuelta. Los elegidos fueron cerca de dos mil, fueron coronados y paseados por los templos como si hubieran sido liberados. No mucho tiempo después los espartanos los hicieron desaparecer y nadie sabe cómo fue ejecutado cada uno de ellos.
Con la esperanza de obtener trabajo y un sueldo digno —esa servidumbre, ese anzuelo fácil de morder—, cientos de jóvenes mexicanos (aquellos que más fácilmente pueden pasar a la revuelta) son capturados a través de las redes sociales para convertirse en carne de cañón durante las luchas entre grupos criminales enemigos, y aquellos que se niegan o no resultan aptos, son torturados y calcinados en campos de extermino como en el Rancho Izaguirre, en Teuchitlán, Jalisco. Los gobiernos conocen la existencia de ese y otros campos idénticos o quizás peores —aunque no sé si el infierno pueda progresar y refinarse—, en cualquier caso, los dejan prosperar porque refuerzan la estructura de dominación gracias a sus efectos psicológicos, simbólicos y fácticos.
LAS FAMILIAS DE LOS DESAPARECIDOS viven rotas por generaciones, resultado de cortarle las alas a la más simple de las aspiraciones de rebeldía o emancipación. Los criminales simbólicamente generan miedo entre la población; y fácticamente se deshacen de los individuos más frágiles y desprotegidos, es fácil desaparecerlos porque nadie los va a buscar salvo sus propias familias con escasísimos recursos económicos y tecnológicos, y por el otro, el impulso demográfico los reemplazará de inmediato haciendo que olvidemos su existencia rápidamente.
La matanza de ilotas continúa, las guerras floridas nunca han terminado
Los éforos, describe Plutarco, habían erigido un templo al Miedo: “No lo honraban como un demonio tenebroso al que había que vigilar, sino porque consideraban que el Estado se mantenía gracias al miedo”. He aquí el gran mérito de los espartanos “haber sido los primeros en reconocer en qué medida el orden social está basado en el odio, y sólo sobre la base del odio puede perdurar”, concluye Calasso.


