Eddington, de Ari Aster

Joaquin Phoenix (el sheriff Joe Cross) y Pedro Pascal (Ted García) 
en Eddington.
Joaquin Phoenix (el sheriff Joe Cross) y Pedro Pascal (Ted García) en Eddington. Foto: Fuente > Especial

La era de la pandemia de Covid se ofrece como ambientación ideal para numerosas distopías y pesadillas apocalípticas, así como es una excelente metáfora para una variedad de catástrofes. El aislamiento, los contagios, las máscaras, el virus, la pausa a la vida social y económica, las confrontaciones ideológicas y la politización de las acciones de control y mitigación han dejado cicatrices indelebles, que aún no terminan de revelarse, en las sociedades. Ari Aster lanzó su carrera con las inquietantes Hereditary (2018) y Midsommar (2019), que lo consolidaron como un joven maestro del terror. A éstas siguió la frenética y edípica “odisea neurótica” (Aster dixit) Beau is Afraid (2023), con la cual se lanza al humor negro más volátil. Su tercer largometraje, Eddington, retoma la brutal ironía de la anterior pero la enfoca en la disfuncionalidad cataclísmica en que se encuentra la política y cultura estadunidense, en particular tras las fracturas del tejido social intensificadas en el trauma planetario del confinamiento.

La ficticia ciudad de Eddington, Nuevo México (el estado natal de Aster), con 2 mil 634 habitantes, en mayo de 2020 se siente lejana de la epidemia que ha detenido al mundo (cero casos de Covid hasta ese momento), pero a pesar de eso vive la controversia, confusión, ansiedad y pasiones que estremecen a las naciones. Esta localidad marginal donde casi no hay afroamericanos y que colinda, con tensos conflictos de jurisdicción, con el territorio nativo americano de Santa Lupe Pueblo, refleja las divisiones provocadas en la sociedad estadunidense por los mandatos sobre distanciamiento social y uso de cubrebocas. La controversia explota con el asesinato de George Floyd a manos de la policía (crimen que dio lugar al movimiento Black Lives Matter) y por el culto MAGA (Make America Great Again) trumpiano, inflamado por el rencor y los delirios de conspiraciones chifladas al estilo de QAnon.

POR UN LADO, ESTÁ EL SHERIFF Joe Cross (Joaquin Phoenix), con sombrero blanco de héroe, que desea intervenir lo menos posible en la vida de los ciudadanos pero que se rehúsa a usar cubrebocas y cada vez se sumerge más en las conspiraciones que pregona la extrema derecha. Por el otro, está el alcalde Ted García (Pedro Pascal), que promueve una visión plural y tecnocrática de la sociedad, el respeto a los mandatos impuesto por el gobernador y sobre todo la construcción de una granja de datos para una empresa de inteligencia artificial, que promete progreso, empleos y mejor nivel de vida, pero que seguramente tendrá un inmenso impacto negativo en las de por sí escasas reservas de agua y el consumo de energía eléctrica, así como un efecto positivo en su carrera política. La visión conservadora derechista es un laissez faire que significa rechazo a toda noción de justicia social. La perspectiva neoliberal con fachada democrática y progresiva está al servicio de intereses corporativos. Joe y Ted se enfrentan al respecto del uso de cubrebocas, pero esa diferencia no oculta que sus problemas son de índole personal (años antes el alcalde tuvo un romance con la actual esposa del sheriff, Louise, una Emma Stone trágicamente desaprovechada). Joe cree ser la voz de la razón, alguien que puede ver a través de la farsa mediática, no obstante decide lanzarse en la elección para alcalde posteando un video en Facebook. Así arranca un western noir de la era de TikTok, un tiempo de revisionismo digital en que las evidencias en video rara vez sirven como testimonio, sino más bien como embestida para descontextualizar, descalificar, humillar, incriminar y provocar, como parte de la manufactura de realidades alternativas.

Eddington es una maqueta de un mundo pandémico conectado por Zoom, atormentado por información confusa y distorsionada (virológica y política), por campañas virales, por euforias (la promesa riqueza sin fin del bitcoin) y temores tecnológicos (la amenaza de los drones). Aster considera que los habitantes, sin importar sus creencias, tienen en común entender que las cosas no están bien. La teatralidad de izquierda y derecha ha erosionado la realidad, la primera por su performatividad de justicia social que se traduce en estridencia teatral y autodesprecio racial de los jóvenes manifestantes, mientras tanto la derecha al desconfiar de todo se vuelve neciamente crédula.

EDDINGTON ES UNA MAQUETA DE UN MUNDO PANDÉMICO CONECTADO POR ZOOM, ATORMENTADO POR INFORMACIÓN CONFUSA Y DISTORSIONADA

ASTER CENTRA SU VISIÓN en la perspectiva frustrada, angustiada y caótica de Joe, quien vive con Louise que no le permite tocarla, y su suegra Dawn (Deirdre O’Connell) que pasa sus días y noches “investigando por su cuenta” las mentiras y falsificaciones del estado profundo (Deep State), el impacto de los deep fakes y otras conspiraciones. Desde antes de la pandemia la realidad había comenzado a dejar de ser una certeza compartida por gente de distintas ideologías para volverse un asunto de creencias: “No creas en lo que ves con tus propios ojos” dijo Trump (que no se menciona aquí). La realidad es una experiencia algorítmica regida por las plataformas digitales, es una perspectiva personal mediatizada a la que vamos dando forma con nuestros “likes” y “reblogs”, y al exponer nuestras preferencias nos entregamos a poderosos manipuladores que espían, mercantilizan y explotan gustos y opiniones.

SPOILERS: En la parte más controvertida del filme, un avión privado de lujo transporta agentes armados y enmascarados (con cubrebocas N95), carteles de protesta y parafernalia “Antifa”, que dependiendo de cómo uno quiera verlos, pueden ser infiltradores gubernamentales con la misión de sabotear actos de protesta con violencia, o bien, para la mente derechista son agitadores profesionales de la extrema izquierda elitista y globalista (que es código antisemita para referirse al financiamiento de oligarcas como George Soros). A partir de esa escena la representación de la realidad que hace Aster se fusiona con las conspiraciones paranoides de la derecha que infectan la mente trastornada y enfebrecida de Joe. Estos “terroristas radicales comunistas” vienen a destruir el orden, que

de cualquier manera Joe ya se había encargado de volar en pedazos. Después del caos, masacre y colapso social, las piezas se reorganizan y los obstáculos contra la granja de datos se borran de la manera más conveniente para la corporación de alta tecnología que resulta el principal beneficiario. Es probable que ellos hayan manipulado a ambas partes al crear una narrativa polarizante para cada bando.

No hay lecciones morales ni nada que no hayamos visto hasta el agotamiento, sin embargo este caleidoscopio de desencuentros, credulidad, mentiras, miedo y odio viene a reafirmar la imposibilidad de conocer la verdad, el dominio de la impunidad y la imposibilidad de volver atrás. La burla del director va en las dos direcciones, pero como él mismo comenta: la diferencia es que mientras la izquierda puede parecer absurda, hipersensible, solemne o hipócrita, la derecha hiperarmada está dispuesta a asesinar a quien no pueda convencer.

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