Identidad y memoria

Publicada hace un año por el INBA, Camelia 12 —que obtuvo el Premio Bellas Artes Juan Rulfo para Primera Novela en su edición 2022—, aborda un aspecto de la diáspora cubana entrelazando acontecimientos políticos y sociales con experiencias personales, “elevando éstas a la altura de los mitos y las historias fantásticas”, y valiéndose de una estructura que “recuerda y remite a Las mil y una noches”, dictaminaron los miembros del jurado

El Cultural No. 513
El Cultural No. 513 Foto: Imagen: Especial

No hay romanticismo en el fenómeno migratorio; sus causas no sólo obedecen a motivos políticos sino económicos, incluso a una sensación de malestar o estrechez en el lugar de origen. Cada pequeña diáspora, sin embargo, cada movimiento migratorio visto a través de sus individuos es posible romantizarlo en tanto historia de vida, como lo hace Pilar Cabrera Fonte (Ciudad de México, 1974) en Camelia 12.

La novela explora el tema de la identidad a través de tres generaciones de mujeres migrantes —la abuela Sara; Cristina, la madre perdida entre dos tierras, y Victoria, la indiscreta narradora—. Con un lenguaje vívido y una prosa evocadora Cabrera Fonte retrata la vida en Cuba antes, durante y después de la revolución y el posterior exilio.

DESDE LAS PRIMERAS LÍNEAS, Camelia 12 hace constar su intención estableciendo diversos paralelismos con Las mil y una noches. La autora no sólo se plantea emular la estructura del texto clásico, sino establecer una relación que la lleva a recrear una historia recreada por otra voz que seguramente recreó esa historia recreada por otras voces, y asumir así el papel de Sherezade, la perfecta personificación de la tradición oral materializada en papel y tinta, hasta transfigurarse en ella, en la mismísima Sherezade.

Victoria, la narradora, lo explica con estas palabras: “es como narrar un terremoto el 19 de septiembre en la Ciudad de México”. Esto es, historias que se repiten, con diferentes protagonistas, de manera cíclica. Para ser más claro, la joven Victoria, masajista entrenada por su abuela, además de contar el desarraigo de Sara (“¡Yo no regreso a vivir a Cuba!”), descubre la fascinación que siente Cristina por su isla natal, quien además de una promesa de amor, se encuentra con el corazón dividido entre México y Cuba. A Victoria su afán de libertad la lleva a establecerse en Estados Unidos, donde cree que puede ejercer su sexualidad libre de la censura familiar.

El título del libro alude a una dirección que será, o mejor dicho, fue escenario de un evento crucial: punto de encuentro y de partida que define a la novela como un viaje de búsqueda, de identidad, un testimonio de supervivencia al desarraigo, un manifiesto de vida que se traduce en un encantamiento erótico que recorre gran parte del texto, de la misma manera que la sensualidad emana de las noches de Sherezade cargada de poesía y piedras preciosas que deslumbran los sentidos.

La mención al terremoto no es un mero símil: es justo el sismo del 19 de septiembre de 2017 el que dispara esta avalancha de memorias que se superponen unas a otras. Ante la catástrofe que ha sufrido la Ciudad de México, Victoria comienza un doble viaje por la memoria: uno que en la historia de la vieja abuela Sara intenta dejar testimonio de sus raíces cubanas —que ya se dijo, no le interesa recuperar— y otro que lucha por afirmar la identidad sexual, identidad vital de quien se ha propuesto “contar estas historias de principio a fin, o bien como me sea posible, a sabiendas de que están llenas de fabricaciones y verdades a medias”. Para ello, Victoria acude a una caja de recuerdos que le permite organizarlos, no importa cuán deslucidos, edulcorados o exagerados parezcan, que se irán hilvanando de manera un tanto caótica y espontánea. Podría afirmarse que Camelia 12 está regida por esta estructura de caja de recuerdos que Cabrera hábilmente empata con el texto tradicional, lejos de esa versión romántica e infantil que suprimió el erotismo de las páginas de Las mil y una noches.

LA MENCIÓN AL TERREMOTO NO ES UN MERO SÍMIL: ES JUSTO EL SISMO DEL 19 DE SEPTIEMBRE DE 2017 EL QUE DISPARA ESTA AVALANCHA DE MEMORIAS QUE SE SUPERPONEN UNAS A OTRAS

“LLENA DE FABRICACIONES Y VERDADES a medias”, advierte Victoria en el arranque de la novela, no tanto para establecer un pacto lector, sino en un esfuerzo por ordenar lo mucho que tiene que decir, resignada a traicionar la veracidad de los hechos. Pero, ¿existirá otra manera de contar esas historias familiares que pasan de abuelos a nietos, de tíos a sobrinos, de boca en boca, tergiversándose, reconvirtiéndose, incluso incorporando tragedias ajenas leídas al vuelo en revistas y periódicos?

Quizá el ejemplo más próximo a Camelia 12 sea Tres lindas cubanas de Gonzalo Celorio, novela que recurre a la autoficción para narrar la saga familiar de las mujeres de su familia, las hermanas Virginia (madre del autor), Ana María y Rosa, en medio del clima apoteósico de la revolución cubana, que al igual que Camelia 12, mira a la distancia con cierta nostalgia lo que no fue analizando: los anhelos no alcanzados, los traicionados, pero sobre todo, con una profunda afirmación del exilio y la añoranza de las raíces perdidas.

Pilar Cabrera Fonte alcanza en Camelia 12 un inusual equilibrio entre la experimentación literaria —común y deseable en cualquier primer novela—, la fidelidad a su propia historia y la forma de contarla, y la seducción que ejerce sobre el lector, que no necesita saber nada de la autora ni de sus resonancias literarias para hacer suyas estas páginas.

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