La respuesta de Occidente a la invasión rusa en Ucrania fue inmediata.
En cuestión de horas, las potencias europeas y Estados Unidos, así como gran parte de la comunidad internacional, impusieron fuertes sanciones económicas y políticas a Moscú. Meses después, cuando el grupo terrorista Hamas invadió Israel, asesinando y secuestrando a cientos de civiles, y desestabilizando la región y el mundo entero, muchos esperábamos la misma reacción hacia el reino de Catar, el principal y casi único financiador de Hamas. Sin embargo, no ocurrió nada.
Parte de la explicación radica, sin duda, en los enormes intereses y lazos económicos entre Catar y Occidente, en particular con Estados Unidos. No obstante, estos por sí solos no explican la inacción. Cientos de empresas occidentales invirtieron durante décadas en Rusia, y Europa era prácticamente dependiente de los energéticos rusos. Nada de esto impidió que reaccionaran.

AMLO y La Habana
Para entender la apatía de Occidente frente a Catar, hay que conocer su modus operandi. Durante décadas y a la vista de todos, Catar ha financiado y albergado grupos terroristas y organizaciones paramilitares en su territorio. Hasta la salida de Estados Unidos de Afganistán, Catar albergó al liderazgo talibán y, aún hoy, el liderazgo político de Hamas vive impune y lujosamente en la capital del reino.
En las últimas décadas, Catar ha invertido cantidades estratosféricas de dinero (provenientes de su industria energética) para lavar su imagen y convencer al mundo de que es un actor complejo o pragmático que, a pesar de financiar grupos terroristas, puede ser un buen socio comercial. Esta campaña tiene dos vertientes. En primer lugar, decidieron albergar una serie de proyectos ambiciosos como ferias globales y, por supuesto, el mundial de futbol, del que se alega que consiguieron ser sede por medio de sobornos a altos funcionarios de la FIFA, y que resultó en la muerte de cientos de trabajadores migrantes, crimen que quedó impune. En segundo lugar, Catar ha invertido enormes recursos en mejorar su imagen mediática ante el mundo, primero, por medio de su cadena de televisión, Al Jazeera (que a pesar de representar los intereses de un reino conservador se ha pintado en Occidente de “progresista”), y segundo, de manera subrepticia, por medio de lobistas y agentes secretos que tratan de infiltrarse en gobiernos del mundo y medios de comunicación.
De manera verdaderamente insólita, la semana pasada comenzaron a salir a la luz detalles de la campaña de influencia y la forma en que el reino de Catar se infiltró en la oficina de nada más y nada menos que el primer ministro de Israel, pagando de manera ilegal el salario de uno de sus asesores más cercanos, consiguiendo información ultra secreta y orquestando una campaña para desprestigiar a Egipto y mejorar la imagen de Catar ante Israel y el mundo. Todo esto durante la guerra. Las revelaciones son impactantes, porque se trata del mismo actor que financió los ataques del 7 de octubre. Sin embargo, el modus operandi es el mismo que ya se conoció en el escándalo de la FIFA hace algunos años.
Queda claro que, para terminar con el reino de terror de Hamas y traer esperanza a la región, es necesario que Catar sufra consecuencias: sanciones estatales, cancelaciones de contratos privados; ostracismo internacional. Fuera máscaras.

