Se cumplen 150 años del nacimiento de Antonio Machado. La efeméride no ha pasado desapercibida y en la prensa cultural han aparecido reflexiones interesantes sobre la obra del poeta sevillano, lo que deja ver que su impacto entre los escritores y los críticos sigue siendo grande.
No sé qué tanto lo leen los jóvenes en la actualidad, pero los intelectuales de mi generación, los que ya entramos en la tercera edad lo leímos mucho. ¡Vaya!, no sólo lo leímos, sino que lo escuchamos. No me refiero a la declamación de sus poemas —aunque algunos de ellos parecen haber sido hechos precisamente para ser recitados— sino a la musicalización que de ellos hizo Joan Manuel Serrat. Por ello, podría decirse que la obra de Machado no sólo se ha leído en nuestros países, sino que, sobre todo, se ha escuchado de manera abundante. Apuesto a que hay millones —sí, millones— de personas que, sin haber abierto jamás un libro de poesía, se saben de memoria más de un verso de Machado.
La relación entre la poesía y la música es antiquísima, tanto así que se confunden en el origen de los tiempos. Incluso cuando está desligada de la música melódica, la poesía tiene lo que merece describirse como una musicalidad propia, marcada por la métrica y la rima. Esa musicalidad verbal ayuda a que algunos poemas puedan melodizarse con relativa facilidad. En 1969, Joan Manuel Serrat lanzó un disco de larga duración llamado Dedicado a Antonio Machado, poeta que incluye 12 musicalizaciones de poemas de Machado. El éxito del disco fue inmediato. Yo tenía siete años cuando salió el disco, pero a lo largo de mi infancia y de mi adolescencia escuché sus canciones por todos lados. Si uno iba a una reunión en casa de algún conocido, pasaba seguido que alguien sacara una guitarra y se pusiera a cantar las canciones de aquel disco. Lo asombroso es que todos nos sabíamos de memoria esas canciones y las cantábamos a coro, con mucha emoción porque son hermosas y profundas y, por si fuera poco, sus melodías también son agradables y pegajosas. Eran otros tiempos aquellos en los que uno podía pasarse cantando toda la tarde en compañía de los amigos, sin prender pantallas y sin estar atentos a las cochinas redes sociales.
Hace muchos años que no he vuelto a escuchar las canciones machadianas de Serrat, pero no he dejado de leer a Machado. Lo hago muy seguido. Sus libros vuelven una y otra vez a mi cabecera. Cuando entré en la edad adulta, me cautivó su libro en prosa Juan de Mairena (sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo), una obra de una filosofía muy sutil, que siempre he pensado que merecería más atención por parte de la filosofía académica en lengua española. También filosófico, aunque no por ello menos poético en un sentido muy hondo, es su “Poema de un día”, en el que capturó el paso del tiempo, la duración bergsoniana, tal como la vive un adorable “profesor de lenguas vivas” en un “pueblo húmedo y frío, destartalado y sombrío, entre andaluz y manchego”. Me encanta aquello que dice ese humilde profesor acerca del gran filósofo francés: “Este Bergson es un tuno; ¿verdad maestro Unamuno?”. Pero los poemas más famosos, los que musicalizó Serrat y dio a conocer por el mundo entero, no me dejan de cautivar. El problema —porque a ello iba este artículo desde un principio, a señalar ese problema— es que me molesta sobremanera leer en silencio algunos de esos poemas y reproducir en mi foro interno la melodía que les puso Serrat. Tengo que hacer un esfuerzo para borrar la música que se prende de manera automática dentro de mi mente y de esa manera poder leer los poemas como tales y no como las letras de aquellas canciones. ¡Qué difícil, por ejemplo, leer “Caminante no hay camino se hace camino al andar” sin la tonadilla que le puso Serrat! Quisiera ser capaz de leer esos versos como si lo hiciera por vez primera y sin haber escuchado jamás sus musicalizaciones. Por eso mismo, quisiera dejar inscrito aquí un amable reproche al gran Serrat. Para los más jóvenes quizá esta queja no signifique nada. Algunos preguntarán: ¿Joan Manuel, quién...?
