Jueves 24.09.2020 - 15:47

Estábamos mejor con el otro Obrador

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

A fines de los años sesenta, en una obra pionera sobre la historia de las ideas en el siglo diecinueve mexicano, el gran historiador Charles A. Hale observó que la disputa ideológica entre liberales y conservadores fue una disputa que transcurrió “al interior de la élite social de México”. Señalaba con ello un hecho hasta entonces poco conocido o convenientemente desdeñado, a saber, que más allá de sus diferencias ambos bandos compartían “supuestos sociales que corrían a mayor profundidad que el conflicto liberal-conservador”.

Al decir “supuestos sociales” Hale se refería, fundamentalmente, a una solidaridad de clase: a una manera de mirar a México, de entenderlo y entenderse en él, desde una posición de mando y privilegio que implicaba, a su vez, una mezcla de desprecio por las clases populares y de miedo ante la posibilidad de que participaran en política. Así, por ejemplo, José María Luis Mora, ideólogo del primer liberalismo mexicano, escribió sobre la guerra de independencia sin que en su relato adquirieran ninguna relevancia los indígenas pues, en sus palabras, “ellos no constituían la colonia de que se trata”. O el mismo Mora, al fustigar la propensión antiaristocrática de los hombres “educados en una clase inferior”, decía que en su envidia y resentimiento “mal entendían el odio a lo superior”.

En las conclusiones de aquel trabajo (traducido al castellano en 1972 como El liberalismo mexicano en la época de Mora) Hale supo advertir que dicho “conservadurismo social criollo” perduró, no obstante los enfrentamientos entre liberales y conservadores, a lo largo de todo el siglo XIX. Poco más de treinta años después, en su libro sobre la vida y obra de Emilio Rabasa, Hale mostró que aquella visión criolla alcanzó a subsistir, aunque maltrecha y a la defensiva, incluso a pesar del triunfo de la Revolución Mexicana.

Tengo para mí que desde hace algún tiempo asistimos en México a la resurrección del discurso criollo, o, mejor dicho, al surgimiento de un nuevo criollismo en nuestra vida pública. Pruebas de ello las hay todos los días en la prensa; por ejemplo, en las campantes proclamaciones de que “la desigualdad no importa” (Luis González de Alba); en argumentos como el de que la causa de la pobreza es la “improductividad” o la “incapacidad” de los pobres (Arturo Damn); en prejuicios como que los trabajadores sindicalizados, o los estudiantes de universidades públicas, no son más que “parásitos” (Francisco Martín Moreno); etcétera. Y tengo para mí, asimismo, que parte del éxito de una figura como Andrés Manuel López Obrador estriba, precisamente, en haber articulado un discurso de oposición contra ese México criollo.

Y es que allí estaba, según yo, el carisma de López Obrador como líder de izquierda: en que sabía convertir la pobreza en un tema político, hacer explícitos los antagonismos de clase, representar el sentimiento de agravio que engendra la desigualdad. Nadie como López Obrador había logrado hacer visible la existencia de ese nuevo criollismo en pleno siglo XXI.

De ahí que resulte tan desconcertante el viraje que acusan sus intervenciones recientes: la idea de que “lo material” es secundario, de que en el fondo lo fundamental es “contribuir a la formación de hombres y mujeres buenos y felices”. Porque una política que da prioridad a los “valores culturales, morales y espirituales” por encima de los salarios, los empleos, la educación, la vivienda o la salud es una política que quiere la purificación de las almas más que la redistribución de la riqueza, la bondad antes que el bienestar, la despolitización en lugar del conflicto. ¿En qué sentido es, entonces, una política de izquierda?

Estábamos mejor con el otro Obrador: el que hablaba más como Carlos Marx y menos como Juan Pablo II.

http://conversacionpublica.blogspot.com