La Cruzada de los Niños

Indignación y transformación
Por:
  • guillermoh-columnista

El mundo es de los adultos. Todo está hecho para que sean ellos quienes se sientan a sus anchas en él. Vea usted, por ejemplo, las dimensiones de los muebles. A los pequeños les queda muy claro que las sillas y las mesas no están hechas para su tamaño. No en balde, como decía Alfred Adler, esas disparidades de tamaño provocan un sentimiento de inferioridad en todos los infantes.

En la historia humana el mundo de los niños rara vez irrumpe en el mundo de los adultos. Una de las poquísimas excepciones fue la llamada Cruzada de los Niños. Las crónicas cuentan que alrededor de 1212, miles de niños europeos dejaron sus casas y salieron a los caminos para dirigirse a Jerusalén con el propósito de liberarla de los infieles. Se cuenta que hubo dos grupos que no tuvieron contacto entre sí. Uno estaba encabezado por un niño francés, llamado Esteban, y el otro por un niño alemán llamado Nicolás. Ambos eran pastores. Hoy en día se supone que no sólo eran infantes los que participaron en esa empresa asombrosa, sino toda suerte de vagabundos, desplazados y mendigos a los que se les denominaba de manera genérica pauper.

 

Como se recordará, cuando Jesucristo entró en Jerusalén, los niños lo rodearon y aclamaron. En el Evangelio también se cuenta que Jesucristo ordenó a sus discípulos que dejaran que los niños se acercaran a él porque el reino de los cielos es de quienes son como niños

 

Esteban tuvo una visión en la que Jesucristo le indicaba que debía dirigirse a Jerusalén y que el mar se abriría para que pudieran cruzar caminando. En Marsella su grupo embarcó rumbo a Tierra Santa, pero fue llevado a Egipto y esclavizado. Nicolás cruzó los Alpes y prometió a sus seguidores que, llegando a la costa, el mar se secaría. Una vez en Palestina, no lucharían contra los moros, sino que los convertirían al cristianismo. Arribaron a Génova. El mar no se abrió. Después viajaron a Pisa y a los territorios papeles. El Papa les rogó que volvieran a sus casas. Nicolás murió en los Alpes, en el viaje de retorno.

La leyenda de la Cruzada de los Niños ha recibido múltiples interpretaciones. Una de ellas es que debe entenderse como una narración que cobra sentido en el contexto del cristianismo medieval. Como se recordará, cuando Jesucristo entró en Jerusalén, los niños lo rodearon y aclamaron. En el Evangelio también se cuenta que Jesucristo ordenó a sus discípulos que dejaran que los niños se acercaran a él porque el reino de los cielos es de quienes son como niños.

La Cruzada de los Niños fue contada por adultos. No hay crónicas de los propios niños que participaron en ella. Qué fue lo que impulsó a esos niños a la cruzada. Es un misterio que nunca podrá resolverse. Nos queda, sin embargo, la creación literaria para poder imaginar sus motivos.

[caption id="attachment_720117" align="alignnone" width="696"] OBRA RepresentaTIVA de la Cruzada de los Niños.[/caption]

Una de las obras más conocidas de Marcel Schwob se llama La cruzada de los niños. Consta de ocho relatos en la voz de nueve personajes: un goliardo, un leproso, el Papa Inocencio III, dos niños llamados Alain y Dionisio que viajan en compañía de otro, que es mudo, un clérigo de nombre Francisco Longuejoue, un musulmán llamado Kalandar, una pequeña llamada Allys, y el Papa Gregorio IX.

Incluso en esta obra de Schwob la mayoría de los narradores son adultos. Sin embargo, los relatos más impactantes del libro son aquellos en los que los niños toman la palabra. En esos delicados textos, Schwob logra entrar, aunque sea sólo por un instante, en el misterioso mundo de los niños. Son páginas alucinantes y hermosas que nos transmiten una profunda comprensión de lo humano.

 

Nicolás cruzó los Alpes y prometió a sus seguidores que llegando a la costa el mar se secaría. Una vez en Palestina, no lucharían contra los moros, sino que los convertirían al cristianismo. Arribaron a Génova. El mar no se abrió

 

El mundo de los niños es semejante al de la poesía, la magia y el misticismo. Ello no quiere decir que sea uno de mentiras o de errores o de engaños. Es un mundo de juegos y fantasías, sí, pero también de la verdad más descarnada y de la realidad más lúcida.

Se supone que los niños tienen todo qué aprender y nada qué enseñar. Se los junta en las escuelas -–como chivos en un corral-– para que ahí puedan recibir todo tipo de enseñanzas, incluso las más inútiles. No obstante, hay lecciones profundas que pueden enseñar los niños a los adultos: verdades borradas, soterradas, reprimidas. Para entenderlos, tendríamos que aprender a escucharlos. El idioma en el que nos hablan es engañosamente parecido al nuestro.