La primera familia

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Leo La primera familia de Mike Dash, un estudio, según lo que dice el subtítulo, sobre el origen de la mafia norteamericana. Apareció hace un par de meses. Es un ensayo histórico muy correcto, interesante, basado sobre todo en los archivos del Servicio Secreto de los Estados Unidos, en que se documentan algunas peripecias de la primera organización criminal italiana establecida en el nuevo mundo, a principios del siglo XX.

El líder era un personaje ostensiblemente malvado, contrahecho, Giuseppe Morello, originario de Corleone, Sicilia. Le llamaban “la garra” porque tenía un solo dedo en la mano derecha: un malo de película. Sus allegados y cómplices eran con frecuencia corleoneses como él, casi todos italianos, algunos parientes. El Servicio Secreto los perseguía –de eso está hecho el expediente—porque se dedicaban entre otras cosas a la falsificación de dinero. Y el libro quiere documentar las prácticas mafiosas desde su origen. Tiene el mérito de analizar un material prácticamente inédito, tiene el defecto de analizarlo a partir de categorías muy posteriores.

En muchas cosas, aquella primitiva organización delictiva prefigura a la que todos conocemos por El padrino: vínculos familiares, control territorial, una rígida, inquebrantable ley de silencio entre sus miembros. Si se sigue el argumento, todo conduce a pensar que era el huevo de la serpiente, que de ahí surgió después Al Capone y todo lo demás. Me quedan dudas.

En el libro aparece una colección de vividores que aprovecha el miedo de comerciantes y clasemedieros italianos, recién llegados a los Estados Unidos, y cobra un “impuesto” en nombre de la Mano Negra, que según lo más probable no fue nunca más que un nombre. En la “familia” de Morello hay quien tiene una tienda de frutas y verduras y un sistema de extorsión para mantener los precios altos; hay alguien más que controla los mataderos de pollos y puede fijar los precios en la pequeña Italia de Nueva York. También hay los que pelean por el control de la carga en el puerto de Nueva Orleans a partir de la organización de los estibadores. Nada que parezca muy organizado, la verdad sea dicha.

Lo que muestra Mike Dash, con buena documentación, es un momento en la lucha de clases en la sociedad estadounidense: una población de inmigrantes buscando su lugar, una economía urbana en que no se ha estabilizado el sistema de abasto de bienes perecederos. Y poco más. La corrupción, por supuesto, la policía que miraba hacia otro lado y dejaba pasar esos pequeños latrocinios de los que vivían las clases populares de las ciudades a principios del siglo veinte.

El delito más grave de los mafiosos, el que explica la intervención del Servicio Secreto, era la falsificación de billetes. Si se piensa bien, es lógico: dondequiera que la producción de un bien resulte mucho más barata, dondequiera que el costo de producción sea incomparablemente menor que el precio de venta, habrá falsificaciones, si son factibles; y a principios del siglo veinte resultaba muy rentable producir billetes. Bien: las falsificaciones de la “familia Morello” eran tan burdas que tenían que limitarse a billetes de dos dólares, que podían usarse para pagar el consumo en una taberna, de noche, cuando nadie se fijaba demasiado ni podía distinguir bien los billetes. La ganancia era de unos pocos miles de dólares al año, si la cosa iba bien.

Mike Dash necesita que exista el crimen organizado, necesita que sea algo muy claramente delimitado y exclusivamente italiano, con perfiles indudables. Y con esa mirada encuentra la “primera familia”, muy parecida a la de Don Corleone. Su información muestra algo muy diferente: una organización casi inexistente, vínculos de complicidad más o menos obvios y triviales, contingentes, una proliferación de negocios informales, ilegales, criminales, que hablan más de la penuria de los inmigrantes y de la precariedad del orden urbano que de la delincuencia. También hay policías heroicos e inescrupulosos, de métodos bastante salvajes, como David Hennessy, hay más de un linchamiento masivo, hay quien tiene la idea de deportar a todos los italianos para acabar con el crimen.

Si se piensa un poco, los precarios monopolios de los bienes de consumo cotidiano en Nueva York eran nada comparados con el monopolio petrolero que en esos mismos años armaba Rockefeller, con métodos muy parecidos. Los billetes de dos dólares de la “familia Morello” eran una bicoca en comparación con el recién surgido emporio de J. P. Morgan. Mutatis mutandi, estamos en lo mismo. Yo sé que es muy feo decirlo, así que mejor no lo digo.

fdm