Mayorias para que

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Desde un punto de vista estrictamente teórico es cierto, como lo ha examinado José Córdoba mejor que nadie ( Nexos , diciembre 2009), que “para hacer gobernable el presidencialismo mexicano solamente existen dos fórmulas:

O cláusula de gobernabilidad legislativa o segunda vuelta presidencial”, que permitan, en el primer caso, que el partido del Presidente tenga una mayoría relativa en la Cámara de Diputados o bien, en el segundo camino, que al repetir la elección presidencial con sólo dos candidatos se produzca forzosamente un realineamiento del voto que lleve no sólo a un ganador, sino también a una mayoría en el Congreso.

Esto, que parece simple y que parece estar en el corazón de la desavenencia al interior de las corrientes del PRI con motivo de la iniciativa de reforma política, podría ser funcional si México tuviera una clase política muy profesional y acostumbrada al acuerdo, una democracia razonablemente eficiente y una agenda nacional, más o menos identificada por todas las fuerzas políticas, que sea la base para entrar a un proceso de discusión y de toma de decisiones.

Pero, al menos hasta ahora, no hay nada de eso.

Por un lado, las biografías de lo que podemos llamar la actual clase política reflejan más bien una colección de casos y circunstancias muy singulares que, con excepciones, la llevaron a ocupar distintos cargos o posiciones pero que en modo alguno constituyen una “clase” en el sentido histórico, ideológico o cultural del término. Por tanto, siguen sus agendas individuales, sus redes clientelares y sus intereses políticos y sus lealtades son más bien locales, y no están claras las razones por las que, de pronto, volverían al redil de la disciplina partidista o presidencial del pasado mediante el formato, por ejemplo, de una mayoría legislativa, y menos aún si ésta es holgada porque entonces su voto individual se diluye y los incentivos a colaborar lealmente en el plano nacional serán bajos.

El segundo tope de las buenas ideas es que si bien gozar de una mayoría legislativa evita en parte superar el lastre de una cultura poco propensa al acuerdo, al pacto y a la negociación política civilizada, en modo alguno asegura resultados importantes.

La ecuación que supone que una mayoría legislativa eleva los niveles de gobernabilidad es técnicamente cierta, pero siempre y cuando parta de una iniciativa política muy potente que oriente la acción del Congreso, que sea capaz de inducir las posiciones del grupo mayoritario en torno a cuestiones centrales para el país y que, en suma, convenza y ejerza un liderazgo efectivo. Más aún: es muy probable que, si esta segunda condición se presenta, la primera no sea indispensable.

A estas alturas, pase o no pase lo que queda de la enésima iniciativa de reforma política, no está allí la fórmula mágica para alcanzar un régimen político que funcione y una democracia de alguna calidad.

og1956@gmail.com