Jueves 26.11.2020 - 01:39

Naturaleza enemiga

Indignación y transformación
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Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha calificado con adjetivos morales su relación con la naturaleza. Podemos encontrar por lo menos tres concepciones del universo de acuerdo con esta perspectiva.

La primera es la que describe al orden natural como intrínsecamente bondadoso. Ésta es la antigua idea del jardín del Edén: un sitio en el que el ser humano vive feliz, sin miedo, con todo lo que requiere para su supervivencia. Quienes sostienen versiones del panteísmo, es decir, de la tesis de que la naturaleza y la divinidad son, a fin de cuentas, una y la misma cosa, también adoptan esta tesis con entusiasmo. Las reglas del bien y del mal consisten en la cercanía o en la lejanía de los actos humanos con el orden natural. Entre los ecologistas hay quienes adoptan versiones de esta doctrina, aunque sean pocos quienes hagan explícitos los presupuestos teológicos de su posición.

La segunda concepción moral del universo inanimado, cada vez más común hoy en día, es la de la naturaleza reactiva ante la maldad humana. La naturaleza es buena, pero el hombre es malo. Cuando éste agrede, ofende o simplemente modifica a aquélla, suceden reacciones que podrían describirse como defensas o incluso venganzas del orden natural. Por ejemplo, algunos consideran que el cambio climático, los potentes huracanes y las sequías son castigos que la naturaleza imparte a los seres humanos por su ambición, su arrogancia, su ceguera. Otra versión de esta doctrina es la de que Dios usa la naturaleza para castigar a los seres humanos por su maldad. Eso fue lo que sucedió, según el Antiguo Testamento, con el diluvio o las plagas de Egipto. Desde esta perspectiva puede ser que Dios castigue a los seres humanos por faltas de las que ellos no eran conscientes. Después de la catástrofe, toca a las personas reflexionar sobre sus acciones pasadas para dar una explicación moral de los sucesos.

La tercera concepción moral de la naturaleza es la de ésta como enemiga gratuita del hombre. Si un meteorito chocara contra la Tierra y acabara con la humanidad no se podría decir que fue por culpa de lo que los humanos hubiéramos hecho o dejado de hacer. La órbita del meteoro estaba determinada desde hace millones de años por causas que nada tienen qué ver con lo que sucedió en nuestro planeta. Lo mismo puede decirse de los terremotos. Aunque los seres humanos fuéramos los seres más virtuosos de la creación, los sismos nos seguirían azotando de la misma manera. De ser sí, ¿acaso podemos seguir sosteniendo un orden moral del cosmos? Esto fue lo que se preguntaron filósofos europeos, como Voltaire, después del terrible terremoto que destruyó Lisboa en 1755. La respuesta que dieron algunos pensadores es que las fatalidades son azarosas e impredecibles. La naturaleza acabará con nosotros tarde o temprano y por ninguna razón.