Miércoles 2.12.2020 - 15:37

Un salto cualitativo en el arsenal

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Las frustraciones de la administración Trump con todo esto que está sucediendo en Corea del Norte son evidentes. Asimismo, está clara la ansiedad en Asia, especialmente en Corea del Sur y Japón. El presidente Trump se está preguntando cómo puede ser posible que con todos los poderes a su disposición no logre terminar con el chantaje nuclear del pintoresco Kim Jong-un, tercer líder de esta especie de monarquía hereditaria comunista que viene padeciendo Corea del Norte desde hace demasiados años.

Cuando no se logra encontrar respuesta a una pregunta, la experiencia me ha enseñado que suele ser porque la pregunta está mal formulada. Quizás los norteamericanos deberían dejar de plantearse cómo impedir que Kim Jong-un tenga armas nucleares y empezar a preguntarse más bien cómo lograr que nunca las pueda emplear racionalmente.

La tecnología para fabricar una bomba nuclear es conocida y está al alcance de muchas naciones. Entre ellas, Corea del Norte. Lo que es más difícil es conseguir las centrifugadoras para enriquecer el uranio y el resto de materiales y equipos específicos que están muy controlados internacionalmente. Pero cuando una nación considera que hay algo fundamental en juego, estas barreras pueden ser transgredidas. Así pasó con Pakistán, India, Israel y, últimamente, Corea del Norte.

Para fabricar misiles balísticos capaces de salir de la atmósfera, viajar por el espacio una larga distancia y reentrar sobre un blanco específico, hay que contar con otra tecnología que sólo se suele alcanzar tras numerosas pruebas y bastantes fracasos. Un misil balístico es en sí mismo una bomba que debe entregar controlada, pero muy rápidamente, toda su energía. Miles de cosas pueden ir mal con un misil. Sólo cuando se han lanzado muchos podemos estar relativamente confiados de que su trayectoria no va a acabar con una enorme explosión.

Quedan todavía unos años para que Kim tenga la capacidad probada de atacar con misiles nucleares a EU, a Corea del Sur o a Japón. Probablemente los mismos años que tardarán los norteamericanos en demostrar a su vez que pueden derribar una salva del tamaño coreano. Y si de todos modos este ataque se produjera, estaría justificado un contraataque norteamericano del mismo tipo sobre algún blanco proporcional en Corea del Norte. Esta advertencia previa sería probablemente entendida tanto por los Kim actuales como por sus posibles imitadores futuros y traería una cierta seguridad a los angustiados japoneses y surcoreanos. Señor Trump: menos bravatas sobre lo inevitable y más preparación para defenderse ante lo previsible.