Cinco escritores en torno a Jose Juan Tablada

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

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Luis G. Urbina: “Un derroche de policromías admirables”

De sus autores favoritos, de sus estudios y de sus lecturas, no ha tomado sino aquello que convenía a su temperamento y a la segura formación de su personalidad. Claro es que en la poesía de Tablada se siente la caricia de Baudelaire; se oye la voz unciosa de Verlaine, se ven pasar las sombras de los Poetas Malditos; pero el canto del Florilegio hace creaciones de sus reminiscencias, y en todas partes halla su sinceridad y su estilo.

Tablada es un espléndido colorista, y así en sus miniaturas como en sus lienzos decorativos, tiene toques de luz y matices de un vigor extraordinario. Los poemas exóticos son verdaderas joyas en este sentido. La Atlántida, el Canto de las gemas, los Fuegos artificiales, son un derroche de policromías admirables.

El poeta del Florilegio es un visionario refinado, que, por odio al vulgo, ama esos erotismos místicos, esas perversiones tramadas de sensualidad y de religión, en las que el deseo oficia como un sacerdote, en misteriosos y satánicos ritos. Tablada introdujo entre nosotros el nuevo estremecimiento de Baudelaire; y de sus viajes al alma enferma y hosca de Huysmans trajo el recuerdo de esas infernales y negras ceremonias. Cuando nos da a comulgar sus hostias negras, experimentamos una sensación de malestar complicada de voluptuosidad y de regocijo: en la obscuridad del templo enlutado, la tentación roza nuestros labios con sus alas velludas.

Máscaras de la Revista Moderna, 1901-1910,

FCE, México, 1968.

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Manuel

Maples Arce:

“La visión nueva

de la vida”

En la nota que precede a su selección en la Antología de la poesía mexicana moderna (Poligráfica Tiberina, Roma, 1940) escribí:

“Del grupo de los poetas de la Revista Moderna, José Juan Tablada es el único que no ha cerrado los ojos a la visión nueva de la vida: su inquieta inteligencia le ha permitido cultivar las formas de la poesía contemporánea. El don insatisfecho de su curiosidad, lo mismo que su espíritu habituado a la aventura, jamás logran sujetarle. Sensible a todo propósito nuevo, encuentra un estímulo para su emoción en las preocupaciones del pensamiento, lo que viene a contrastar la ternura de su lirismo.

No obstante que la obra de Tablada emerge del modernismo, a medida que el tiempo transcurre, sin olvidar lo tradicional, encuentra otras posibilidades de expresión y acentúa, cada vez más, su carácter cosmopolita. Le corresponde el mérito de haber introducido en español la técnica poética del jai-kai, estos minúsculos poemas que en diecisiete sílabas estilizan aforísticamente un pensamiento o una intuición lírica completa.

Aunque dejen transparentar influencias sus imágenes, la ironía imprevista y la gracia de su fantasía, bien dibujadas, se muestran en fórmulas de certera brevedad, donde se descubren raras cintilaciones de astros. ¿Cómo negarle además que el empleo de elementos de la tierra o imágenes inspiradas en un sentimiento indígena es valioso para el desarrollo de la propia tradición?

El nombre de José Juan Tablada perdurará como uno de los más inteligentes aportadores de formas nuevas e innovadores de nuestro lenguaje poético”.

Recordación de José Juan Tablada,

Fraternidad Universal,

Tokio, 1957.

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Ramón López

Velarde:

“El mineral que

se defiende”

Quienes posean conciencia literaria, carecen de derecho para ignorar la emoción que palpita desde la alborada del Florilegio hasta Li-po. Verdad que Al sol y bajo la luna contiene más de una página de decaimiento; pero también otras culminantes, como aquélla, ya divulgada: “Mujeres que pasáis por la Quinta Avenida”. Un día... es, simplemente, un libro perfecto, no sólo por su médula vital, sino por la victoria que las modalidades expresivas consiguen sobre la crasa dicción de la ralea. Si los grandes poetas son aquellos que ejecutan el círculo vicioso de la vida, como Campoamor, cuando decía: “Las hijas de las madres que amé tanto, me besan hoy como se besa a un santo”, habrá que concluir que Tablada escaló esa categoría, pues ejerce la facultad serpentina de alcanzarse a sí mismo.

Mañana, al caer, conforme a sus propias palabras, “como pesado tibor y al deshojarle al viento el pensamiento como una flor” (Li-po), alzarán el grito de que hemos perdido un poeta de arte eximio, un fruto que nos envidiará la madurez de los cenáculos europeos. Mientras eso ocurre —y ojalá yo no lo contemple— José Juan Tablada, en plenitud de lira, resiste a lo obtuso y se renueva, por innominado sortilegio, en el estanque de la diplomacia. Acumula, sin cesar, el mineral que se defiende de los óxidos de los siglos; sobre la fábula retentiva en que se basa la inmortalidad, repetirá la sentencia de Paul Fort: “Los Reyes Magos están sepultados en mi jardín”.

Obras,

edición de José Luis Martínez, fce, México, 1979.

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Octavio Paz:

en cada imagen

un poema

Viva, irónica, concentrada como una hierba de olor, [la poesía de Tablada] resiste todavía a los años y a los gustos cambiantes de la hora. Resiste a la noticia de su muerte. Cada lector, si la lee con simpatía, puede volver a vivir la aventura del poema y arriesgarse a jugar el juego de imaginación que el poeta le propone, sonriente.

Tablada introduce en lengua española el haikú japonés. Su innovación es algo más que una simple importación literaria. Esa forma dio libertad a la imagen y la rescató del poema con argumento, en el que se ahogaba. Cada uno de estos pequeños poemas era una pequeña estrella errante y, casi siempre, un pequeño mundo suficiente [...] para Tablada cada imagen era un poema en sí y cada poema un mundo de relaciones imprevistas, profundo y límpido a la vez.

Dotado de fantasía y de un inagotable entusiasmo estético —que se manifiesta también en sus crónicas y en sus críticas de arte—, ninguna novedad le era ajena. “Las pirámides son los gorros de dormir de los faraones”, dice en un prólogo firmado en 1918, en una especie de adivinación de la greguería. Él mismo se define: “Todo depende del concepto que se tenga del arte; hay quien lo cree estático y definitivo; yo lo creo en perpetuo movimiento. La obra está en marcha hacia sí misma, como el planeta, y alrededor del sol.”

Nueva York, 1945

Las peras del olmo,

Seix Barral,

España, 1974.

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Salvador Novo:

Visita a la casa

de José Juan Tablada

14 de abril de 1971

La mañana había comenzado: si no precisamente laboriosa, sí trashumante; en punto de las once me presenté en la casa que por haberla habitado José Juan Tablada, recibiría en el centenario de su nacimiento la distinción de una placa a cuya develación “con unas palabras” me había invitado Wilberto Cantón en nombre del director de Bellas Artes. Al leer los periódicos, vi que ninguno anunciaba la ceremonia. Era explicable que careciese de público; y que los diez minutos a que reduje mi peroración improvisada los disfrutasen únicamente el delegado nuevo de Coyoacán, licenciado Édgar Baqueiro; el director de Bellas Artes con parte de su gabinete, y María del Carmen Millán con sus camarógrafos de Audoivisual; dos o tres estudiantes de su centro de la unam, Alí Chumacero, los Vicentes Magdalenos; una alegre sobrina de la viuda de Tablada, y el equipo del Noticiero Ema. Más un redactor de Excélsior que habría preferido una copia del discurso grabado por un alumno de María del Carmen.

Cuando una hora más tarde me llamó por teléfono desde Toluca un joven que ha fundado el Grupo Cultural José Juan Tablada, sinteticé para él lo que acababa de decir sobre Tablada: que sus primeros treinta años coincidieron con el porfirismo más acartonado y cursi; y los siguientes, con el choque violento de la Revolución, su destierro en 1914 y seis años después, su jubiloso descubrimiento de las artes populares, Diego, el Chamaco Covarrubias, el arte prehispánico, y el valor de López Velarde. Uncido al periodismo desde sus diecinueve años (producción estimada: diez mil artículos): contemporáneo de pasados y sentimentales, pudo salvarse y sobrevivir fresco y ágil gracias a aquella única garantía u antídoto que se ejerce en el humorismo; a la rapidez con que acertaba su flecha o su lanza o su agujión; en rehusarse en tomar en serio lo que podía señalar por ridículo.

Esa misma mañana había aparecido en un diario un artículo que acusaba a Tablada de haber perdido la brújula cuando elogió a Huerta o encomió la destreza quirúrgica del Aureliano Urrutia que convirtió al senador respetabilísimo en un deslenguado. Culpas o pérdidas de brújula si la de los escritores ha de marcar por norte invariable el camino a la chamba y la sonrisa caritativa del dispensador de favores. Sigue siendo (aun ahora que estamos tan en Paz) peligroso que los escritores se embrollen en la especialidad, para ellos tan ajena, de la política o de lo que por ello se entiende. Si no le atinan, si la riegan, el castigo que para Tablada fue el cese y el destierro, repercute en la disponibilidad, y fragua una rima a distancia entre un Carranza que perdone las ofensas a Madero y las alabanzas a Huerta, y otorga a Tablada un puestecito diplomático; y un Echeverría que ha empezado a contar con la aprobación de un super Tablada.

Luego que hablé, salimos del patio a develar la placa; y eso fue todo. Los años que Tablada haya vivido aquí son imprecisos en la parte de sus memorias publicada como La feria de la vida. Con los papeles que dejó a su muerte en las manos abaciales de José María de Mendoza (con todas las atrocidades que debe haber guardado, pero que el Abate siempre celoso de las imágenes respetables para la “posteridad”, debe haber inquisicionado, expurgado para el seminario que dirigía en la unam, ha habido muchos líos, discusiones, acusaciones, aclaraciones y declaraciones entre Conchita viuda y heredera del Abate, y Miguel Capistrán, investigador minucioso), podría acaso establecerse con claridad esa cronología. Los alumnos de María del Carmen fijan en 1905 la construcción de esa casa de estilo japonés, tan en consonancia con las inclinaciones desorientadas pero orientalistas de quien desde el “Ónix” publicado en 1899, hasta la Blavatsky y pasando por los jaikais, las manifestó. Visto lo cual, resulta curioso que cuando esta casa que el doctor Crispiniano Arce convirtió en bodega de muebles viejos se adaptó en parte para teatro, lo haya estrenado el oriental Seki Sano. Y ahora mismo estén haciendo en él “teatro documental”, que es un poco como meterse en política, Enrique Lizalde y sus muy buenos actores nuevos.

Concluido el acto, pues, me reintegré a la Capilla.

La vida en México en

el periodo presidencial

de Luis Echeverría, Conaculta, México, 2000.