Del progreso y la exclusión

Del progreso y la exclusión
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Por Daniel Rodríguez Barrón

“Hay una enorme zona de sombra —escribió Javier Marías— en que sólo la literatura y las artes en general penetran; seguramente, como dijo mi maestro Juan Benet, no para iluminarla y esclarecerla, sino para percibir su inmensidad y su complejidad al encender una pobre cerilla que al menos nos permite ver que está ahí, esa zona, y no olvidarla” (Una pobre cerilla). Entre la profunda oscuridad y la luz débil pero tenaz se han dividido filosofías y religiones, pero es el individuo quien debe elegir responsablemente entre estas dos verdades, debe decidir si prevalece la oscuridad o la luz, porque en la medida de su resolución se establecerán sus relaciones de afecto y disgusto en la vida social, la política, y sus relaciones personales.

Dos libros en mesas de novedades amplifican y ponen en escena la vieja ilusión de que el universo tiene un plan para nosotros, ya sea el triunfo o la extinción. El primero es Cronología del progreso (Debate, México, 2016) del poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid y el otro tiene uno de los más bellos títulos que uno pueda encontrar: Dostoyevski lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar (Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2006) del ensayista, profesor y crítico de arte húngaro László

Földényi. Ambos nos muestran dos formas de pensamiento completamente distintas, el primero está convencido de que el desarrollo científico, literario, económico e incluso moral es ascendente e imparable, no ha dejado de avanzar desde el Big Bang hasta el día de hoy. Y el otro, pregunta con Dostoyevski, “¿no nos hemos dado cuenta todavía de que los sanguinarios más refinados eran, casi sin excepción, los señores más civilizados?” y afirma que “la libertad no es una función de la felicidad, de la gloria o el éxito, sino que plantea en qué medida es capaz el hombre de experimentar lo ilimitado dentro de su existencia limitada” y para Földényi esa experiencia necesaria no es otra que el sufrimiento.

El progreso ha sido seriamente cuestionado por lo menos desde finales del siglo XIX, y el sufrimiento como redención tiene pocos entusiastas en un mundo como el nuestro en que el placer debe ser inmediato y ubicuo. ¿Cómo pueden entenderse, ya entrados en el siglo XXI, estos evangelios del progreso y del sufrimiento?

DEL PROGRESO

Para Zaid, el “progreso es toda innovación favorable a la vida humana”, y con “mentalidad progresista” incluso “la evolución de las especies puede verse como progreso”. El hombre que escribió El progreso improductivo, el mejor lector mexicano de Ivan Illich, el amigo del anarquista catalán Ricardo Mestre, nos asegura que vivimos en el mejor

de los mundos posibles. Es verdad

que de tanto en tanto trata de matizar semejante enormidad, pero su tabla del progreso es dolorosamente infantil: allí, lo mismo Annie Hall de Woody Allen que la invención del post it en 1980, el origen de la reproducción sexual que el álbum de los Beatles Sargent Pepper’s Lonely Hearts Club Band, son formas equivalentes del progreso. Hay optimismos que no se distinguen de la desesperación.

Para Zaid, el progreso comienza justo con el Big Bang, tanto valdría creer en Dios y su fiat lux; comenzar así su

cronología es casi deísta: hay algo allá afuera que sin intervenir vigila que todo haya evolucionado con el único propósito de que los hombres existan. Desde luego, Zaid sabe que el progreso es una idea que aparece en forma de “perfeccionamiento personal gradual en la cultura cristiana del siglo IV”, y lo considera “un mito cristiano tardío”. Y sabe que está asumiendo esa idea “con sentido crítico y sentido del humor”.

Pero creo que ni siquiera funciona como broma cósmica: si realmente viviéramos en la punta de lanza del progreso, tal como quiere hacernos creer Zaid, su libro sería completamente inútil, no habría necesidad de arengas. En el fondo, quiere ser un paliativo, un acto de fe en medio de la masacre. A veces, sin embargo, surte el efecto contrario, su optimismo frente a lo que ocurre en el país (para no hablar del universo, ya que Zaid comienza con el Big Bang) parece decirnos: no importa, porque de cualquier modo el progreso avanza. Su énfasis nos invita a la evasión moral: la Inquisición, los gulagues, los campos de concentración, existen, claro, pero son sólo obstáculos en el camino, la providencia / progreso nos garantiza un futuro resplandeciente.

DOSTOYEVSKI

ROMPE A LLORAR

Con diez años de retraso —la edición en español es de 2006— el otro libro que comparte mesa de “novedades” con el de Zaid es Dostoyevski lee a

Hegel en Siberia y rompe a llorar de László

Földényi. Su libro intenta recrear lo que Dostoyevski pudo haber pensado al leer a Hegel en Siberia; no se trata de una ficción, porque se sabe que durante su estadía de cuatro años de trabajos forzados entabló amistad con el joven fiscal del lugar, de nombre Alexandr

Yegorivich Vrangel; Földényi tuvo acceso a los diarios de Vrangel donde narra que él y Dostoyevski hablaban de religión y literatura, y se propusieron estudiar juntos a Hegel.

No se sabe qué libro de Hegel eligieron, y allí sí, Földényi imagina que se trató de Lecciones sobre filosofía de la historia universal e imagina también cuál debió haber sido la sorpresa de Dostoyevski al enterarse que justo Siberia, el lugar donde se encontraba, fue condenado por Hegel a quedar fuera de la historia universal: “Primero hemos de dejar de lado la vertiente norte, Siberia. Se halla fuera de nuestro estudio. Las características del país no le permiten ser escenario para la cultura histórica ni crear una forma propia en la historia universal”.

A partir de ese punto se abre el abismo: para Földényi como para Dostoyevski no hay progreso sin exclusión, y aunque “el protestante Hegel” supone que cada pueblo al encarnar su propia historia “alcanza su realización, su fama y su felicidad”, para Földényi esto no puede ser posible sin abandonar todo lo que nos hace humanos, es decir, la historia universal hegeliana —y supongo que el progreso zaideano— “se mueve al margen de

la justicia, de la virtud, de la injusticia, de la violencia y del vicio, de los talentos,

de las grandes y pequeñas pasiones, de la culpa y de la inocencia. Es decir, al margen de todo cuanto llamamos vida”.

El progreso como evangelio de la felicidad no puede sino excluir de su programa todo sufrimiento, porque, “la razón no puede detenerse en el hecho de que algunos individuos hayan sido ofendidos; los objetivos particulares se pierden en el general”. (Hegel, Lecciones…). Y es aquí donde Földényi opone al avance triunfal del progreso / historia universal, las ideas de

Dostoyevski sobre el sufrimiento. Según Földényi, sólo se puede ser libre por aquello que supera nuestras capacidades, que disuelve nuestra individualidad, y ese disolvente lo provee el

sufrimiento y la desesperación. Por ello, para

Dostoyevski la gran prueba fue Siberia, porque en la medida en que experimentaba el mayor sufrimiento, operaba en él una mayor liberación y una conciencia más aguda de la necesidad de compasión entre los hombres.

Tal es el caso de Dostoyevski, pero en muchos otros la idea de sufrimiento perpetuo frente a la inevitable frontera de la extinción puede convertir al hombre también en un reaccionario, ¿si la especie no tiene futuro, qué impide matar, violar o torturar, si al final en las aguas del abismo víctimas y victimarios intercambian miradas de reconocimiento y acaso de consuelo?, ¿qué sentido tiene la ética si, como los protagonistas de algunos cuentos de Borges —“El jardín de los senderos que se bifurcan” y “La muerte y la brújula”, por ejemplo— en el eterno retorno del tiempo unas veces nos toca ser héroe y otras villano? No todos podemos ser Dostoyevski, ni todos pueden soportar un infierno como el de Siberia y salir redimidos de él.

Mientras para Zaid todo es progreso, un avance constante que ni siquiera las peores amenazas —genocidios o pandemias— pueden detener, para Földényi, el progreso significa ni más ni menos que el mal —porque “no existe cuestión política que no oculte cuestiones teológicas”, escribe— y esta fe en la exclusividad de las soluciones científicas, políticas o sociales no puede llevar libertad a los pueblos sino “conquista y colonización”, porque marginar el sufrimiento, ocultarlo para subrayar el progreso “sólo puede llevarse a cabo al precio de los mayores sufrimientos”.

Ambas ideas pecan de antropocentrismo. Zaid quiere que el Big Bang no tenga otro motivo que la vida humana en el planeta y Földényi está convencido de que el universo opera en contra de ella. Sin embargo, no sólo es comprensible esta postura, además es inevitable. No podemos pensar fuera de nosotros mismos. Y el antropocentrismo de estas ideas tal vez guarde una fuerza especial.

Nietzsche escribe en El crepúsculo de los ídolos: “Los juicios y apreciaciones sobre la vida en pro o en contra, no prueban en último caso que sean verdaderos: no tienen otro valor que el de ser síntomas”. Pero ¿síntomas de qué?

INGENUO

Y SENTIMENTAL

0drich Schiller propuso en su ensayo publicado en 1796 Sobre poesía ingenua y poesía sentimental (Icaria editorial, Barcelona 1985) una distinción para describir dos formas activas de pensar el

mundo: en primer lugar se encuentran esos

genios del pasado como Dante,

Shakespeare o Cervantes que son uno con la existencia y como la propia naturaleza son pausados, crueles y sabios. El poeta ingenuo no duda, confía, sabe que el mundo terminará por darle la razón. Su naturaleza “no radica en otra cosa que en ser espontáneamente, en subsistir las cosas por sí mismas, en existir según leyes propias e invariables”. Sus ideas son “son a la vez representaciones de nuestra suprema perfección en el mundo ideal; por eso nos conmueven de sublime manera”.

En cambio, el poeta moderno es un sentimental: atrapado en sus emociones y pensamientos, separado de la naturaleza y huérfano del mundo, cuestiona todo aquello que percibe, incluyendo su propia percepción. Considera su razón “como una maldición y una calamidad”, y no tiene otra alternativa que “aferrarse a la ley con libre conciencia y voluntad o caer sin salvación a un precipicio insondable”. (Ibid.)

Sin embargo, lo que me interesa es preguntar qué tanto estas dos visiones son elecciones personales, o si, como se sabe, nadie puede elegir lo que es, y estas visiones son correlatos no de lo que uno sabe sino de lo que uno es. Quiero decir, en estas ideas, sólo parcialmente elegidas, están involucrados los fracasos y las esperanzas, la formación (no hay que olvidar que Zaid es poeta, pero también ingeniero) y en suma todo lo que un autor ha vivido. Me pregunto si estas dos formas de afrontar la existencia surgen lo mismo de un dolor de muelas que de un nieto recién nacido, y como dice Nietzsche, son síntomas, meros gestos teatrales que buscan la afirmación de la especie.

No es poca cosa, pues es esencial encontrar una razón para vivir y morir; pero sobre todo, estos manierismos del pensamiento buscan crear un horizonte, intentan escapar de la condena de tenernos como referentes sólo a nosotros mismos: tanto al individuo aislado como al conjunto de contemporáneos, ambos abandonados a la contingencia. En cambio ¡cuánta seguridad nos promete imaginar el progreso!, ¡qué certeza imbatible, y por tanto casi consoladora, la de saber que la extinción nos aguarda!

Ninguna de las dos opciones merece desdén: son ficciones necesarias, creaciones de la imaginación para intentar comprender y ofrecernos consuelo. El poeta Wallace Stevens señaló que debemos confiar en alguna ficción: “La creencia final es la creencia en una ficción a sabiendas de que es una ficción, puesto que no hay nada más. La verdad exquisita es saber que es una ficción y creer en ella voluntariamente” (Adagia, Opus Posthumous).

Admitir que hemos elegido una ficción que conviene a nuestro carácter, a nuestras aspiraciones, a nuestro personaje social, es acaso una forma de libertad; es reconocer que si bien el universo carece de sentido, nuestra libertad está en imaginar uno, siempre y cuando no nos atemos a él ni queramos imponerlo como la verdad, sino subrayando la importancia del poder de la imaginación antes que la fuerza de su significado: la libertad está en imaginar un destino y en tener el sentido del humor y la secreta cortesía —al menos para uno mismo— de no creerlo.