Martes 7.07.2020 - 07:01

La ilustracion : Segun Luis Scafati

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Es argentino, pero nunca jugó futbol. Fue un niño introvertido a quien su padre siempre proveyó de hojas y lápices para que expulsara al darketo que llevaba dentro. Estudió Artes en la ciudad de Mendoza, donde nació y creció. Ahí su familia tenía un quiosco de periódicos y revistas que lo nutrió de historietas de grueso calibre confeccionadas en Buenos Aires.

La fuerza centrípeta de la capital lo atrajo sin remedio y ahí participó en revistas como Humor y Súper Humor, entre otras. Ha colaborado en diarios como La Nación y Clarín, de Argentina, y goza de prestigio mundial por sus ilustraciones de volúmenes literarios como La metamorfosis (Kafka), Drácula (Bram Stoker), Narración de Arthur Gordon Pym (Edgar Allan Poe), La ciudad ausente (Ricardo Piglia) y La peste escarlata (Jack London), que en México distribuye la editorial Libros del Zorro Rojo. Sexto Piso editó El castillo, con dibujos de Scafati.

Los ilustradores lo ubican entre los artistas plásticos y viceversa. Algunas de sus obras están colgadas en paredes de museos, y en el Teatro Independencia de Mendoza hay un mural que él realizó a pesar de envidias y puñaladas traperas. El 26 de julio pasado dio una charla en el Centro Cultural Elena Garro, de Coyoacán, donde se ganó a los numerosos asistentes con buen humor y sencillez (sí, sencillez).

¿Cómo era el quiosco de su infancia?

Era una pequeña construcción de dos metros cuadrados, en una esquina, como todos los quioscos de aquella época; ya no queda ninguno. En mi casa éramos cuatro hermanos y mis papás. Nos turnábamos para atender el negocio, así que a los 14 años ya estaba yo ahí, solo, durante varias horas.

¿Era su internet?

Algo así. Internet no existía ni en la ciencia ficción. Para mí las revistas de Buenos Aires eran una cosa importantísima, todo se producía en la capital.

Tuve la suerte de ver todo lo que pasaba con el cómic, era una de las mejores épocas de la historieta argentina: Alex Raymond, Hugo Pratt, etcétera.

Era otro mundo…

Sí. Hoy existe la web, los libros y los murales callejeros. Todo eso es más interesante que lo que sucede en las galerías.

¿Es un argentino que nunca jugó futbol?

Sí. ¿Se me nota?

Sé que fue un niño muy introvertido.

Sí lo fui, tal vez en exceso.

¿Envidiaba a los deportistas?

No tanto por el juego sino porque eran muy exitosos con las chicas. En ese sentido yo era de los perdedores. Afortunadamente vino mi revancha, tal vez un poco tarde, como a los veinte años, cuando conocí mujeres interesadas en la literatura. Yo hacía poemas (ríe). Alguna vez hice un cuaderno completo de poemas para una chica que se llamaba Alenka, de origen polaco, y sólo le hablé una vez.

¿Aún conserva la mirada provinciana o ya la perdió?

Se va perdiendo, sin duda. Cuando llegué a Buenos Aires, me sentí apabullado por el contraste con Mendoza. Cuando yo era chico, iba al cine y salía atontado luego de ver dos películas seguidas; salía a la calle y miraba la cordillera, que era el Oeste, así me ubicaba. En Buenos Aires no había puntos de referencia, perderse era muy fácil, todavía me pierdo de vez en cuando.

También desconocía los códigos, como eso de tener que avisar antes de visitar a un amigo; en Mendoza tú ibas y tocabas a la puerta de tus conocidos sin ningún problema. Me tardé mucho en asimilar cosas así.

¿Cómo le fue con la dictadura militar?

Estaba marcado y tuve que huir durante un tiempo. A veces con tu trabajo te ganás enemigos. Uno de mis hermanos estuvo preso.

He visto ilustraciones suyas muy fuertes contra el ejército y la Iglesia…

A mí me pone mal la hipocresía de algunas instituciones, es algo revulsivo.

¿Dejó atrás la polémica?

La más reciente fue un trabajo que hice sobre Palestina y eso molestó mucho. Prácticamente me dijeron nazi. Una radio muy importante me buscó para agrandar el conflicto; ellos pensaron: “vamos a entrevistar a un nazi”.

No les importaba que en esos momentos yo estuviera preparando una exposición sobre Kafka, no sabían quién era Kafka. Me parece inaudito y frívolo que a alguien se le endilgue el calificativo de nazi.

¿Cómo vivió el ataque a la revista Charlie Hebdo?

Me dolió por partida doble, porque la mayoría de los asesinados eran dibujantes de edad avanzada y estaban en una junta de planeación, como las que teníamos en las revistas donde yo trabajé. De algún modo recreé la imagen de lo que sucedió.

Lo suyo es la imagen…

Sí, pensar con imágenes es como una deformación.

¿Cómo lleva a cabo su trabajo al ilustrar cuentos y novelas?

Me meto en el mundo del autor y, al mismo tiempo, expreso mis propias inquietudes.

¿Cuál es el libro en el que más se asoma usted mismo?

Creo que en Drácula están muchas de mis preocupaciones y cosas irresueltas. Todos tenemos una sombra.

¿Siempre sabe cómo va a quedar un dibujo?

No. Tengo un punto de partida y, en el fragor del combate, hay puntos de inflexión.

¿Nunca se interesó por el paisajismo?

A veces he intentado dibujar la naturaleza, sobre todo cuando voy a Mendoza, en la montaña, pero siempre se mete algo inconsciente y el asunto se desvía.

¿Qué es lo más difícil de dibujar?

Las manos de los personajes. Las manos delatan a un mal dibujante.

Tengo la impresión de que está muy influido por José Clemente Orozco.

Sí, por supuesto. He estudiado mucho su obra e incluso leí las cartas que escribió cuando vivió en Nueva York.

¿Nunca ha usado photoshop?

Soy un analfabeto en ese sentido. Lo mío es una relación erótica con los materiales que uso al dibujar.

¿Escucha música cuando pinta?

Sí. Me sirve para hacerlo con mayor libertad; me ayuda a eliminar a ese policía que está todo el tiempo en la mente: el intelecto.

¿Qué escucha?

Cuando ilustré La metamorfosis descubrí la música de Arvo Pärt. Mis gustos musicales son muy amplios, desde Pink Floyd hasta cierto tipo de tangos.

¿Nunca perdió el piso con el éxito?

“La fama es puro cuento”, dice un tango. Yo no me la creo.

¿Por qué su libro Mambo urbano no se llama Tango urbano?

En Argentina la palabra “mambo” tiene la connotación musical, pero también se refiere a lo que trae un tipo en la cabeza.

¿Sería como el rollo que trae en la cabeza?

Sí, exactamente. Entonces, el libro pudo llamarse El rollo urbano (ríe).

Dígame tres poetas que relee con frecuencia.

Juan Gelman, César Vallejo y Joaquín Giannuzzi.

¿Le gustó el chiste que dijo el papa Francisco sobre los argentinos?

No lo conozco.

Dijo que, para suicidarse, se suben a lo más alto de su ego y desde ahí se dejan caer.

Es muy lindo —dice Scafati, al tiempo que ríe como un niño de mirada transparente.