SILENCIO

SILENCIO
SILENCIO
Por:
  • Raúl Sales

Las hojas secas eran un canto de arrullo, envolvente, tranquilizador, como si fueran mil suspiros soltados en la brisa, de esos abrazos que son como corazas protectoras.

El crujir de sus pasos seguían un ritmo, pensativa, casi ensimismada, su silencio era más elocuente que cualquier elegía de un tiránico líder. Sus silencios siempre me han pesado, a veces son muy cómodos y no obstante, no es muy dada a callar, pasa uno, dos o hasta 5 minutos y luego ríe por algún chiste que su súper yo le contó a su ego, en otras palabras, no guarda tantos silencios como para que uno se acostumbre, por eso me pesan, sé que algo no va bien y dentro de mí conozco la respuesta, por eso me pierdo en el crujir de sus pasos sobre hojas secas que me envuelven, me cantan, me arrullan.

no importa cuántas veces trate de romper el silencio, me voltea a ver me sonríe de medio lado, como si fuera una obligación o la condescendiente cortesía del adulto hacia el vástago de un pariente que nunca ve.

lo peor del silencio es que aún no empieza a escuchar a sus demonios, esos que se cuelgan de tu oído y empiezan a contarte los errores que cometiste, se burlan de tus inseguridades y las engrandecen para que ocupen toda tu visión periférica y te dejan enfrente eso que sabes que está pero, quieres evitar. Ahí ya no hay silencios cómodos, hay decenas de atmósferas imposibles, invisibles, que van asentándose sobre tus hombros, aplastándote, empequeñeciéndote, hasta que, por simple física elemental, ya no estás a su altura y nadie dijo nada, eso fue lo peor, el silencio lo dijo todo.

Me dan ganas de correr, o esconderme bajo las sábanas, como si al cerrar los ojos o voltear el rostro desapareciera el monstruo o el dedo fuera tan grande que cubriera galaxias en vez de soles. No, no funciona así, ella camina pisando ruidosamente a las hojas porque espera que yo rompa el silencio y mientras lo hago, lo rellena con ese dulce y suave susurro de muerte marrón.

Le pregunto y su respuesta es tan críptica que, un murmullo en medio de un huracán se entendería más. Pregunto otra vez, lo hago entre Las pausas del jolgorio que traen mis demonios internos jugando con mi autoestima. Esta vez no hay respuesta, es la misma mirada que se complementa perfectamente con su elocuente, claro, conciso y directo… silencio.

El silencio es uno de los elementos más poderosos en cualquier discurso, la pausa expectante, en la que el latido de tu corazón es el ruido más potente de la sala, habla de lo poderoso que es, pero, decir todo sin decir nada, hacer que la otra persona entienda sin haber emitido un solo sonido eso es un arte que muy pocas personas y casi todas del sexo femenino, logran alcanzar.

yo sabía lo que me quería decir desde que empezamos a caminar, no es algo que uno presiente, no es una epifanía, ni una adivinanza, ni suerte, es una infinidad de piezas que encajan en el momento justo, una mirada, una palabra, una ausencia, una presencia, un no en lugar de un sí, un tal vez inesperado, una tardanza, una apatía, una risa forzada, un grito innecesario, en fin, un sinfín… el fin.

lo peor de que te lo digan en silencio es que no hay un contraargumento y si lo rompes, digas lo que digas, como lo digas, nunca será suficiente, ni útil, es más, probablemente sea imposible cuantificar el impacto de una palabra en una respuesta no pedida, en una pregunta no necesitada. Su silencio lo dijo todo y lo peor, es que yo lo escuché.

Sus pasos crujen rítmicamente sobre el manto de hojas secas, el canto de arrullo de mil suspiros soltados en la brisa, sus pasos crujen mientras rompen el ominoso silencio del ahora adiós, silencio que se transforma en mío mientras ella se aleja y yo quedo atrás, silencio que me envuelve mientras el susurro de las hojas deja de hacer arrullo y el viento lo convierte en lamento que canta a dúo con el suave sollozo que retumba en mi pecho y quema mi garganta.

El silencio ahora significa ausencia, soledad y mis demonios ríen, ya no en silencio sino en cacofónico estruendo y me da miedo quedarme solo con ellos pues los conozco como ellos me conocen a mí y sé que se van a alimentar con cada golpe de mi autoflagelo…

Silencio… no hay argumento que pueda contra el maldito silencio.