Para Ligia Urroz
Sé que muchos tienen la biografía de Sir El Toñón, pero sólo yo puedo presumir que fue un regalo de Juan Cruz. Me la obsequió en las oficinas de El País, en Madrid en el 2019.
Un par de semanas antes de la presentación de la Sharon en el Azteca comencé a releerla. Casi siete años después. Con la intención de refrescarme la memoria. Y surtió efecto. Recordé el millón de razones por las cuales estoy prendadísimo de Sir El Toñón. Algo que muchos considerarán muy poco punk de mi parte, pero si leen el libro me entenderán. Olvídense de Rocketman. Ahí no se enterarán de las coquizas que se metía con John Lennon, de su fracaso en Wembley, de su amor por el futbol y por el Watford, etc.
Me volví a clavar en el libro para cerrar el círculo. Para despedirme. No de la música, del personaje. Para tener muy presente la vida de telenovela en esteroides que había tenido. A Sir El Toñón infinidad de motivos lo hacen un artista muy especial, pero qué más especial es que haya elegido México para bajar la cortina. Para el cierre de una carrera trepidante, por decir lo menos. Jamás me imaginé que el camino de ladrillos amarillos finalizaba en México. Ni modo de no estar allí. Quería aventarle un beso a lo lejos a mi draga favorita.
Confieso que mi relación con Sir El Toñón es problemática. Soy fan de su música y de su vida, pero no de esa señora copetona frívola y adicta a las compras en las que se ha convertido. Reconozco que quizá mi molestia sea la misma que siento hacia todos los AA. Pero bueno, ese es el tema de otra columna. La música de Sir El Toñón y yo nos peleamos hace muchos años. Sus últimos discos, que se estacionaron en la etiqueta de “rock para adulto contemporáneo” me los he ahorrado. Sin embargo, todavía tiene algunos chispazos que me enganchan, como su dueto con la Dua Lipa para “Cold Heart”.
MENTIRÍA SI DIJERA QUE NO ESTABA EMOCIONADO. Cuando me subí al tren ligero sentí un leve nerviosismo. Del tipo que te invade cuando vas a ver a una nena que te gusta. Creo que después de todo no soy tan insensible como presumo. Durante todo el camino no pude dejar de pensar en el impacto que la música de Sir El Toñón ha tenido en mi vida. Y en cómo ha visto pasar la moda a lo largo de varias décadas y cómo su figura permanece en un sitio sagrado. Y en su manera de incrustarse en la cultura popular. Ya no soy capaz de escuchar “Tiny Dancer” sin pensar en Almost Famous.
La lluvia amenazaba con desgajarse a medio concierto, lo cual le imprimía un aura un tanto melancólica a la noche. Si el cielo hubiera llorado, habría sido culpa de Sir El Toñón. Pero al final no sucedió, cosa que agradecí al dios de los cronistas. Hacía tanto que no estaba en el Azteca, que no me acordaba de lo mucho que me gustan los conciertos ahí. Se me hace muy cómodo. La sensación que me invadió en cuanto estuve en cancha fue la de encontrarme en una fiesta gay multitudinaria. Al final no me senté en el palco al cuál me habían invitado para no dejar solo a mi compa el Mike. Pero disfruté el show con la misma intensidad.
A sus casi 80 años Sir El Toñón luce cascado, pa qué más que la verdad. No me voy a poner santurrón y salmodiar que su estilo de vida le pasó factura. Conozco personas que nunca se han metido una raya de periflais y tuvieron cáncer. Así que mejor aprovechen y métanse de todo ahorita que están sanos. Además, cuando yo era niño no juzgábamos a los ídolos a la luz de ningún parámetro de lo saludable. Sir El Toñón no puede caminar solo. Una persona del staff lo tiene que tomar del brazo para conducirlo hasta el piano. Pero todavía canta, y canta chingón, y sus manos le responden con destreza.
UNA PERSONA DEL STAFF LO TIENE QUE TOMAR DEL BRAZO PARA CONDUCIRLO HASTA EL PIANO. PERO TODAVÍA CANTA, Y CANTA CHINGÓN, Y SUS MANOS LE RESPONDEN CON DESTREZA
LA VELADA ERA JOVEN, pero para su segunda canción Sir El Toñón se arrancó con “Bernie & The Jets”. No exagero si afirmo que todos deberíamos escuchar esta canción antes de morir. Yo ya lo hice. ¿Y tú? Como se trataba de su despedida, estaba cantado que se iba a despachar los hits. Pero también arrojó una que otra sorpresita, como “Have Mercy on The Criminal”, del álbum Don’t Shoot Me, I’m Only The Piano Player. Un disco que creo está algo subvalorado, pero que para mí es una de sus cumbres musicales. Siete minutotes que viví como una eternidad, con un whisky cuádruple en la mano.
Si me apuran, para mí lo mejor del concierto fue la banda. Qué combo se armó Sir El Toñón. Y todos de la vieja escuela. Todos bien chagalagas. El que más me impresionó fue el percusionista. También con 79 años en el costal, posee una vitalidad que no sabes de dónde la saca. Porque ya se ve medio encorvado. Y la calva lo hace parecer una palanqueta, pero en cuanto golpea el pandero se convierte en un dragón. Qué grata es la sensación de atestiguar algo así. Cómo el rock les inyecta juventud a los octogenarios. Es tan entrañable la figura de Ray Cooper que te dan ganas de llevártelo a tu casa acabando el concierto. No es mame.
El otro que me tenía flotando fue Davey Johnstone. Un leviatán de la guitarra. A sus 75 años, el escocés parece un chavo también. Siendo honesto, pensé que el show sería complaciente y cumplidor. Pero a nivel musical me dejó pendejo. Sir El Toñón tocó todos sus éxitos, excepto dos. “Nikita” y “Sacrifice”. Sin Yolanda. Yo tenía la ilusión de que cantara “Pinball Wizard” pero me la pelé. Cerró con “Your Song” y el Azteca se cayó. Qué manera de bajarle a uno los calzones, me cae. Méndigo Sir El Toñón, me metió en un modo raro. Y luego me puse achicopaladón con los fuegos pirotécnicos.
Para cerrar mi gran noche, me metí a caguamear en La Chula hasta las 4 am. Me puse reflexivo. De repente me asaltó la idea de que un día me voy a morir. Y la verdad no sé si me guste mucho estar muerto. Sin la música de Sir El Toñón, sin la NFL, sin las pedas en casa de mi abuelo es un peligro. Sin carnes asadas, sin escribir esta columna, sin releer a John Cheever. Sin tomarme una Modelo Especial de barril, sin subir a mi perro al monte, sin recorrer la ciudad en bicicleta. Sin ver a mi hija todos los días. No niego que me causa intriga. Saber qué hay en el más allá. Pero si no hay conciertos del otro lado, para qué me muero.
Honestamente, no sé si me vaya a caer chido la muerte. Ya ves pinche Sir El Toñón, cómo me pones, méndigo. No me dispares, yo sólo soy el cronista.
Salud.