Nunca dejamos de hablarnos, sólo un día ya no hubo necesidad de decirnos nada. Eso le dije a mi nieto, Ramiro, para que dejara de preguntar por qué estamos en silencio cuando nos encontramos en la cocina, o por qué ya no nos sentamos juntos a ver la tele, ni paseamos todos en el coche o nos encontramos en la fonda de doña Esther a la hora de la comida.
Mi hijo y su esposa nos traen a Ramiro todos los días, menos los martes. Antes de esta guerra silenciosa cada uno aprovechaba ese día para hacer lo que más nos gusta: Ella, fanática de las ofertas, salía de cacería a las tiendas departamentales para comprar ropa y enseres de cocina que al poco tiempo devolvía. Yo aprovechaba los martes para sentarme a ver todas las películas y series que he podido descargar desde que mi cuñada me enseñó cómo descargar piratería. Ahora los martes cada uno se atrinchera. Ella no sale más a sus compras, pero se ha llevado a su cuarto la televisión que tiene conexiones USB. Yo me salgo al jardín y simulo arreglar las plantas o reparar algún desperfecto. A veces sólo me quedo sentado, mirando el hueco de la mesa de fierro fundido y me acuerdo de los cumpleaños de mi hijo, y de las mandarinas que caían llegado el invierno, de las bolsas de carbón y las charolas con botana que nos servíamos algunos fines de semana.
PODRÍA VER MIS SERIES y mis películas en la pantalla de la computadora donde hago las descargas, pero es muy pequeña. Podría comprar otra pantalla, pero si lo hago le haré saber que me ha tomado la medida. La verdad es que estoy mejor desde que veo menos televisión; mis sueños son más ligeros y pararme un poco más me ha ayudado con los problemas de espalda. Me doy cuenta cuando me tiro al suelo con Ramiro quien, a pesar de mis respuestas evasivas, no deja de preguntar por qué escuchó a su abuela decir que nunca más volvería a hablar con su abuelo.
La verdad es que nunca dejamos de hablarnos, sólo un día nos dimos cuenta de que era mejor ya no decirnos nada. Lo digo en serio y no sólo porque hacer así las cosas fuera idea mía. Todo comenzó cuando vimos el programa de televisión El ensayo. A ella le pareció muy extraño y no la culpo, porque el presentador del programa aprendió a volar una avioneta sólo para probar su punto, pero ese es otro tema. Lo importante es que durante semanas me puse a ensayar todas las cosas que quería decirle desde hace años, todos los rencores que tenía acumulados y las ofensas que ya no estaba dispuesto a soportar. Sus reacciones fueron muy distintas a lo que había practicado con doña Esther, a pesar de que nadie la conoce mejor que ella, que ha sido su vecina desde los cinco años. Cuando acabé de decir todo lo que practiqué por meses con doña Esther, ella se levantó de la silla sin decir nada. Yo imité su silencio para todas las conversaciones posteriores. Y estamos mejor que nunca, pero eso ella no puede saberlo.