Borges antes de Borges

Borges antes de Borges
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En “El otro”, un Borges viejo se encuentra con un Borges joven a la orilla del río Charles de Cambridge (según el Borges viejo; para el joven, el encuentro tiene lugar en el Ródano, en Ginebra). En el célebre relato, reconocemos al Borges viejo, quien le profetiza al joven que escribirá “poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica”. El joven, por su parte, habla con desparpajo de sí mismo y lanza afirmaciones que a un lector borgeano le podrían parecer insólitas, hasta burlonas; por ejemplo, se jacta de estar escribiendo un poemario titulado Los ritmos rojos o Los himnos rojos, en el que “cantaría la fraternidad de todos los hombres”. No obstante, por improbable que pueda parecer, este joven que se pasea por Ginebra con Los demonios de Dostoievski bajo el brazo y que busca metáforas nuevas existió.

Ese joven memorizaba poemas de Rimbaud y de Rilke, presumía su condición de gran nadador, se incorporó a las vanguardias con el afán de renovar la literatura y admiraba la Revolución Rusa, a la que dedicaría el libro de poemas de corte expresionista que estaba escribiendo. Poco sabemos de él, y lo que sabemos nos desconcierta porque contradice al Borges que conocemos, el del arrabal porteño y el laberinto inglés, pero de alguna forma primigenia y desconcertante es un hecho que también lo prefigura: antes y a pesar de no ser él mismo todavía.

¿CUÁNDO EMPIEZA BORGES a ser Borges? La respuesta depende de lo que consideremos más genuinamente borgeano. El autor de poemas comprometidos, dedicados a la Revolución Rusa, no es (aún) de ninguna manera Borges, pero en él, secretamente, ya se está gestando el auténtico; es más, el Borges verdadero ya está allí, confundido, anónimo, perdido en el vocerío de las vanguardias políticas y artísticas del fin de la Gran Guerra. ¿Cuándo empieza Borges a ser Borges? La respuesta más fácil sería buscar la primera vez que un espejo, un tigre o un laberinto aparecen en su obra, pero finalmente esos símbolos son sólo la entrada a un mundo que no se agota en el mero símbolo. En realidad, Borges no empieza a ser Borges cuando escribe sus primeros textos borgeanos, sino cuando lee a la manera de Borges.

En este sentido, podría mencionarse el momento en que descubre los tomos de la Enciclopedia Británica de su padre, o bien a Stevenson, a Chesterton o a Conrad, o cuando escucha la primera milonga. Pero lo que menos importa son los títulos y autores; lo trascendental es su operación de la lectura. Mientras escribe sus poemas rusos en Ginebra, a los dieciocho años, lee a Whitman en alemán. Él mismo en su Autobiografía repara en este absurdo y cuenta que encargó a Londres una edición de Leaves of Grass. Pero el gesto ya está allí: un argentino lee en una ciudad francófona a un poeta estadunidense en alemán. A partir de esta experiencia real, surge la afirmación insolente y muy probablemente apócrifa de que Borges leyó el Quijote primero en inglés, versión que le habría parecido superior a la original. Que la afirmación sea falsa realza su importancia pues se aleja de la simple anécdota para convertirse en proyecto. Claro que la obra en sí es fundamental, pero sus cruzamientos, sus traducciones, sus descontextualizaciones, sus reescrituras, es decir, sus relecturas, son lo más productivo y lo que permite que la literatura siga siendo tal.

"¿CUÁNDO EMPIEZA BORGES a ser Borges?Esta pregunta lo intrigaba también, y en lugar de responderla decidió dejar rastros —a la manera del asesino de su cuento  La muerte y la brújula — para que sus lectores la respondieran por él".

QUIZÁS EL PRIMER TEXTO resultante de esta operación sea un poema de Fervor de Buenos Aires (1923): “Amanecer”. En él, un Borges claramente reconocible advierte que “Curioso de la sombra / y acobardado por la amenaza del alba / reviví la tremenda conjetura / de Schopenhauer y de Berkeley / que declara que el mundo / es una actividad de la mente, / un sueño de las almas, / sin base ni propósito ni volumen”.

Buenos Aires, justo a la hora del alba, cuando nadie la piensa, corre el peligro de desaparecer. Sin embargo, gracias a que “algunos trasnochadores conservan, / cenicienta y apenas bosquejada, / la imagen de las calles / que definirán después con los otros” la ciudad se salva, y el delirio porteño puede continuar. Borges transformó la especulación metafísica en poesía de arrabal, y a los trasnochadores, en inesperados demiurgos. A pesar de su tono especulativo y lírico, el poema es tremendamente lúdico y subversivo al convertir la filosofía en poesía o al aterrizar los sugerentes sistemas de Schopenhauer y Berkeley en unos borrachines porteños. El cruce genérico y el cruce cultural (tanto de Europa hacia América Latina como de la alta a la baja cultura) ya están allí, de manera perfectamente natural.

Lo que en “Amanecer” aparece como texto se bosquejó primero en un ademán de vanguardia. Los Borges, cuyas pretensiones de viajeros del Grand Tour se vieron frustradas por la Primera Guerra Mundial, tuvieron que contentarse con visitar el norte de Italia. Allí, el jovencísimo Borges se enfrenta al esplendor europeo clásico. Lo predecible hubiera sido que apreciara los monumentos italianos como un viajero inglés; después de todo, ése era el modelo turístico —con la guía Baedeker bajo el brazo— que la familia imitaba. Según su Autobiografía,  la reacción es otra: “En un anfiteatro amplio y vacío de Verona recité, fuerte y audaz, varios versos gauchescos de Ascasubi”.

Esta anécdota es llamativa por dos motivos. Por una parte, Borges realiza este típico desplante de vanguardia de una forma íntima, en un anfiteatro vacío. Lo que importa no es escandalizar, pues no hay público; basta con el significado de la performance. Si algo pretendía el clamor de la vanguardia era llamar la atención (y pocos años después, Borges tapizaría los muros de Buenos Aires con manifiestos, junto con algunos colegas), pero en este caso el joven Borges comete este espectáculo para los fantasmas del anfiteatro y para sí mismo. Por otra parte, no decreta la muerte de la literatura ni pretende destruir todas las piezas de museo, como tantos de sus vociferantes contemporáneos; él propone, de nueva cuenta, un entrecruzamiento, en este caso, el de la poesía gauchesca con el de la tradición europea más culta, que bien puede ser una forma de resumir toda su obra. Para el joven Borges (y para el viejo), la literatura nueva no se creará a partir de la destrucción de la vieja, sino de su mezcla.

[caption id="attachment_1091587" align="alignnone" width="665"] Fuente: la-razon.com[/caption]

¿CUÁNDO EMPIEZA BORGES a ser Borges? Esta pregunta lo intrigaba también, y en lugar de responderla decidió dejar rastros —a la manera del asesino de su cuento “La muerte y la brújula”— para que sus futuros lectores la respondieran por él. Es sabido que corregía obsesivamente sus textos ya publicados y los modificaba en nuevas ediciones, con la intención de que el Borges anterior a Borges ya fuera él mismo. La corrección iba más allá del simple detalle estilístico. En una entrevista televisada con Octavio Paz, Borges declara que sí, que corrige mucho y que tiene el derecho de hacerlo, y agrega: “yo mismo me rehago”. De este modo suprimió el exagerado léxico local de los primeros poemarios (en busca de una mayor transparencia y de no parecer nacionalista o, peor aún, peronista); negó y prohibió la reimpresión de sus primeros tres libros de ensayos, y eliminó y agregó textos en las sucesivas reediciones de aquellos de cuya autoría  no renegaba.

El montaje más significativo está en el indispensable “El escritor argentino y la tradición”, que convierte en una auténtica pista falsa. El ensayo en realidad es una conferencia que Borges impartió en 1951 en el Colegio Libre de Estudios Superiores, y que se publicó en 1953 en Cursos y conferencias, la revista del Colegio. Dos años más tarde apareció en Sur, y dos años después formó parte de la primera reedición de Discusión, libro de ensayos publicado originalmente en 1932, y desde entonces se integraría en las sucesivas ediciones. Si la historia del ensayo ya es rocambolesca, hay que tomar en cuenta que, dejando a un lado el estudio dedicado a Evaristo Carriego, Discusión es el primer libro de prosa que Borges decide reeditar (hasta su muerte, no volverían a ver la luz los tres primeros: Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza y El idioma de los argentinos). De esta forma, una conferencia dictada en 1951, en una clara coyuntura política y estética (el ataque a todo arte nacionalista relacionado con el peronismo), se convierte en un texto fundacional, aparecido en la primera colección de ensayos de Borges, en 1932. La broma fue exitosa: son legión los académicos y críticos que toman este ensayo, por su contenido pero también por su temprana y supuesta fecha de publicación, como base para leer la obra del argentino. Y desde el punto de vista de Borges tienen razón porque él consideraba que realmente era él mismo a partir de Discusión, y que el texto más significativo del libro hubiera sido escrito veinte años después es lo de menos, un error fácilmente reparable.

Borges no reconocía sus primeros tres libros de prosa porque renegaba de ese estilo barroco, del folclorismo militante (“creo que deberían nuestros versos tener sabor de patria”), de las oraciones extensísimas. En Discusión, en cambio, el estilo es mucho más transparente, el vehículo adecuado para escribir, por ejemplo, la sentencia con la que concluye “El escritor argentino y la tradición”:

Por eso repito que no debemos temer y que debemos pensar que nuestro patrimonio es el universo; ensayar todos los temas, y no podemos concretarnos a lo argentino para ser argentinos: porque o ser argentino es una fatalidad, y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino es una mera afectación, una máscara.

Qué más da que apenas seis años antes, en “El tamaño de mi esperanza” (ensayo que da título al libro), hubiera escrito que “Buenos Aires, más que una ciudá, es un país y hay que encontrar la poesía y la música y la pintura y la religión y la metafísica que se avienen con su grandeza. Ése es el tamaño de mi esperanza”.

PERO HAY UN BORGES anterior a ese Borges negado: el joven que se encuentra con el viejo en un río que es dos ríos. Hace poco más de un siglo (el 31 de diciembre de 1919) que ese joven publicó su primer poema, “Himno del mar”, en la revista sevillana y ultraísta Grecia. El poema —y escribir esto de un texto de Borges requiere incluso de un esfuerzo físico, como si los dedos se negaran a obedecer a tamaña osadía— es malo. La influencia de Whitman es muy evidente y poco lograda, y el poema, compuesto a través de anáforas y paralelismos, resulta verborrágico y algo afectado (“el camino fue largo como un beso”). Sin embargo, hay líneas que delatan al Borges que estaba por venir. Aparecen, por ejemplo, las enumeraciones lógicas e inquietantes (“Ambos, aire, luz, fuerza, oscuridades”), la conciencia de que las vivencias propias son apenas variaciones de las de quienes nos precedieron (“Sé que somos muy viejos / Que ambos nos conocemos desde siglos”) y la certeza de que un breve instante puede justificar una vida (“Pero ahora yo hago don a los vientos / de todas esas cosas pretéritas, / pretéritas… / Sólo tú existes”).

Al final de “El otro”, tras su extraño encuentro, ambos escritores se despiden con lejana cortesía. El Borges viejo concluye: “El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el recuerdo”. Esa explicación a un cuento fantástico puede leerse también como la de una poética. El Borges viejo recuerda al joven, y con él rememora esas lecturas arrumbadas, el furor y la rabia de las vanguardias, y la inocencia y la fatalidad con que se descubre el mundo en la juventud. En cambio, el joven apenas entrevé en sueños al Borges viejo, con sus mundos imaginarios, sus citas apócrifas y su muy particular concepción de la literatura. Uno está irremediablemente presente en el otro.

Al leer los primerísimos textos de Borges ya lo reconocemos —brumoso, esquivo y desdibujado, como los sueños, pero ya lo reconocemos—, de la misma forma que al leer sus textos más célebres encontramos el rastro del joven —alterado, perfeccionado y mezclado, como son los recuerdos, pero allí permanece. Finalmente, uno no podría existir sin el otro: ni el viejo sin el joven, como es obvio, pero tampoco el joven sin el viejo, como lo escribió a su manera uno de los dos Borges en “Kafka y sus precursores”, al demostrar que la literatura altera el futuro y también el pasado. ¿Cuándo empieza Borges a ser Borges? No hay una sola respuesta, pero algo queda claro: comienza desde mucho antes de serlo.