Cubrebocas y masculinidad

Al margen

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René Magritte, Los amantes, óleo sobre tela, 1928.Fuente: moma.org
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Usa cubrebocas y salva tu vida! El eslogan resuena con una familiaridad casi inquietante, pues no se trata de una campaña actual para hacer frente a la pandemia de Covid-19; esta frase coronaba una plana del San Francisco Chronicle del 22 de octubre de 1918. Azotada por la influenza española, aquella ciudad californiana firmaba ese mismo día un decreto que hacía obligatorio el uso de mascarilla en la calle. Con el apoyo de la Cruz Roja se lanzó una serie de anuncios en los que se exhortaba a los ciudadanos a seguir las nuevas medidas sanitarias, afirmando que el uso de un cubrebocas de gasa reducía en 99 por ciento el contagio y que “la emergencia que ahora enfrenta nuestra ciudad supera a las instalaciones del Departamento de Salud”.1

La historia no se repite, por supuesto, pero las similitudes a un siglo de distancia son realmente escalofriantes y, si bien la historia tampoco es maestra de vida, vale la pena revisar cómo fue ese pasaje de la epidemia de 1918 pues seguramente encontraremos algunas claves, o al menos indicios, que se relacionan con problemáticas muy actuales.

En 1918, los hombres eran reticentes al uso del
cubrebocas por considerar que tenía connotaciones femeninas 

AQUELLA ALARMANTE CAMPAÑA publicitaria no sólo resaltaba los beneficios de la mascarilla y apelaba al civismo de la ciudadanía (“Debes usar cubrebocas, no sólo para protegerte a ti mismo sino a tus hijos y vecinos”); también hacía uso de una palabra que alborotaría al público: “El hombre o mujer o infante que no use hoy cubrebocas es un holgazán peligroso”. La pereza no nos resulta hoy en día un pecado tan condenable y lo cierto es que en este año de confinamiento seguramente todos hemos caído en la tentación de holgazanear un poco —o un mucho, como confieso ha sido mi caso. Sin embargo, en 1918 la idea de ser visto como un slacker tenía connotaciones de humillación pública que harían que esos anuncios resonaran con fuerza, particularmente entre un sector de la población: los hombres.

Como es bien sabido, la epidemia de influenza española estalló en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. Esto influyó parcialmente en la opinión negativa hacia este recurso, pues era visto como una señal de debilidad en un momento en el que se celebraba una victoria monumental; se convertía así en el símbolo de una guerra que se estaba perdiendo en el frente doméstico. La Cruz Roja aprovechó entonces la terminología utilizada en la propaganda de la guerra para difundir su mensaje: cuando se pedía que toda la población “hiciera su parte” para contribuir al esfuerzo de la guerra, un slacker era un peso para la sociedad y, por tanto, la holgazanería resultaba una actitud intolerable ante los miles de jóvenes que arriesgaban su vida día a día en el frente.

Conforme crecía la resistencia al uso de la mascarilla, las campañas publicitarias redoblaron esfuerzos y comenzaron a crear imágenes mucho más explícitas para dirigir su mensaje de forma directa a quienes no estaban acatando las medidas. Es así como, poco a poco, en la iconografía de aquellos anuncios los hombres aparecieron como el enemigo a vencer. De acuerdo con un artículo sobre la influenza española publicado por la doctora Nancy Tomes en 2010 en el Public Health Report,2 la población masculina era más reticente al uso del cubrebocas por considerar que tenía connotaciones femeninas. El no salir a la calle con un accesorio de tela sobre el rostro superaba así la amenaza de recibir una infracción o ser arrestado, como sucedía en San Francisco, la primera ciudad en imponer su uso de manera obligatoria: quienes se rehusaban eran arrestados y encarcelados.

En su reporte, la doctora Tomes explica que en la resistencia al cubrebocas subyacía también la idea de que la preocupación por la higiene no era una actitud masculina ya que se asociaba con madres y maestras, quienes siempre intentaban inculcar estos hábitos en los niños. No sorprende así que la infancia comenzara a protagonizar la publicidad en favor de la mascarilla. Se trataba de una cruzada contra la gripe española, pero también contra los malos hábitos que se habían transformado en señales de masculinidad, como escupir en la calle, y que generaban condiciones insalubres. Comenzaron a circular imágenes de hombres cubriéndose con pañuelos al toser, algunos de ellos incluso en uniforme, y de niños presumiendo sus nuevos pañuelos en el patio escolar.

PARA CONVENCER a los hombres de que su masculinidad no se vería amenazada por el cubrebocas, las campañas recurrieron a un sentido de civismo y, más aún, de patriotismo. Así como los sacrificios en la casa y en el frente fueron muestra del deber patriótico de los hombres durante la guerra, el cubrebocas lo fue ante la epidemia. Al presentarlo como una actitud propia de un buen soldado, su uso se convertía en cosa de hombres. Lamentablemente, la propaganda fue poco eficaz, la mayoría de las ciudades no lo impusieron como medida obligatoria y fue presa de burlas tanto en la prensa como entre la población. En San Francisco, por ejemplo, que había recibido el mote de Ciudad Máscara, el decreto duró tan sólo un mes y para el 21 de noviembre de 1918 todos celebraban en las calles que ya eran libres de nuevo; repicaron las campanas de las iglesias y las tiendas regalaban dulces en la calle.

La noción de que un cuerpo que enferma es débil en sí mismo tristemente ha perdurado y no tengo duda de que ha jugado un papel importante en las irresponsabilidades asumidas ante la pandemia actual. Aún pervive la idea de que la masculinidad se ve retada por la enfermedad, el dolor y hasta los más básicos hábitos de higiene. Es una muestra más de que no sólo los virus pueden ser tóxicos, sino también la masculinidad tradicional, convirtiéndose incluso en tema de salud pública.

Notas

1 El anuncio original puede ser consultado en la Enciclopedia de la Influenza creada por la Universidad de Michigan: https://quod.lib.umich.edu/f/flu/0620flu.0009.260/1/--wear-a-mask-and-save-your-life?view=image

2 El reporte puede ser consultado en la página web de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2862334/