Sábado 28.11.2020 - 16:28

La inteligencia de las flores

La inteligencia de las flores
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El ventilador refleja su movimiento sobre la superficie convexa de una cuchara, contemplarlo me hipnotiza: “gira”, digo en voz baja. Y amorosamente, pienso en ella.

Cuando le pregunté a mi abuela por qué los girasoles se llamaban así, respondió que giraban buscando al sol. Las flores son muy listas, agregó. Tendría ocho años y una curiosidad imbatible que me hacía acribillar a preguntas al adulto que me acompañara.

El recuerdo de mi abuela me abruma, ¿cómo se puede querer tanto a alguien? ¿sentirse incluso más ligado a una persona después de muerta que cuando vivía? La abuela que me cortó el ombligo, la que me dio unas buenas palizas, la que me cuidó y me contó chistes en las madrugadas, la abuela que me enseñó a observar las flores.

Emprendí entonces una secreta campaña de espionaje contra los girasoles, tenía que ver el momento exacto en que torcieran el cuello como Linda Blair en El exorcista para comprobar que mi abuela hablaba verdad. Nunca ocurrió, no vi al girasol torcerse como poseído por Satán sino en un documental de esos que despliegan tecnología observando milimétricamente la naturaleza y sus especies.

Me pregunté entonces si existirían también las giralunas, unas flores blancas y con forma de medias lunas —así las imaginaba— que torcieran el cuello buscando la luz de la luna y acudí a mi fuente de sabiduría para preguntarle; soltó una de sus prodigiosas carcajadas. Luego empujó la montura de sus lentes hacia abajo y me miró: ésas no las conozco, pero a la mejor existen y no las hemos visto porque todo ocurre durante la noche.

Lo que siguió fue una ardua campaña nocturna de observación. No llegué muy lejos porque para la tercera noche de maldormir me venció el sueño. Pocas mañanas después, mientras contemplaba a mi abuela hablando con sus rosales, me acerqué con intención de preguntarle porqué unas rosas eran rojas y otras blancas pero el pinchazo de una espina en su dedo y el subsecuente espectáculo de la sangre recorriendo su piel, me detuvo.

Las flores se defienden, me dijo, mientras avanzaba a la pileta de agua fría para lavarse y yo la seguía, atacando un durazno verde que me encantaba comer así porque sabía ácido.

Las flores se defienden fue lo mismo que años después yo leería en La inteligencia de las flores, de Maurice Maeterlinck: las espinas son para defenderse, también los olores fuertes y ésa que se cerraba al contacto y que mi abuela llamaba vergonzosa tenía un mecanismo sensitivo de protección.

Todo aquello me volvía loca, me imaginaba batallas legendarias entre flores e insectos y otros enemigos que mi cabeza concebía; esas proyecciones me hacían pasar horas en el huerto o tirada debajo de un árbol arruinando mi ropa de por sí paupérrima para contemplar aquel mundo paralelo.

"El interior de la orquídea es la boca de un dragón, me digo ahora, y siento cómo se me atora en el cogote una bola de algodón que sabe a llanto”.

Maurice Maeterlinck escribió La inteligencia de las flores por allá de 1902, también escribió sobre la vida de las abejas y la vida de las termitas porque la curiosidad y el asombro eran la base de su espíritu; el milagro que obran la curiosidad y la disciplina.

El caso es que las flores germinaron en mí —nunca mejor traído— no una vocación de botánica o fitología, sino de cuentacuentos, o de escritora para darle sofisticación a la cosa, pos oigan. Así me inventé tantas historias de amor y de guerra.

No exagero si digo que contemplando el interior de las flores relaté épicas batallas y escenarios donde las flores de manzanilla eran un ejército de súbditos de los girasoles que eran, a su vez, esclavas del Sol y un fantástico etcétera que todavía hoy me asombra. Mi abuela me regaló ese mundo.

Hasta que un día, con treinta años y en mitad de la selva, encontré una orquídea. El interior de esa flor fue mi Aleph personal, como Borges vi el universo ahí.

Sobre la orquídea dice Maurice Maeterlinck: “La flor promedio de nuestras orquídeas representa con bastante exactitud una boca fantástica y abierta de dragón chino”. El interior de la orquídea es la boca de un dragón, me digo ahora, y siento cómo se me atora en el cogote una bola de algodón que sabe a llanto, lo que me habría gustado leerle esto a mi abuela.

Este libro ha sido la golosina de mis últimos días, mi pase mágico a aquellos años; recientemente publicado por Zopilote Rey —preciosa editorial oaxaqueña— y acompañado por unas perturbadoras fotografías microscópicas, es un libro que contiene el universo.

Las flores envenenan y dan vida, seducen, polinizan, son drogas duras, ofrenda de amor, testimonio de muerte, celebraciones de bodas y jardín de desdichas. Son infinitas. Las flores son humanas, pienso ahora mismo.

Lo dice bien este fragmento de Maeterlinck:

Se diría que las ideas acuden a las flores de la misma manera que se nos ocurren a nosotros, tantean la misma oscuridad, encuentran los mismos obstáculos, la misma voluntad, el mismo desconocimiento. Conocen las mismas leyes, las mismas decepciones, los mismos triunfos lentos y difíciles. Parece que tienen nuestra paciencia, nuestra perseverancia, nuestro amor propio; la misma inteligencia matizada y diversa, casi la misma esperanza y el mismo ideal.

Luego del episodio del pinchazo en el dedo volví a pensar en las giralunas pero con terror, qué tal si encontraba una y con la orilla puntal me rebanaba media mano. Dejé el asunto por la paz y no volví a recordarlo hasta que un millón de años después escuché esa canción, “Giraluna”, de Luis Eduardo Aute. Perdón por la referencia para quienes abominan de todo lo que suene a trova.

Los giros del ventilador siguen reflejándose sobre la cuchara, yo los miro convertidos en orquídea, en mi Aleph y me apropio de las inagotables palabras de Borges:

[...] vi la circulación de mi propia sangre, vi el  engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra [...] vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.