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Lucha extrema el terror de zona 23
Ovett sale del ring. Foto: Santiago Bolaños

1. LA MUGRIENTA LONA que cubre el cuadrilátero de Zona 23 cae encima del público. Niños, mujeres y hombres gritan con miedo y diversión. La llovizna que azota la tarde del domingo vence un tubo que ayuda a resguardar a la afición que gusta de la lucha extrema, conocida por sus seguidores como deathmatch (lucha a muerte).

Su origen se dio a mitad de los años ochenta. No se sabe dónde ocurrió el primer combate en el que se usaron sillas, escaleras, mesas o cualquier artefacto para provocar heridas. Sin embargo, el gladiador japonés Atsushi Onita, después de presenciar una función de lucha sangrienta en la ciudad estadunidense de Memphis, creó en 1989 la FMW (Frontier Martial-Arts Wrestling). Desde entonces, el estilo hardcore, gracias a esa compañía promotora que enfrentaba a personajes tan maniáticos como Tarzan Goto, Mr. Pogo, Mitsuhiro Matsunaga, se popularizó entre los organizadores y una parte de la afición, quienes la denominaron así por la inmensa carga de violencia, que añadió a los combates alambres de púas, fuego, ladrillos, tachuelas, vidrios.

El arte de vencer a un luchador técnico o rudo, con llaves y candados en el centro del ring, pasó a segundo término; el estilo clásico dejó de ser interesante, tiñéndose de aburrimiento para algunos aficionados, que requerían más adrenalina. Para quienes disfrutaban de la lucha libre, la nueva forma de entretenimiento se extendió en una región de Estados Unidos a partir de 1991, cuando nació la ECW (Extreme Championship Wrestling), donde los combates eran cada vez más salvajes. Abdullah the Butcher, Sabu o The Sandman se ganaron el respeto del público haciendo planchas desde alturas descomunales, castigos nunca antes vistos, soportando agresiones demasiado peligrosas o peleando afuera del cuadrilátero. La sangre que brotaba de cualquier parte del cuerpo de los luchadores se convirtió en lo más importante de las funciones de lucha extrema, los aficionados la exigían. Con el paso del tiempo el negocio creció y surgieron nuevas compañías con más violencia: W*ING (Wrestling International New Generations), BJW (Big Japan Pro Wrestling), XPW (Xtreme Pro Wrestling), CZW (Combat Zone Wrestling), Freedoms. En México, el morbo se apoderó del deporte-espectáculo por excelencia y formó un nicho de mercado más gore, con sus inicios durante los años noventa en Tijuana, donde Psicosis, Damián 666 y Halloween entre otros combatientes comenzaron a practicar esta lucha.

“La Zona 23 se popularizó entre los organizadores y una parte de la afición, quienes la denominaron así por su inmensa carga de violencia, que añadió a los combates alambres de púas, fuego, ladrillos, tachuelas, vidrios”.

2. PARA LLEGAR al lugar donde se llevan a cabo las funciones de Zona 23 tomo el tren suburbano de Buenavista, en la Ciudad de México. En el mismo andén donde voy con destino a la Estación Lechería, distingo que no soy el único que se dirige a Tultitlán, Estado de México. Hay tres franceses que portan ropa relacionada con la lucha nacional. Uno de ellos sobresale con una sudadera de Dr. Wagner Jr., que es de los personajes favoritos en todo el país. Estoy seguro de que unos jóvenes que parecen punks californianos por sus tatuajes, expansiones en las orejas, bermudas Dickies, sudaderas, calcetones y tenis Vans se dirigen al mismo sitio, el deshuesadero de autos ubicado en Avenida José López Portillo 30, colonia Ciudad Labor.

Ese lugar repleto de chatarra reúne desde hace más de tres años al público de la lucha extrema mexicana. Abel Guerrero, un señor de tez morena a quien todos conocen dentro del deshuesadero, es el creador de Zona 23. Él hizo su promotora por la necesidad de ir más allá en este negocio, desde el momento en que decidió rentarle esta propiedad a Juan El Ranchero, oriundo de Tlalnepantla, quien lucha en huaraches y forma parte de esta promotora hardcore. Sus comienzos son bastante peculiares. Junto con sus amigos, con quienes fungía como una porra, acostumbraba ir a funciones en la Arena Neza, Coliseo Coacalco, Arena López Mateos, donde gladiadores independientes trataban de sobresalir entre toda la baraja luchística.

Ya que su promotora ha comenzado a llamar la atención de quienes gozan de este estilo, al igual que de personas ajenas al ambiente de las luchas, Abel Guerrero ha dicho que Zona 23 nació porque hacía falta algo así en México, que en una arena su roster (nómina) se vería limitada para hacer cosas extremas. Afirma que a sus funciones acude la afición más loca, que lo sucedido no es algo falso. El espectáculo del que eran fieles él y sus amigos hizo que organizara una primera cartelera, contratara luchadores y los enfrentara con un enfoque más cruel. A partir de ese día, Zona 23 ganó devotos por todo rincón de Tultitlán y municipios como Cuautitlán Izcalli, Coacalco, Tlalnepantla, Atizapán, Tultepec, Ecatepec, entre otros lugares de los cuales acuden al deshuesadero a disfrutar de una tarde poco convencional.

Pagano, en Zona 23. Fuente: youtube.com

3. CAMINO POR un puente peatonal totalmente enrejado. Un guardia de seguridad me dice que conecta la Estación Lechería con la Avenida José López Portillo. El paisaje es más triste por el frío que se siente a la una de la tarde. No distingo a familias ni tampoco a jóvenes por esta zona de Tultitlán, el Lugar del Tule, como se traduce esa palabra del náhuatl al castellano, y que hace imaginar su pasado prehispánico con lagunas, arroyos y pantanos. Sin razón alguna siento correr la desconfianza entre mis huesos, en este municipio del Estado de México que data de 1820 y hoy en día tiene más de 500 mil habitantes.

Se distinguen fábricas y hogares alzados en lomas y cerros de la demarcación. Decido caminar, ya que mi cuerpo se entume. La aplicación de mi celular, Google Maps, marca que tardaré diez minutos en llegar al deshuesadero. La superficie me es desconocida, tétrica. Mi única referencia, aparte del espectáculo que Zona 23 lleva a cabo con cierta regularidad desde hace más de tres años en Tultitlán, son los migrantes centroamericanos que pasan por aquí buscando alcanzar el sueño americano. También La Santa Muerte de 22 metros de altura hecha con fibra de vidrio, levantada en diciembre de 2007 por El Comandante Pantera, exlíder del templo, quien fue asesinado en 2008 sobre esta misma vía en la que doy pasos apresurados.

La Avenida López Portillo es aún más desértica. Se distinguen callejones sucios, marisquerías vacías y bares que escupen música de banda con promociones baratas. Los charcos de agua sucia y la hierba alta dominan las dos banquetas. Transitan pocos automóviles y me mantengo alerta por los altos índices de violencia que arrasan con el Edomex desde hace mucho tiempo. La poca gente que me topo de frente parece andar con la misma expresión de desconfianza. Se respira cierta inseguridad. En los últimos años una ola de asesinatos relacionados con el crimen organizado se convirtió en el pan de cada día en Tultitlán. Eso arrastra secuestros y extorsiones.

Enfrente de la Estación del Mexibús Ciudad Labor, una diminuta fila de personas espera ingresar al terreno marcado con el número 30, la casa de Zona 23. Paso junto a un aficionado que lleva puesta la máscara de Pentagón Jr. y saborea una cerveza sin miedo a la ley. Pronto llama mi atención que dos niños le piden fotos a un gladiador bajito llamado Impulso, quien será parte de la función de lucha extrema. Veo que la afición asiste con sus hieleras repletas de cheve. Otros llevan sillas, lámparas, guacales o bates de beisbol envueltos con alambre de púas; son armas de combate que más tarde les harán llegar a los gladiadores.

Llego al final de la fila. Delante de mí hay un joven japonés que parece estar de vacaciones en el país. Lo acompaña un mexicano. Ambos visten de negro y son conocedores de la lucha libre mundial. En sus celulares muestran fotos de enmascarados que salen en la televisión. Aparece un señor con un niño de unos diez años. “Tu mamá piensa que andamos en otro lado, no le vayas a decir que te traje a las luchas extremas”, dice el hombre vestido de pants rojos. Su tono de voz esconde un secreto; quizá el infante nunca lo sacará de su memoria, aunque hoy se le dibuja una mirada traviesa. Los miro que sonríen viéndose a la cara. La afición comienza a ingresar al deshuesadero. Preparo mi billete de doscientos pesos para presenciar el desmán ocasionado por Zona 23.

“Aparece un señor con un niño de unos diez años.  Tu mamá piensa que andamos en otro lado, no le vayas a decir que te traje a las luchas extremas , dice el hombre vestido de pants rojos… Quizá EL INFANTE nunca lo sacará de su memoria”.

4. SE ESCUCHAN unos guitarrazos de la Sekta Core, una de mis bandas favoritas en la infancia gracias a su disco de 1997, Morbos Club. El flyer del primer evento de Zona 23 anuncia al grupo comandado por sus únicos integrantes originales, Chapo Salcedo y Miguel Rizo. El interior del deshuesadero es postapocalíptico. El niño salvaje que forma parte de la secuela de Mad Max podría salir de cualquier parte y morderlo a uno.

De camino adonde se encuentra haciendo soundcheck la banda más emblemática de ska core mexicano —que en su último material incluye una canción titulada “Lucha extrema”, ya que son aficionados al hardcore de este negocio—, la vista de las casas grises te pone a pensar que estás en un sitio donde la única salida es lograr la rendición, en cuanto el réferi dé tres palmadas y te alce el brazo como sinónimo de victoria. Alrededor de todo el cuadrilátero se reúnen familias y amigos que piensan divertirse un día antes de iniciar sus rutinas, jornadas laborales o escolares. La lucha libre es tan importante en la cultura popular del país que hay medios independientes, los cuales suben a internet videos, entrevistas y fotografías; así fue como descubrí el terror de Zona 23.

Gran parte de los presentes se reconocen y saludan, como si nunca le fallaran a Abel Guerrero. La mayoría porta sudaderas en color negro de la promotora. Zona 23 goza de gran popularidad en esta franja del Edomex. El ambiente es más que urbano. La tierra sube por mis zapatos, se posa en los poros de mi rostro y me seca la garganta. El deshuesadero transpira violencia. Los tráileres y carros despedazados rugen historias trágicas que explotan en la catarsis del deathmatch.

Mientras la Sekta Core interpreta un par de temas para ecualizar sus amplificadores, noto que para muchas de las personas que ya conocen el ambiente de Zona 23 esto es como un picnic. Algunos compran tacos de canasta bañados en salsa verde. Otros prefieren chicharrones o cervezas. Padres e hijos transitan por el deshuesadero. Desaparecen en el terreno postapocalíptico y regresan adonde están sus familias junto a asientos de vehículos o parabrisas estrellados con los cuales, de hecho, mamás orgullosas les sacan fotografías a sus pequeños, quienes muestran los dientes como fieras.

Fijo mis ojos en los creadores del tema “El fantasma de la rana”. El ring tiene las siguientes frases: “ESTÁS EN EL LUGAR MÁS EXTREMO DE MÉXICO”, “ZONA HARDCORE”, así como los datos de contacto de la promotora (WhatsApp y Facebook). La Sekta Core deja de tocar y el vocalista, Chapo Salcedo, afirma: “Espero que todos la pasen chingón, más tarde nos vemos para bailar, disfruten de la lucha extrema”.

Fuente: demandlucha.com

5. PASAN DE LAS DOS y media de la tarde. La función aún no comienza. Perros sucios, sarnosos y de distintos tamaños que parecen vivir en el deshuesadero se pasean y olfatean unos a otros. Canciones del Cartel de Santa retumban en una bocina, añadiéndole más calle al escenario. Un par de hombres suben al ring y aprietan las cuerdas. Dentro del deshuesadero ya hay unas doscientas almas. Los luchadores, quienes cobran de mil 500 a seis mil pesos, parecen darse cuenta de eso y junto al ring colocan máscaras, playeras, llaveros, muñecos y demás artículos para venta momentos antes de que inicie la masacre.

Al primer gladiador que reconozco es el inmenso Terremoto. Después, al rodear el cuadrilátero me topo con Aeroboy, uno de los luchadores más simpáticos y representativos del deathmatch mexicano. Gracias a su trabajo ha podido llegar a empresas de lucha extrema con las que cualquier novato sueña (CZW y Freedoms). Mi respeto hacia cualquier persona que practica este deporte-espectáculo viene de mi infancia, por lo que no dudo en pedirle una fotografía para el recuerdo. Luego de esto me veo reflejado en una niña que porta una máscara y lleva una libreta donde colecciona autógrafos de sus ídolos. Me le quedo viendo con nostalgia, pero con más incertidumbre. Los tiempos son otros; sin embargo, la sociedad sorda, muda y con los ojos vendados ha normalizado la violencia que existe en el país. Si de pequeño me gustaba ver los programas de periodismo amarillista y nota roja como Fuera de la ley o Duro y directo, resulta común para una niña que hoy vive en una de las zonas peligrosas y estigmatizadas del Edomex, seguramente acostumbrada a vivir cosas poco inocentes, que le guste y vea la lucha extrema como algo maravilloso, normal y entretenido.

La lluvia se intensifica y provoca que las personas que ya estaban encima de tráileres y autos para ver los combates con mayor detalle bajen repentinamente. El ambiente es más íntimo. Estamos más cerca unos de los otros. Esquivamos las goteras del toldo que protege el ring. Cuando están por dar las tres de la tarde el público exige el inicio de la función haciendo sonar chiflidos. El deshuesadero parece cancha de futbol llanero por tanto lodo. Pero lo más desconcertante ocurre cuando una parte de la lona se nos viene encima. El tubo que se rompe en dos no alcanza a golpear a alguien. Los aficionados se emocionan con lo que pudo ser una tragedia y gritan: “LUCHA EXTREMA” y “ESTO ES LUCHA”. Enseguida, cuando varios hombres se ofrecen para volver a su sitio la pesada carpa que nos salvaguarda, el humor del ambiente luchístico mexicano se hace presente con gritos de: “SÍ SE PUEDE”, o albures como: “AGÁRRATE CHIDO DEL PALO, NO SE VAYA A CAER”. Las carcajadas son una dosis natural en el deshuesadero. El que se lleva se aguanta. Me acerco a la multitud y un montacargas que controla Abel Guerrero sube a uno de los chicos punk californianos. El joven intenta hacer lo posible para que la lona quede perfecta. Hacen varios intentos, la lluvia para y la máquina termina sosteniéndola. El anunciador arriba del ring comienza a calentar al público. Su dicción no es buena y encima el micrófono falla. Se gana una y otra mentada de madre.

“El campeonato King of Backyard le pertenece a Miedo Extremo, otro luchador mexicano que, como Aeroboy, se desenvuelve en las grandes ligas del estilo hardcore para ofrecer un mejor futuro a su pareja e hija”.

6. DE NIÑO, junto con algunos primos mayores rentábamos en VHS una película llamada Trauma, que como anunciaba su portada contenía crueldad y horror a sangre fría. La veíamos y nuestras risas mutaban a pesadillas que nos despertaban por la madrugada. Me acuerdo de eso al transcurrir las batallas de Zona 23, su torneo relámpago que dará a conocer al nuevo retador por el campeonato King of Backyard. El cinturón le pertenece a Miedo Extremo, otro luchador mexicano que, como Aeroboy, a base de picar piedra se desenvuelve en las grandes ligas del estilo hardcore para ofrecer un mejor futuro a su pareja e hija.

En los combates se enfrentan cuatro contra cuatro. Vidrios de parabrisas y lámparas caen entre la gente luego de propinar un castigo doloroso en el ring. Lo que hace ir al público al deshuesadero es sacar el estrés, olvidarse de sus problemas mientras ve con morbo y admiración cómo diferentes gladiadores se clavan palillos en la frente, se revientan envases de cerveza en la cabeza, se arrojan de espaldas a cofres de autos en llamas, se gritan “PUTO EL QUE SE QUITE” cada vez que algún personaje bañado en sangre ejecuta un tope suicida entre la segunda y la tercera cuerda.

Los luchadores se convierten en profesionales del dolor dentro de este negocio invadido de sumisión. La lucha extrema se ha sistematizado tanto que hay muchas cámaras profesionales y smartphones capturando los hechos para ganar likes en las redes sociales. Tampoco se especifica que es un espectáculo para mayores de edad y los niños se adaptan a la brutalidad. Los tres franceses, el japonés y una chica de Polonia que se ve muy metalera, forman parte de los asistentes en primera fila y viven el entorno anárquico de Zona 23, que le revienta una lámpara a uno de sus amigos; posteriormente, porque parece estar borracha, ella intenta subir al cuadrilátero y se gana el repudio de todos. No entiende que esto es un trabajo, una forma de ganarse la vida.

Abel Guerrero, en cambio, sobresale para bien o para mal, presentando un espectáculo no apto para sensibilidades delicadas. Entre fieles asistentes que no se pierden ninguna de las funciones desde hace más de tres años, los golpes y la sangre siguen siendo verdaderos; eso atrae a curiosos como yo. El intermedio entre cada lucha sirve para respirar. Pero la experiencia que brinda Zona 23 pasa de generación en generación. Dos padres de familia vestidos de manera cómoda les preguntan a sus hijos si les está gustando el espectáculo. “Ves, hijo, aquí vengo a sacarlo todo”, le dice uno de los dos señores a un infante de escasos siete años, quien parece no entender lo que acaba de escuchar. El otro papá agrega: “Después vamos a las luchas fresas en la Arena México”, para enseguida entonar el “Uh… Uh… Uh”, el sonido de batalla de Último Guerrero, estrella del CMLL (Consejo Mundial de Lucha Libre).

Sigo caminando alrededor del ring, hasta que me topo otra vez con la niña enmascarada que tiene entre sus manos una libreta donde colecciona autógrafos. En un momento de silencio le grita a Fly Star, quien parece ser uno de sus gladiadores favoritos: “ÉCHALE, YA MÁTALO”. La respuesta de la afición se convierte en una sola e inolvidable carcajada de goce. Una, dos, tres palmadas y llega la victoria; ese luchador en la próxima función de Zona 23 se enfrentará a Miedo Extremo. El público aplaude. Arrojan monedas y billetes al cuadrilátero. Minutos más tarde queda vacío, con sus cuerdas flojas. Los integrantes de la Sekta Core acomodan sus instrumentos y amplificadores. La chela ahora se vende a 25 pesos. Niños acostumbrados a la violencia, con las camisas manchadas de sangre, se sacan fotos con los luchadores de Zona 23 que parecen haber sobrevivido al fin del mundo. Otros pequeños recogen envases de cerveza como si fuera un juego. Son casi las seis de la tarde, comienza a oscurecer en Tultitlán y todo se enfría cada vez más con la barbarie vivida. Los perros del deshuesadero comienzan a pelear y la afición, más que entretenida y frenética, grita por costumbre: “LUCHA EXTREMA”.

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