Carlos Beneski; el coronel polaco que luchó por México

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Ilustración Rafael Miranda Bello La Razón


“El caballero marcha entre la pasión y la muerte”, escribió Jean Cau en su ensayo escrito con base en el grabado de Durero, El caballero, el diablo y la muerte. He recordado esta frase ahora al rememorar a Carlos Beneski, el noble polaco, ayudante de Agustín de Iturbide y quien lo acompañara en su última aventura cuando retornó al país de su exilio, dispuesto a restaurar el Imperio sin saber que el Congreso lo había sentenciado.

Viajaron en el barco Springs y desembarcaron en Tampico. El gobernador Felipe de la Garza, que había prometido unirse a él, detuvo a Iturbide y a sus acompañantes, un sobrino y Beneski, quien había combatido antes en las guerras napoleónicas.

El juicio fue sumario y el consumador en 1821 de la Independencia de México cayó fusilado una mañana fría, no sin antes haber defendido a su amigo polaco, “más inocente que yo”, declaró. A Beneski lo arrojaron a una mazmorra, él se defendió a su vez escribiendo:

“Detesto altamente los gobiernos monárquicos despóticos; declaro francamente ante Dios que ve los corazones, que nunca hubiera acompañado al ex Emperador de México si lo hubiera creído un déspota enemigo de la libertad”.

Este texto pertenece a su obra Historia de los últimos momentos de la vida de Don Agustín de Iturbide, ex emperador de México, por Carlos Beneski, hoy una joya bibliófila pues además no se ha reeditado.

Witold L. Langrod dio casualmente con este personaje al investigar una curiosidad histórica: el deseo y las gestiones de Napoleón Bonaparte de venir, después de su derrota, a exilarse en México, lo cual tuvo su origen quizás en su admiración a Morelos, expresada por el Gran Corso después de que tuviera conocimiento de la estrategia aplicada por el Generalísimo en la batalla de Chilpancingo.

Así fue como Langrod, hojeando el viejo libro de Andrés Cavo, Tres siglos de México, dio con un pie de página —obra del editor Carlos María Bustamante— donde se encuentra una referencia a Beneski. La pregunta era inevitable: ¿por qué estaba este coronel de húsares polaco con Iturbide?
Al rastrear archivos de México, de Londres, de Varsovia, de París, de Madrid, fue reconstruyendo la larga aventura mexicana de este hombre y escribió un libro Sobre la vida intranquila y la muerte triste de Carlos Beneski, cuya publicación en español está pendiente. El Fondo de Cultura Económica tenía comprados los derechos, pero Miguel de la Madrid decidió no hacerlo, quizás por la dramatización favorable del final de Iturbide. Por su parte, Consuelo Sáizar nunca tuvo tiempo, como directora del FCE, para tratar este asunto.

Beneski languidecía en prisión, cuando el gobierno mexicano le ofreció su libertad a cambio de sus conocimientos para formar el Colegio Militar, al cual le imprimió un carácter prusiano, honrado por los cadetes (y sus caídos, los Niños Héroes) en la batalla del Castillo de Chapultepec, durante la guerra de 1847.

Las tres fechas simbólicas de nuestra Independencia son 1810 (el inicio, lo cual celebramos ahora con el Bicentenario), 1821 (la consumación, con el papel determinante de Agustín de Iturbide) y la victoria final, en 1829, al derrotar nuestro país la invasión española de reconquista, encabezada por el general Isidro Barradas.

México ha olvidado conmemorar la consumación y la victoria final de la Independencia, porque Iturbide y Santana cometieron otros errores en vida (es el caso de la batalla del 2 de abril, definitiva para derrotar al Imperio de Maximiliano, muy superior como hecho militar a la escaramuza del cinco de mayo, pero como el protagonista de aquel triunfo fue Porfirio Díaz, no existe ya en la memoria histórica de los mexicanos).

Durante la invasión de Barradas, se dio la primera acción de comando militar de nuestro país. Carlos Beneski y 40 soldados mexicanos se apoderaron —sigilosamente y bajo una fuerte lluvia, yendo en cuatro lanchas— de la Balandra española en la desembocadura del Pánuco, el barco fue remontado a pesar del bombardeo desde el campamento español, hasta el fortín mexicano, lo cual fue decisivo para derrotar a los invasores al arrebatarles el control del río.

El gobierno de la época tomó gran aprecio a Beneski y fue nombrado Gobernador del territorio de Colima. En esta función cometió una excentricidad imperdonable, al ordenar fusilar a los perros callejeros “por atentar contra la moral pública”. Sus ayudantes tuvieron compasión de los canes y lo convencieron de revocar dicha orden, por lo cual decretó entonces se les vistiera. Todavía hace unos años era posible encontrar antiguas artesanías colimenses, de perros vestidos.

Como Gobernador de Colima recibió la instrucción de organizar una leva para ir a la guerra de Texas. Así marchó, con su ejército de campesinos sin botas, seguidos por mujeres con sus niños quienes acampaban para hacer tortillas. Y él fustigaba con dureza a sus soldados, por su idea de la disciplina militar y porque creía en la causa mexicana.

Después de la derrota en Texas, Beneski regresó a Colima. Langrod relata esos días con pluma virtuosa. El coronel polaco escribió cartas a sus jefes en el Ejército y en el gobierno mexicano, y a una hermana condesa que le sobrevivía en Varsovia, deprimido por la derrota frente a unos bandidos texanos como él les llamaba. Una noche reunió a los hombres de su Estado Mayor, bebió pulque con ellos y rememoró en camaradería las difíciles jornadas vividas. Luego se retiró a su cuarto y se pegó un tiro.

En una de sus cartas había escrito: “Recuerdo los bosques de mi tierra polaca, pero he aprendido a amar a México, hasta la muerte”. En nuestro país no hay ni siquiera una calle con su nombre, para conmemorarlo.