LA VIDA DE LAS EMOCIONES

El universo de repente

Valeria Villa*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

El universo de repente nos alcanza a todos. Esta idea la encontré en el libro póstumo de Arnoldo Kraus, Cuarto 412 (Debate, 2026) en el que narra sus últimos días como paciente enfermo de cáncer. Kraus, médico internista que siempre estuvo ocupado en ayudar a sus pacientes a curarse, no se puede cuidar a sí mismo y se convierte en el paciente del cuarto 412. El universo de repente trae algo que provoca sufrimiento, como pasar de la independencia a la total dependencia de ser un enfermo grave.

De repente algo cambia para todos por un evento inesperado: la muerte de alguien muy cercano, la enfermedad terminal, un encuentro amoroso, un accidente.

El universo, como afirmaba Albert Camus, es indiferente a nuestra búsqueda de sentido. Por qué pasan las cosas se puede responder de diferentes maneras. Habrá quien piense que todo ocurre por algo y que incluso, conviene; otros creen que existe un Dios manejando los hilos, así que todo cuanto pasa es voluntad divina (en cuyo caso estaríamos frente a un Dios bastante sádico con sus criaturas). Los nihilistas dirán que nada tiene significado y que todo es producto del azar.

Buscar sentido cuando el universo de repente, es una operación subjetiva. Cada uno puede hacer una narración distinta del significado de lo que ocurre, sobre todo, cuando son malas noticias. No hay una única verdad ni interpretación sobre los hechos del mundo real. Que alguien se enferme gravemente puede convertirse en un combate para vencer la enfermedad o en una lección de vida o en mala suerte o en mal karma. Lo que es seguro es que ninguna vida estará exenta de algún tipo y grado de sufrimiento.

Cuando ese algo irrumpe, todo cambia y el tiempo transcurre de otro modo y se empieza a añorar la vida de antes, que parecía tan simple y tal vez aburrida, pero en la que no había nada grave por resolver. Lo anormal se convierte en la normalidad.

Éstos suelen ser los relatos que se oyen en el consultorio en las primeras sesiones. La vida no volvió nunca a ser igual después de un divorcio, de una enfermedad o de la misma muerte. Se llama duelo al sentimiento que contrasta el antes y el después. El tiempo empieza a contarse en aniversarios de cuando las cosas cambiaron.

La salud es uno de los bienes más invisibles que tenemos. Basta con perderla para darnos cuenta de que sin ella nada es posible. Esto es cierto en el mundo interno y en el de nuestros vínculos. Ver a una madre enferma, que antes fue autónoma, obliga a cambiar la idea de esa madre y la forma de relacionarse con ella.

Recibir un diagnóstico grave cambia las prioridades que se establecieron cuando la salud no era un problema. El suicidio de alguien cercano cercena la ingenua idea de que la vida está garantizada. Parece ser que la vida siempre está cambiando para siempre.

Arnoldo Kraus defendió la muerte digna, la eutanasia asistida, para no alargar el sufrimiento de los pacientes de modo innecesario, cuando ya no se pudiera garantizar la calidad de vida. No deja de resultar paradójico y muy triste que él mismo haya tenido que someterse a quimioterapias, cirugías y otros procedimientos invasivos. Que haya tenido que “adueñarse del momento y charlar, arreglar pendientes, acercarse con los seres queridos, despedirse, escribir, organizar una suerte de fiesta con los amigos, beber, llorar, hablar, recordar, decir adiós, como en la gran película Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand”.

Kraus cita a Séneca: “La vida no es corta, la acortamos nosotros. La vida de quienes saben administrar el tiempo, es larga”.

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