ANTROPOCENO

Brasil: “no diferimos, nos odiamos”

Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

En Brasil, la inminente segunda vuelta presidencial tiene al país con los pelos de punta. Lula obtiene mayor apoyo entre los sectores de menores ingresos, las mujeres, los católicos, los afrobrasileños y los habitantes del Nordeste, especialmente de Bahía. Flávio Bolsonaro, en cambio, aventaja al presidente entre los evangélicos, los hombres, los sectores de ingresos medios y altos y los votantes del Sur y el Centro-Oeste, regiones donde el agronegocio tiene un peso considerable. Son los promedios, obvio hay trabajadoras pobres que votan por la derecha y empresarios que apoyan a la izquierda.

Las encuestas sitúan a Bolsonaro ligeramente por delante, aunque dentro del margen de error. El hijo del expresidente Jair Bolsonaro, encarcelado este último por su participación en el intento de golpe de Estado, tiene una carta: ofrece alternancia frente al gobierno de un candidato de 80 años que busca reelegirse. Una parte del electorado desea probar un cambio, jugar a volverse emprendedor y ver combatir la inseguridad pública que proviene de la guerra de las drogas.

Pero ¿por qué la polarización extrema? ¿Por qué el odio entre familiares y colegas de trabajo? El problema no se ve sólo en Brasil, sino en la política actual en muchos países. El filósofo Hanno Sauer ofrece una hipótesis en su libro La invención del bien y del mal: hoy la política tiene poco que ver con profundas discrepancias ideológicas y más con identidades de grupo. “No diferimos, nos odiamos”, escribe Sauer. La polarización es, en buena medida, emocional. Aunque lulistas y bolsonaristas compartan muchos valores fundamentales (deseo de seguridad, bienestar y felicidad), se considerarían dentro de tribus distintas por razones emocionales, según este filósofo alemán. Habiendo pisado la cárcel los líderes respectivos (tanto Lula como Bolsonaro padre), el rencor es enorme. Y dado que mucha política se hace en redes sociales, los mensajes son cortos, amarillistas y emocionales, como la publicidad comercial.

No coincido con Sauer, sin embargo, en que los votantes no difieran. Los hacendados brasileños votan por Bolsonaro por intereses reales: creen que las regulaciones ambientales restringen su libertad económica. Los beneficiarios de programas sociales votan mayoritariamente por Lula por razones objetivas: temen volver a la miseria si desaparecen las ayudas. La racionalidad de intereses opuestos es real, lo que es tribal y emocional es despreciar al vecino o al colega de trabajo, llamándolo “neonazi” o “zurdo de porquería”.

Por lo tanto, aunque pierda fuerza, la frasecita de Sauer debería decir: “diferimos y nos odiamos”, para describir la polarización. En todo caso, así como criticamos los errores del INE y del Tribunal Electoral, en México debemos monitorear la actuación de Meta (dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp) en las próximas elecciones, dado lo que ocurre en Brasil. El equipo de Lula ha señalado casos escandalosos de censura y de parcialidad.

Al final, la democracia exige voluntad de no dejarse manipular por los vendedores de odio y reconocimiento de que podemos tener razones y emociones legítimas para votar distinto. En el carnaval, todos bailan samba.

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