FRENTE AL VÉRTIGO

El derrumbe del centro político

Pedro Sánchez Rodríguez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Pedro Sánchez Rodríguez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: Imagen: La Razón de México

Es una comparación un poco tramposa, pero, mientras que México tiene una deuda bruta del sector público de 62.1 por ciento del PIB en 2026, Francia tiene una deuda pública equivalente al 119 por ciento; Italia ronda el 139 por ciento y Bélgica, el 109 por ciento. Francia construyó un Estado de bienestar que México todavía está lejos de ofrecer, pero que hoy le cuesta sostener.

La protección francesa no ha eliminado la pobreza, pero permite enfrentar la enfermedad, el desempleo o la vejez con una seguridad que millones de mexicanos desconocen. Aun así, esa red ya no basta para sostener la confianza en el futuro. Tener algo que perder no significa tener algo que esperar.

Ahí está la crisis del centro político. El desgaste del proyecto de Macron lo hace evidente. La moderación pierde sentido cuando se convierte en la administración del estancamiento. Quienes tienen patrimonio lo conservan; quienes viven al día reciben protección para resistir, pero hay pocas oportunidades para avanzar. La prudencia termina beneficiando a los mismos de siempre.

El malestar tampoco se explica solamente por el desempleo. En agosto, la tasa de la eurozona fue de 6.4 por ciento, pero entre los jóvenes alcanzó 15 por ciento. A eso se suman viviendas más caras y la incertidumbre laboral que introduce la inteligencia artificial. Estudiar, trabajar y ser disciplinado ya no garantizan una vida mejor.

La geopolítica agrava el problema. Europa aumenta su gasto militar ante la amenaza rusa, lo que añade presión a los presupuestos que sostienen sus Estados de bienestar. La guerra en Ucrania también ha mostrado cómo el encarecimiento de la energía y las interrupciones comerciales terminan afectando la vida cotidiana.

Ese desencanto abre espacio a la extrema derecha y a las izquierdas de ruptura. Sus proyectos son distintos, pero ambos pueden beneficiarse de una misma percepción: las opciones tradicionales dejaron de resolver problemas. El enojo vuelve aceptables propuestas que antes parecían impensables.

En México, ese escenario parece remoto. Para una parte importante de la población, la 4T todavía representa una promesa de futuro: hay espacio para la esperanza. Pero sería ingenuo suponer que el desencanto observado en otras democracias no puede alcanzarnos. Ya hay figuras que coquetean con la motosierra de Milei y abundan en redes sociales las personas que adoptan su lenguaje.

La desesperanza llegará por vías concretas: el agua que falta o está contaminada, la escasez de medicamentos, la violencia, las presiones sobre las pensiones y el envejecimiento de la población. Hoy las transferencias directas alivian algunas carencias, pero el aumento de la deuda y el bajo crecimiento reducen el margen para sostenerlas y mejorar los servicios públicos. La inflación puede erosionar esos apoyos antes de que se resuelvan las carencias estructurales.

La lección europea debería incomodarnos. Si una sociedad con mayor protección puede perder la confianza, México tiene menos margen para administrar la frustración. Cuando el Estado deja de ofrecer un futuro, aparece quien promete desmantelarlo. ¿Qué tipo de régimen nos espera al final del camino?

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