En mi artículo del 24 de septiembre, “La recuperación productiva gana terreno”, esbocé que el debate ya no parece ser si existe una recuperación, sino si tiene suficiente amplitud y persistencia para transformarse en una trayectoria de crecimiento más sólida. Los indicadores recientes fortalecen esa interpretación: la economía mexicana muestra una mejoría en el tercer trimestre que permite considerar un cierre de año superior al previsto.
Las estimaciones derivadas del Indicador Oportuno de la Actividad Económica anticipan un crecimiento anual de 3.4% en el tercer trimestre y un avance cercano a 1% respecto al trimestre anterior. De confirmarse esta trayectoria, el crecimiento acumulado de la producción nacional a septiembre sería de 1.9%. La publicación del IGAE de agosto permitirá evaluar la consistencia de estas señales y la posibilidad de que la economía crezca alrededor de 2% en 2026.
Este desempeño contrasta favorablemente con las expectativas. La encuesta Citi del 20 de octubre ubica el consenso de crecimiento en 1.4% para 2026 y 1.8% para 2027, mientras previsiones propias son de 1.6% y 2.1%, respectivamente. Las buenas noticias podrían propiciar nuevas revisiones al alza, particularmente para este año. Para 2027, la continuidad de la recuperación y una base productiva más elevada al cierre de 2026 también favorecerían las perspectivas, aunque su efecto dependerá de la evolución de los motores del crecimiento.
La relevancia de los resultados reside tanto en su magnitud como en su composición. La producción industrial avanzó 0.6% mensual en agosto y 3.6% anual, apoyada por la manufactura y la construcción. Destaca la aceleración manufacturera, cuyo fortalecimiento puede extender el impulso exportador hacia proveedores nacionales, transporte y otros servicios. Sin embargo, su balance acumulado todavía refleja la debilidad de principios de año. La recuperación avanza, pero aún debe compensar rezagos.
El mercado interno también ofrece señales favorables. Las ventas al menudeo aumentaron 1.18% mensual en agosto y 3.2% anual. Su comportamiento presenta diferencias importantes: sobresale el dinamismo de cómputo y telefonía, mientras otros segmentos registran resultados más modestos. Además, los indicadores de consumo privado sugieren cierta desaceleración. El repunte comercial revela resistencia del gasto de los hogares, aunque todavía falta una aceleración más generalizada.
El empleo y los salarios contribuyen a explicar esa resistencia. En septiembre, el empleo formal, excluyendo el programa de plataformas digitales, creció 1.2% anual, junto con el aumento del salario real, permitió una expansión de la masa salarial real de 4.6%. Esto sostiene la capacidad de compra. En contraste, la disminución de patrones registrados ante el IMSS, concentrada en establecimientos pequeños, advierte sobre dificultades en una parte del tejido empresarial.
La inversión también comienza a contribuir: su variación acumulada pasó de terreno negativo al inicio del año a un crecimiento de 1.7% hasta julio. Es una señal relevante para la continuidad de la recuperación, aunque todavía insuficiente para afirmar que existe un ciclo robusto de ampliación de la capacidad productiva.
Esta mejoría ocurre con una inflación relativamente contenida. En septiembre, la general se ubicó en 3.45% y la subyacente, en 3.75%. La moderación de precios protege el ingreso real y favorece el consumo. Sin embargo, la persistencia inflacionaria en servicios y los riesgos agropecuarios y energéticos exigen cautela. Cualquier reducción adicional de tasas deberá responder a las condiciones internas y a la trayectoria inflacionaria.
La recuperación gana sustento y abre espacio para revisar al alza las perspectivas. Convertirla en crecimiento sostenido dependerá de que el impulso industrial se extienda, el empleo acompañe y la inversión adquiera mayor fuerza. Consolidarla requiere atender las restricciones fiscales y fortalecer los incentivos a la inversión privada.