El próximo martes se celebrarán en Israel las que serán, sin lugar a dudas, las elecciones más importantes en la historia de este joven país. Los últimos cuatro años bajo el gobierno de ultraderecha de Benjamin Netanyahu han sido años oscuros.
Años de una lucha heroica en las calles, protagonizada por millones de ciudadanos que lograron proteger la democracia israelí de una ofensiva que amenazaba con convertir al país en una dictadura; años de una guerra en cuatro frentes que comenzó con la peor masacre del pueblo judío desde el Holocausto y terminó convirtiéndose en una guerra sin sentido, que dejó decenas de miles de muertos, gran parte de ellos civiles, en Gaza; años de bombardeos con misiles supersónicos desde Irán; años de aislamiento internacional y de retroceso en casi todos los ámbitos de la vida pública.
Estas elecciones no son simplemente una disputa entre ideologías o campos políticos, sino una batalla por la esencia misma del país: un Israel liberal, próspero e integrado en la comunidad internacional, o una teocracia autoritaria, aislada y sumida en una guerra permanente. Si bien es cierto que la oposición no ofrece una visión realmente alternativa a la de la derecha en cuanto al conflicto con los palestinos, las diferencias son diametralmente opuestas en casi todos los demás aspectos. Por eso, estas elecciones son tan decisivas.
A primera vista, las cifras parecen alentadoras. Mientras que en Hungría Péter Magyar derrotó a Viktor Orbán con apenas 53 por ciento de los votos, en Israel las encuestas proyectan un 63 por ciento para la oposición. Una diferencia contundente, que parecería garantizar un cambio de gobierno. El problema es que algunos partidos judíos de la oposición, a la sombra del 7 de octubre, se niegan a formar una coalición con los partidos árabes. Así, a pesar de contar con una mayoría parlamentaria potencial, es posible que no consigan reunir los votos necesarios para formar gobierno.
Netanyahu, que no tiene grandes logros que presumir y carga con la responsabilidad por la tragedia del 7 de octubre, difícilmente conseguirá una mayoría propia. Su estrategia, sin embargo, no consiste necesariamente en ganar las elecciones, sino en impedir que la oposición pueda formar gobierno. Su arma es la misma que ha utilizado desde su primera victoria electoral en 1996: deslegitimar a los ciudadanos y partidos árabes, acusando a la oposición de querer crear un Estado palestino, para impedir una alianza que pueda sacarlo del poder.
La oposición judía, liderada por el exgeneral Gadi Eisenkot, todavía tiene una pequeña posibilidad de alcanzar una mayoría sin depender de los partidos árabes, por ejemplo, si las encuestas no han logrado captar una movilización inesperada del campo liberal. Una victoria del bloque de Netanyahu parece menos probable, aunque un error importante en las encuestas nunca puede descartarse.
El escenario más probable, entonces, es que la oposición intente formar un gobierno minoritario, algo que permite el sistema parlamentario israelí. Sería un gobierno frágil, con dificultades para aprobar leyes y llevar adelante reformas profundas, y que podría conducir a nuevas elecciones. Pero, esta vez, posiblemente sin Netanyahu al frente del gobierno. La respuesta la tendremos la noche del próximo martes.