Se estima que para el 2030, la población de 60 años o más sea de mil 400 millones, una de cada seis personas en el mundo. La población de 80 años o más se triplicará entre 2020 y 2050 para alcanzar 426 millones. La esperanza de vida global es de 73.3 años en promedio. La vejez, por tanto, tiene ya y seguirá teniendo una relevancia social inédita, al constituirse como una población creciente con necesidades que requieren atención.
Desde lo psíquico, habría que empezar por combatir los prejuicios. Que veamos a los viejos como feos y deserotizados es una herencia de la cultura griega, que sostenía que nadie quiere estar con un viejo, que son como piedras oscuras, sin brillo, siendo los jóvenes lo más parecido a los dioses (Erótica y vejez, perspectivas de Occidente, Ricardo Iacub, Paidós 2006).
Sigmund Freud, a pesar de ser el genio que fue, sostiene en Sobre psicoterapia (1905) que “habiendo pasado la edad de los cincuenta, la elasticidad del proceso mental, de la cual depende el tratamiento, está en falta; las personas viejas no son educables ni tienen ya tiempo para cambiar”. Esta idea la refrenda hacia el final de su vida, en 1937, en Análisis terminable e interminable, argumentando que a partir de cierta edad los mecanismos de resistencia del yo se vuelven demasiado rígidos; Sandor Ferenczi consideró que se volvían perversos polimorfos y que las mujeres devenían neuróticas obsesivas después de la menopausia. Karl Abraham y Melanie Klein cambian esta perspectiva y afirman que se puede analizar y hacer terapia con los viejos.
La idea de que el viejo no cambia es una idea cultural muy dominante, argumentándose que ciertos aprendizajes ya no le son accesibles. Quizá los viejos de antes se jubilaban y se quedaban en casa a leer y a ver la televisión, pero esta práctica cambia en la posmodernidad, en la que seguir adelante puede ser una aspiración, aunque claro que hay gente que nunca estuvo dispuesta a cambiar y la vejez es el permiso para decirlo abiertamente.
La vejez es un momento de cambios radicales. La estadística dice que el 25 por ciento de las personas se enferma con la jubilación, por el aburrimiento y por sentir que ya no son nadie. Es una discapacidad tardía: se tiene que aprender a vivir viendo menos, escuchando menos, con enfermedades, pérdida de movilidad, etcétera. Hay que acostumbrarse muy tarde en la vida a todas estas pérdidas.
La representación subjetiva del cuerpo se traduce en extrañeza. Los viejos dicen: “Éste no soy yo, mi cuerpo es viejo, pero yo soy joven”. Se miran al espejo y no se reconocen, cada vez hay una arruga nueva, como si se tratara de cambios que no terminan nunca. Estos procesos de reconfiguración de la idea del sí mismo toman mucho tiempo para asentarse y generar aceptación. Son nuevas representaciones del cuerpo las que hay que procesar.
Parece que son los narcisistas grandiosos quienes peor fracasan en hacerse viejos, pero la realidad es que es difícil para todos. A nadie le hace gracia no ver bien, que le duela el cuerpo, engordar, enfermarse, perder la movilidad o el cabello.
Es dura la frustración que provocan estos cambios, estas pérdidas. No sentirse más el objeto del deseo de los otros es una causa de depresión. Más allá de hacer una terapia, también es muy importante seguir en contacto con los demás y evitar el aislamiento.
El deseo en la vejez puede continuar, pero tal vez se desplaza del trabajo y la familia a nuevas actividades. No debería normalizarse la falta de deseo del viejo ni su soledad. Es necesario que los proyectos que se mueven por el deseo, como estudiar, trabajar, viajar, formar una familia, tener una pareja estable, que son los proyectos de la juventud, se muevan a otros lugares.
La partida de los hijos, la jubilación, la viudez son proyectos para los que nadie está preparado. La libertad de la jubilación no viene junto con una receta sobre qué hacer ahora con el tiempo libre. Esto lo escribió Simone de Beauvoir en 1970 en su libro sobre la vejez.
El modelo SOC (selección, optimización, compensación), propuesto por los psicólogos Paul y Margret Baltes, explica que las personas pueden elegir nuevas metas, más modestas; optimizar sus recursos, usarlos de manera más inteligente y moderada; compensar de alguna manera las habilidades que se van perdiendo: si ya no se puede correr, caminar. A otro ritmo, con otra fuerza, pero seguir, para mantener vivas las posibilidades.
La sexualidad en la vejez es variada. Hasta los 75 no debería haber tantas dificultades, además hay medicamentos para los varones y reemplazo hormonal para las mujeres. La genitalidad se vuelve más opcional con la edad, privilegiando otras formas del placer.
El reto central de la vejez es desarrollar la convicción de que el psiquismo, el bienestar, el placer, la vida que continúa, no están atados al cuerpo de modo definitivo.
Por VALE VILLA Los retos de la vejez
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