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Leonardo Núñez González

Hidroxicloroquina, coronavirus y populismo

EL ESPEJO

Leonardo Núñez González
LEONARDO NÚÑEZ GONZÁLEZ
Por:
  • Leonardo Núñez González

Los estudios científicos alrededor del uso de la hidroxicloroquina como un tratamiento para el Covid-19 han mostrado que su uso aumenta el riesgo de muerte por arritmia y que no ofrece resultados para el combate del coronavirus. Sin embargo, políticos como Donald Trump y Jair Bolsonaro han continuado impulsando su uso y poniendo en riesgo a sus ciudadanos.

La discusión alrededor de este medicamento, creado originalmente para combatir la malaria y usado también para atender el lupus y la artritis, pinta de cuerpo completo al populismo y sus efectos, cuando se entrecruza con una crisis de salud. Todo comenzó con una publicación hecha por un controvertido científico francés, Didier Raoult, en la que, sin utilizar la metodología estándar de pruebas médicas y con sólo una pequeña muestra de 36 pacientes, declaró que el uso de la hidroxicloroquina junto con azitromicina era 100 por ciento efectivo para curar la enfermedad (tramposamente sacando de sus cuentas a quienes no se habían curado).

Debido a la atención mundial en los múltiples esfuerzos para encontrar opciones para enfrentar a un virus que hasta el momento ha matado a más de 300 mil personas, rápidamente la publicación cobró notoriedad. La comunidad científica respondió señalando que no era posible garantizar que el uso de la hidroxicloroquina fuera efectivo hasta que se hicieran las investigaciones, pruebas experimentales y análisis rigurosos propios de la ciencia médica, por lo que no podían declarar que su uso fuera seguro, pero eso no fue suficiente para detener la popularidad de la supuesta cura mágica encontrada.

Rápidamente la discusión llegó a los medios tradicionales, destacando el caso de Estados Unidos, en donde el 16 de marzo, en un programa nocturno de Fox News, apareció Gregory Rigano, un abogado e inversor de Silicon Valley que falsamente se ostentaba como asesor de la escuela de medicina de Stanford, para declarar que la investigación francesa había demostrado que la hidroxicloroquina era completamente efectiva, por lo que estaban en presencia de una solución definitiva, un game changer, expresó.

Este punto es fundamental, pues es sabido que Donald Trump es un consumidor y participante entusiasta de los programas de la cadena televisiva Fox, que ha adquirido un gran poder al saber que puede presentar contenido que sabe que será visto e internalizado por el presidente. Esta no fue la excepción, pues el 19 de marzo, en medio de una conferencia de prensa, Trump anunció que el uso de la hidroxicloroquina era efectivo para atender la enfermedad, por lo que estaban ante un game changer y que por ello la agencia reguladora de medicamentos (FDA) ya había aprobado su uso como tratamiento (lo cual era falso y tuvo que ser desmentido por los científicos del gobierno).

Desde ese punto todo fue una resbaladilla en la que ninguna evidencia científica podía oponerse a una creencia internalizada por el presidente, que incluso ha declarado que está utilizando el medicamento. Esta confianza ciega en una realidad alternativa se contagió rápidamente a sus seguidores y a otros países, como Brasil, y hoy tenemos que lidiar con un peligro para la salud pública mundial causada por un político que cree en su propia realidad.