Miércoles 25.11.2020 - 12:53

Primeras lecciones del terremoto

Emociones y decisiones
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A penas el 20 de junio pasado escribí en este espacio una columna sobre la imperiosa necesidad de estar preparados ante un sismo de grandes dimensiones; lo que dije entonces resultó tristemente premonitorio. Conforme pasan los días y las horas inmersos en esta tragedia de destrucción y muerte que nos rodea, empiezan a surgir situaciones que en los meses y años por venir tendremos que aprovechar como valiosas lecciones.

Me llaman poderosamente las atención los constantes solicitudes que se hacen, en las distintas zonas de desastre, para que se les hagan llegar herramientas especializadas, como sierras, rotomartillos y otros instrumentos para romper o perforar concreto o metal.  Es inconcebible que nuestros cuerpos de rescate, incluidas las fuerzas armadas, no cuenten con instrumentos de este tipo y de sobra.

Una cosa son los picos y palas que se requieren en grandes cantidades y cuya demanda ha sido cubierta por los civiles voluntarios, pero el no haber previsto contar con máquinas que sabemos vamos a necesitar ha sido negligente. Esto no debe volver a ocurrir.

Otro asunto que sorprende es la cantidad de números telefónicos que se proporcionan para pedir ayuda. Habíamos logrado tener finalmente el 911, y ahora volvemos a los de siempre con infinidad de teléfonos como Locatel, 066, Bomberos, ERUM, Cruz Roja, etc. Desconozco si se deba a que la central del 911 fue rebasada, pero en el futuro y con la tecnología actual se debe prever esta situación, para que toda llamada de emergencia pueda ser canalizada a través del número único.

El día del terremoto la falta de movilidad de la ciudad, la gran tarea pendiente de ésta y otras administraciones, nos pasó una terrible factura. Tanto así que los equipos de emergencia y rescate tardaron mucho en llegar. Resolver esto no será tarea fácil, sobre todo porque no ha habido voluntad y talento. La solución es muy poco popular, pero en una metrópoli sobrepoblada como la nuestra, con un parque vehicular que rebasa la capacidad vial, lo único que resta es restringir la circulación de automóviles y hacer eficiente el transporte público.

La falta de bomberos para una urbe de estas dimensiones es algo que he señalado una y otra vez. Y aunque el gobierno de la ciudad acaba de anunciar una nueva estación, es mucho lo que se debe hacer para abatir el rezago histórico. Me parece que la figura del bombero voluntario, como funcionan en muchos estados de la Unión Americana, puede ser una opción óptima.

Y sobre este punto sería un verdadero desperdicio de oportunidad desaprovechar el talento, la valentía y el entusiasmo de miles de jóvenes que llevan días trabajando sin descanso en apoyo a las labores de rescate. Estoy seguro de que muchos de ellos estarían más que dispuestos a ser entrenados y formar parte de un cuerpo de bomberos voluntario o formal.

Ya habrá tiempo para ahondar en las lecciones que nos deja la tragedia, por ahora sólo resta expresar mi reconocimiento para todos los valientes que incansables continúan salvando la ciudad y a sus habitantes.