Bloque del progreso

Emociones y decisiones
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Pocas cosas agraden más al ciudadano y a la convivencia como los bloqueos de vialidades.  Es la máxima expresión de egoísmo y del nulo respeto hacia los demás. Es la búsqueda de un interés o la defensa de una causa por encima de una mayoría ajena a esos objetivos.

La semana pasada operadores del transporte público concesionado del Estado de México, en su mayoría taxistas, decidieron bloquear durante cinco horas Periférico Norte, a la altura de Cuatro Caminos, e hicieron lo propio en Avenida Constituyentes y otras arterias importantes. Lo hicieron en protesta por las nuevas disposiciones de seguridad que les obliga a colocar geolocalizadores en sus unidades, así como botones de pánico; todo en apoyo a los usuarios.

Los inconformes se duelen de tener que pagar cerca de 12 mil pesos por estos dispositivos como condición para poder renovar sus permisos de operación. Cabe señalar que, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (Envipe) 2016, cuarenta por ciento de los delitos que se registran en la entidad son cometidos a bordo de autobuses, microbuses y taxis.

Es difícil argumentar acerca del peso de la carga económica individual para su implementación (si es mucho o es poco); lo que es cierto, es que las concesiones no son un derecho. El que quiera una concesión de trasporte público debe no solamente invertir en su herramienta de trabajo, sino que también está obligado a cumplir con diferentes normas. Por eso se le llama concesión y ésta bien puede ser retirada por incumplimientos diversos.

Si el gobierno está haciendo un esfuerzo para brindarle más seguridad a los usuarios, me parece que las marchas y bloqueos están fuera de  lugar. Se puede pensar en créditos blandos o quizá hasta en quitas en el pago de algunos derechos para aminorar el costo de las nuevas disposiciones; pero de ahí al chantaje, con la consecuente afectación, hay un largo trecho.

El fortalecimiento del Estado de derecho pasa forzosamente por la defensa a ultranza del principio básico del respeto a los derechos de terceros. Fueron cinco largas y desquiciantes horas las que decenas de miles de automóvil tuvieron que esperar varados en filas que llegaron a alcanzar los 12 kilómetros. Personas que no pudieron llegar a sus trabajos, que se perdieron de una consulta médica, que necesitaban presentar un examen, cerrar un negocio o alcanzar un vuelo.

A las víctimas inocentes de esa práctica infame, lo único que les queda es resignación y coraje, mientras que los transportistas seguramente se sentirán orgulloso de lo que solamente ellos consideran una hazaña. Con eso se confirma que vivimos en una tierra de nadie, en donde todo principio y valor se ha perdido.

No nos podemos seguir resignando a esto. Es inconcebible que tanto autoridades estatales como federales sigan permitiendo este tipo de manifestaciones. ¿Qué acaso no tenían información días antes sobre lo que planeaban los transportistas? ¿Por qué no lo evitaron? Su incompetencia también está llegando a límites insospechados, mientras el país se va por una cloaca.