El debate sobre la eutanasia

Obama recibe a los
Por:
  • larazon

En estos días se han publicado dos noticias tan parecidas, pero a la vez tan disímiles, que dan mucho que pensar. En ambos casos se ha dictado sentencia, en el Reino Unido, en relación con dos madres que hicieron lo posible para que sus hijos dejaran de sufrir aun arriesgando con ello su propia libertad y el escarnio de una parte de la sociedad que sigue considerando la ayuda a morir como un asesinato encubierto. Una de las madres ha sido absuelta, la otra ha sido sentenciada a cadena perpetua. Una vez más se ha vuelto a abrir un debate que, seguramente, volverá a cerrarse sin que se llegue a nada.

Kay Gilderdale ayudó a morir a su hija, de 31 años, en diciembre de 2008. Lynn, enferma de esclerosis múltiple, se hallaba paralizada de cintura para abajo, se alimentaba a través de un tubo nasal y sólo podía comunicarse por señas. Todos los días recibía una enorme cantidad de analgésicos y calmantes de todo tipo para aliviar el dolor que sufría las 24 horas del día y ya había intentado suicidarse en al menos una ocasión. Su madre, Kay, ha sido absuelta del cargo de asesinato por proporcionarle un cóctel de drogas necesariamente mortal; el juez que la ha absuelto ha declarado que esta madre nunca habría debido haber sido sometida a juicio. La otra sentencia, de cadena perpetua, ha recaído sobre Francis Inglis, una mujer de 57 años, condenada según el juez, en apoyo del jurado, por el “calculado y consistente curso de una conducta criminal”. Francis inyectó una sobredosis de heroína a su hijo de 23 años, que llevaba dieciséis meses en estado vegetativo y sólo se comunicaba parpadeando y apretando la mano de su madre. Ésta justificó su acto alegando que la vida de su hijo era un infierno. A ella le espera, al menos por el momento, la cárcel.

Nunca, ni en los casos más lacerantes, cuando una puede comprender bien el dolor de quienes se enfrentan a una situación así, resulta fácil saber qué haríamos en unas circunstancias semejantes; cómo reaccionaríamos al ver a alguien tan próximo como puede ser un hijo postrado con una enfermedad irreversible. Para los creyentes parece una cosa fácil; para quienes no lo son se plantea un dilema moral terriblemente doloroso y para el que no cabe ninguna respuesta rotunda. La realidad es que cada vez hay más gente que, al menos en las encuestas, se declara partidaria de la eutanasia, que, cuando se lleva a cabo en situaciones extremas, no es más que una forma de ayudar a morir dignamente. El debate sigue abierto.

agp