Viernes 14.08.2020 - 03:37

El ocaso adelantado

Colapsa parte de túnel en frontera Arizona-México
Por:

Decir que Felipe Calderón llega a la mitad de su presidencia en condiciones muy críticas es una obviedad. Pero el problema es que aún le faltan tres años y nadie sabe qué va a hacer con su gobierno y, más relevante, con el país cuya conducción tiene encomendada.

El Presidente se encuentra en situación de profunda debilidad. La crisis económica, el crimen organizado y la derrota electoral son hechos duros que lo obligan, si quiere mantener un mínimo margen de respetabilidad y de maniobra, a ofrecerle al país una evidencia clara y concreta de que no es una administración a la deriva. Al menos, no todavía.

Lo primero es plantear al resto de las fuerzas políticas, de las que ahora depende en buena parte su sobrevivencia, la agenda que quiere para el resto del sexenio. Jorge Castañeda y Manuel Rodríguez Woog han hecho un ejercicio sugerente que consiste en pedirle al Presidente que se juegue el tipo y proponga una serie de reformas que definan los términos del debate nacional. Calderón debe entender que es preferible sacudir al país con una agenda radical y corresponsabilizar de su avance o fracaso a las oposiciones que dedicarse a administrar la agonía de su gobierno durante tres largos años. Hoy por hoy no está para seleccionar entre muchas alternativas, sino simplemente admitir que ya no tiene cartas.

La segunda cuestión es redefinir sus alianzas. Hasta ahora, visto con objetividad, ha gobernado tan sólo con una partida de mediocres cuya ineficacia está a la vista en distintos terrenos. En la intimidad, los empresarios los desdeñan, el PRI los desprecia, los medios los juzgan pusilánimes, son irrelevantes en la arena internacional, y las complicidades que han tejido, como por ejemplo con la profesora Gordillo, además de estériles para lograr resultados, consumen cotidianamente su autoridad moral.

Calderón necesita un gabinete de crisis -eficaz, decente, hábil- para un país que está atorado en una crisis sistémica, y no los improvisados con que ahora cuenta. Podría empezar por revisar la historia. F.D. Roosevelt integró un gabinete de verdaderos expertos en sus respectivas áreas. “Yo tomo la decisión y luego designo el trabajo a un miembro del gabinete y lo dejo solo”, solía decir. En buena medida por el excepcional desempeño de ese equipo se explican el prolongado poder Roosevelt y su indiscutido éxito.

Y la tercera sería dejar atrás su arrogancia política y moral. Más que política, Calderón hace metafísica: piensa como un integrista que divide el mundo entre pocos buenos –él en especial- y muchos malos, supone ser el poseedor único de virtudes y verdades, y termina por destilar un tufo de superioridad por completo contraproducente para alcanzar efectividad política.

Calderón debe saber que, en política, lo único que cuenta son los resultados y, a juzgar por lo que se ve en la economía, en las reformas estancadas, en la estrategia de seguridad o en lo poco inspiradora que ha sido su presidencia, el fantasma del fracaso ronda ya desde ahora.

og1956@gmail.com

fdm