El odio del fin de semana

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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No es casual la violencia del fin semana que alcanzó también a la Ciudad de México. Todo pasó, desde un robo en un microbús con todo y balazos, ejecutados, asaltos en la calle, robo en viviendas con lujo de violencia, hasta ciudadanos prepotentes y enojados que agreden a otros ciudadanos por incidentes menores que terminaron hasta con el inusual robo de una ecobici.

La violencia dejó un saldo, hasta ahora, de 39 muertos en nueve estados del país. Todo se dio en medio de violencia extrema y con armas de fuego. En Michoacán y Guerrero fue dantesco. En el primero de estos estados murieron 10 personas calcinadas y en el segundo siete integrantes de una familia, entre ellos menores de edad.

Particularmente en estas entidades ya van varios años en que están presentes fuerzas de seguridad federal que por lo que se ve no han logrado al menos aplacar la violencia, en esencia las cosas no han cambiado.

Hace pocos años conversando con el expresidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, nos decía que cómo le hacíamos los mexicanos para dormir, “se van a la cama viendo violencia en los noticiarios y se levantan con las mismas imágenes, más las que se suman por lo que haya podido pasar en la noche”.

La violencia se ha convertido en nuestra acompañante. Hemos perdido la capacidad de asombro. Si algún fenómeno define una de las características del país en los últimos diez años es la violencia cotidiana, sea cual fuera su manifestación.

Las nuevas generaciones han crecido bajo nuevos parámetros. Para muchos de ellos la violencia es parte de su vida y su crecimiento, más allá de lo que ven a diario en los medios de comunicación y las redes sociales.

Muchos hechos violentos, los políticos y los derivados de la delincuencia organizada, están siendo nuevos factores de formación entre niños y jóvenes. No sabemos qué se podrá estar creando en la cabeza y la vida de muchos de ellos, lo sabremos en el mediano plazo.

Va a ser difícil que todo lo que están viviendo no les afecte, quizá hoy más que nunca se aplique aquello de que infancia es destino. Tendría lógica que crecieran con odios guardados y sed de venganza, quizá familiares y amigos pudieron haber sido asesinados. A esto sumemos un agravante: la justicia es lenta y no es expedita, lo que lleva a la impunidad como otra forma de vida.

La violencia también tiene otras manifestaciones en el sureste del país. La tasa de suicidios ha crecido de manera dramática en Quintana Roo, Tabasco, Campeche y Yucatán. Por una razón u otra el país se ha vuelto violento y pareciera que hemos perdido de vista lo que esto significa en nuestras vidas.

Hemos pasado a contar nuestros muertos como algo menor, independientemente del dolor y lo que significan para la salud mental de quienes habitamos el país. Nuestros conteos duran 24 horas porque bien sabemos que en pocas horas se nos vendrán en tropel nuevas muertes violentas, las cuales terminan por ser simples números más que personas.

El fin de semana trajo de nuevo muertes violentas por doquier. Es difícil que el país cambie bajo estos escenarios. Es la muerte violenta, la impunidad, la prepotencia, la pobreza, la economía, la pérdida de la capacidad de asombro e indignación y la injusticia. Con este coctel el riesgo es una forma de vida, como diría Fernando Cardozo, “¿cómo le hacen para dormir?”.

 RESQUICIOS. Así piensa las vacaciones Fernando Savater:

Tómeselas a su modo, haciendo esas cosas que nadie retribuye; sea leerse las obras completas de Shakespeare, aprender a tocar la flauta dulce o mirar incansablemente el mar. No vendan ni uno solo de sus minutos y compren lo menos posible, pero sin agobios ni exageraciones. También hay cosas bonitas, aunque lo bonito no sea una cosa. Váyanse, váyanse muy lejos para lo que no necesitan siquiera salir de casa, viaje alrededor de su cuarto como hizo Xavier de Maistre. Y a poco que puedan, háganme caso: no vuelvan jamás.

solorzano52mx@yahoo.com.mx

Twitter: @JavierSolorzano