La madre de todas las caravanas

Fase 2
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Honduras es el país más violento del mundo; en 2012, la tasa de homicidios por cada cien mil habitantes rebasó los 90; en 2017 el indicador disminuyó a 43. En 2018, en México, el índice de homicidios hasta julio del año más violento de la historia llegó a 25.

La migración de centroamericanos es oleaje humano constante que, en su ir y venir, escribe tragedias cotidianas, invisibles a los ojos de organismos gubernamentales o no, prensa y sociedades inmersas en otras angustias.

Hace 10 días se consignó una caravana de dos mil hondureños que partía de San Pedro Sula con destino a Estados Unidos, escala en Guatemala y larga travesía por México. A 650 kilómetros y una semana de distancia, el río migrante llegó a Tecún Umán, frontera de Guatemala con Ciudad Hidalgo, Chiapas, contaba ya con siete mil seres humanos. Y vienen más.

Las raíces de la obligada migración son las de siempre, lo que cambia es el contexto. Trump, en modo campaña, de cara a la elección intermedia del 6 de noviembre; y México, en pleno traspaso de poderes y deberes.

El portazo de hondureños en el cruce fronterizo, el fin de semana, fue el golpe mediático que dimensiona la tragedia migrante, diplomática, legal y humanitaria que enfrentamos.

En México, el secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, imponiendo personalmente las urgencias xenofóbas de su jefe; en Guatemala, cumbre trilateral urgente con Enrique Peña Nieto al teléfono para armar un andamiaje logístico y político que le reste fuelle a esta caravana que, desde Tecún Umán, empuja.

Naciones Unidas, a través de la ACNUR aceptó el auxilio que solicitó el canciller Luis Videgaray para armar el rompecabezas; ley migratoria que impide el paso sin documentos, la ética humana que manda solidaridad y asistencia, el miedo genético de centroamericanos que desconfían de cualquier censo en que pretendan inscribirlos, la presión de Washington y el populismo humanista de la futura administración federal.

Problema inasible, incontrolable; la caravana que cruzó por el puente se multiplicó a lo ancho del río Suchiate el fin de semana, ahora se reagrupa en Tapachula y prepara su avance. Los gobiernos locales evaden la letra dura migratoria y se refugian en asistir a los más vulnerados.

Donald Trump agradeció el sábado a México por frenar a los indeseables; el domingo machacó que, ahora sí, los mexicanos respetan su rudo liderazgo y ayer declaró emergencia nacional. Manoteó para militarizar su frontera sur, al tiempo que reprochó la incapacidad de los mexicanos para frenar la escurridiza vanguardia centroamericana.

Por encima de las más de mil solicitudes de refugio que Migración procesa, o las visas de trabajo que el Presidente electo imagina para centroamericanos, construyendo el Tren Maya, enfrentamos una realidad inédita que demanda coordinación, interna y externa, mucha seriedad, aplomo y tamaños para resolver todo lo que implica esta particular caravana migrante.