La mundana verdad de los muertos

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Hace algunas semanas estuvo en la ciudad de México Arcadi Espada, profesor en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, conocido entre otras cosas por su severa crítica contra el llamado “nuevo periodismo”: una corriente que ha buscado combinar la imaginación literaria con la técnica periodística, escribir historias como si fueran “novelas de no ficción” (Truman Capote), redefinir el oficio como el de contar “cuentos que son de verdad” (Gabriel García Márquez).

Su argumento, en una nuez, es que literatura y periodismo son incompatibles. Porque mientras la verdad de la literatura es ficticia (Mario Vargas Llosa la ha llamado “la verdad de las mentiras”), la verdad del periodismo es fáctica (admite sólo cinco preguntas fundamentales: qué, quién, cuándo, cómo y dónde). No hay, pues, medias tintas: o se hace una cosa o se hace la otra.

No sé si estoy de acuerdo, en general, con lo tajante de la distinción que propone Espada. Pero no importa. Porque en el caso concreto del periodismo mexicano de hoy, en el contexto de la llamada “guerra contra el crimen organizado”, esa crítica suya contra las concesiones creativas, esa exigencia básica de frialdad, esa cruzada en defensa de los hechos, resulta absolutamente indispensable. Y es que, como lo dejó apuntado en su bitácora el propio Espada, “un lugar en donde en seis años han asesinado a cuarenta mil personas, aprox., las licencias están acabadas. La verdad no es un imperativo moral, sino de pura supervivencia”.

No se trata de una verdad profunda ni trascendental, sino, más bien, de la mundana verdad de los muertos: ¿Quiénes eran? ¿Quién los mató?

Hablando desde la experiencia española en la lucha contra el terrorismo, Espada advierte que la derrota de ETA hubiera sido imposible “sin ese mínimo pegamento emocional que trajo el conocimiento de las víctimas”. Un conocimiento que en el caso mexicano pasaría, primero, por dejar de hablar de las víctimas en términos exclusivamente cuantitativos, por rescatar sus nombres del anonimato de la estadística; y, segundo, por adjudicar la responsabilidad de sus muertes, es decir, por renunciar a la equívoca ambigüedad de términos como “la guerra”, “el narco” o “la violencia” al referirnos a ellas.

Las autoridades han repetido una y otra vez la versión de que alrededor de 90% de los casi cuarenta mil muertos son resultado de “ajustes de cuentas” al interior o entre las propias “bandas” del “crimen organizado”. No existe, sin embargo, ninguna lista que consigne sus nombres ni dé cuenta de si se han investigado sus muertes. Siguiendo a Espada habría que preguntar, entonces, ¿de dónde sale, en qué se basa, esa cifra de 90%?

Porque si no sabemos quién muere ni quién mata… no sabemos nada. Es como si los muertos no fueran de verdad. Literatura.

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