La promesa incumplida del populismo

Indignación y transformación
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Ante la crisis global de la democracia representativa liberal, el populismo se ha presentado como la opción más genuina de la democracia.

Los populistas sostienen que la democracia representativa liberal es un sistema diseñado para servir a los intereses de una élite política y económica. Las alternancias electorales son deslizamientos aceptados por dichas élites, para redistribuir sus privilegios y para que el pueblo tenga la ilusión de que existe el cambio político.

Los populistas quieren quitarle el poder a la élite política-económica, para entregárselo al pueblo. Como el método electoral se ha convertido, después de la caída del Muro de Berlín, en el único modelo legítimo para llegar al poder, los populistas saben que tienen que ganar las elecciones, a pesar de tener el sistema en contra.

Para lograr ese objetivo tienen que construir un movimiento independiente de los partidos políticos tradicionales, ya que se asume que todos ellos están dominados por la élite. Los populistas también dan por supuesto que durante la campaña electoral tendrán que enfrentarse al ataque sistemático de los medios de comunicación, controlados por la misma élite.

Ganar la elección será como ganar una guerra. Eso supone que el movimiento tendrá que organizarse con una disciplina vertical. La autoridad del líder no puede ponerse en duda. Los lugartenientes tampoco pueden permitir la división de las bases.

Aquí empezamos a vislumbrar la promesa incumplida del populismo: la promesa de democracia dentro del movimiento se posterga hasta después de llegar al poder. No se permite la crítica interna, la pluralidad de voces, el surgimiento de nuevos liderazgos. Así se empieza a incubar el huevo de la serpiente.

Después de que el movimiento populista llega al poder, el líder advierte que no se puede bajar la guardia. Los enemigos –así son descritos sus oponentes políticos– están al acecho. El estado de excepción democrática se tiene que preservar al interior del movimiento. ¡Cuidado con los traidores! La lealtad al movimiento –encarnado por el líder carismático– se debe vigilar en todo momento. Cuando se le aplaude al líder todos están pendientes del vecino: ¿quien lo hace con más entusiasmo?, ¿quién baja las manos primero?

La democracia prometida se suplanta por el apoyo incuestionado a las políticas dictadas por la dirigencia del movimiento.

Por otra parte, quienes no forman parte del movimiento, quienes no simpatizan con él, quedan vetados de la participación democrática. No se puede hacer política por fuera del movimiento porque eso supone combatir al pueblo en el poder. La oposición se ve transformada, de esta manera, en anti-política.

En resumen, el populismo promete algo que no puede cumplir: democracia plena. Cuando el populismo alcanza el poder, no lo distribuye a sus bases y se lo niega a sus oponentes.

No hay vuelta atrás. El reto de Occidente es imaginar una democracia post-populista.