La rebelión de las Iglesias en México

Diputados van por ley anticorrupción
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Católicos, evangélicos y ortodoxos, las tres grandes familias de la religión cristiana, se han unido. La coyuntura es conocida. Marcelo Ebrard y su PRD pasaron una ley que califica de igual a un matrimonio que a la unión de homosexuales concediéndoles, además, el acceso a la adopción de menores.

Sin embargo, las razones son más profundas. Se trata de enfrentar el proyecto cultural de la así llamada izquierda que también suma aborto, eugenesia, eutanasia, liberalización de la trata de personas (prostitución, por ejemplo) etc., bajo el cobijo de un laicismo que pretende expulsar a las religiones de la vida civil. Una agenda autoritaria que agrede cualquier forma de organización civil independiente, como las iglesias. La reacción ha sido enérgica y el mensaje muy claro. Un matrimonio, por derecho natural (y existe el matrimonio natural, no sólo religioso), está constituido por un hombre y una mujer. Este es el camino para fundar una familia que es la célula básica de la sociedad. Las leyes humanas deben estar en armonía con el derecho natural y fortalecer el matrimonio, no redefinirlo a capricho. La ley “gay” genera confusión y perjudica a los niños adoptados, pues les priva del derecho a vivir en una familia bien integrada y a desarrollarse como miembros plenos de una especie y sociedad que por naturaleza es heterosexual. Está claro que los adultos, en ejercicio de su responsabilidad, pueden hacer de su vida lo que quieran; pero está más claro que los niños no son juguetes para satisfacer las necesidades afectivas de los adultos. Los políticos no tienen derecho a usar a los niños como armas arrojadizas en sus obsesiones ideológicas.

La reacción del PRD ha sido intolerante y hepática. Han exigido el silencio de las religiones y al secretario de gobernación que, para empezar, haga callar a los católicos. Con excelente criterio el secretario confirmó el principio mínimo de la democracia que es el derecho a expresarse y disentir de lo mandado por quienes gobiernan.

Estos hechos nos dejan cuatro lecciones para empezar. Primera: las religiones no se van a callar ni dejarán de actuar. Dicha ley fue tan sólo un catalizador de un movimiento ecuménico que lleva varias décadas caminando. Segunda: urge un régimen pleno de libertad religiosa pues el creyente, como cualquier miembro de la sociedad civil, tiene derecho a expresarse por y desde su fe. Tercera: se ha roto una alianza histórica entre protestantes y liberales, nacida en el siglo XIX. Mis hermanos evangélicos vieron entonces, con razón, que en la protección de un Estado liberal y bajo un régimen de libertad de cultos tendrían la posibilidad de crecer y desarrollarse. Hoy, los autollamados herederos de Juárez, a quien traicionan, exigen su silencio y emprenden la persecución. Cuarta: las iglesias cristianas aprenden poco a poco que, sólo unidas en la diversidad podrán dar testimonio de la fe y razones de la esperanza para, con caridad y verdad, aportar decisivamente al desarrollo de una sociedad más humana y más justa.

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