Río 2016: ¿y el samba?

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Arrancan los Juegos Olímpicos de Río con más expectativas de caos que de gloria. Los Juegos Olímpicos tienen —aunque a los amantes del deporte nos moleste — un trasfondo político tan indeseado como importante. Brasil —envalentonado por su crecimiento meteórico— optó por acaparar grandes justas deportivas para mostrar su músculo político y económico. La apuesta les salió cara y ahora afrontan el escrutinio internacional en una situación precaria.

Desde la crisis económica de los últimos años era claro que Brasil tendría que esforzarse mucho para cumplir con los compromisos adquiridos para la festividad deportiva. La caída estrepitosa de Dilma Rousseff y los diversos escándalos por corrupción y malversación de fondos en el gobierno brasileño no sólo causaron retrasos significativos en la obras de infraestructura para la competición sino que encendieron los focos rojos de la seguridad en uno de los eventos deportivos más turísticos del mundo.

Río tenía que sobreponerse a la realidad de ser una ciudad con un alto índice de criminalidad, la crisis económica y la inestabilidad política encendieron un polvorín. Si a este escenario le sumamos la epidemia —ya parcialmente controlada — del Sika y las fallas estructurales que han tenido algunas obras —en teoría terminadas—, entenderemos por qué se teme que estos Juegos no alcancen las metas en cuanto a la derrama económica que necesita la ciudad de Río para no terminar seriamente dañada en sus finanzas.

El viernes veremos una inauguración en la que se reflejará la crisis política que vive Brasil: la presidenta –apartada de sus funciones por juicio político- estará ausente y sólo hará cabeza su exvicepresidente, Michel Temer, con un índice de popularidad mejor al 15%. El polémico proceso contra Dilma también causó que algunos mandatarios se negaran a asistir al evento y acompañar a Temer, dando a entender que no avalan su gobierno.

Este estado de animación suspendida en el que está el gobierno de Brasil se mantendrá hasta terminados los juegos para no afectar más un evento que, de salir mal, marcará la imagen del país y podría causarle serios problemas económicos. Así que, más por mercadotecnia que por espíritu olímpico, veremos a partir del viernes una tregua política en la que el pueblo brasileño tratará de convertir en fiesta lo que parece ser un desastre garantizado. Ya sin el escaparate olímpico, seguramente Dilma será oficialmente destituida y Temer tendrá que tomar serias y complicadas decisiones.

Brasil vive de su optimismo. La gente está confiada en un repunte económico y en que los Juegos logren ser parte de esta recuperación. Sin embargo, políticamente, se percibe un cansancio indicativo del desgaste de un gobierno que ha acallado la samba.

msalomonf@gmail.com