Sibelius: un soundtrack para Mexico

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Por:

Julio Trujillo

Sólo si optamos por la dicha de la ignorancia podremos surcar estos días mexicanos con una sonrisa en la boca. Al contrario, parecería que en nuestro país todo se vuelve tragedia, que un magma de drama hierve en el subsuelo, arrebatándonos de la normalidad, de la aburrición democrática.

Con ese malestar mezclado en la sangre, fui ayer con mis hijos, invitado por mis padres, a escuchar a la Orquesta Sinfónica de Minería, con ganas de olvidarme de todo y entregarme a la inefable abstracción musical. Un programa compuesto por la obertura de júbilo de Carl Maria von Weber, el concierto para violín de Jean Sibelius y la tercera sinfonía de Beethoven era la excusa ideal para unir a las tres generaciones en torno al júbilo y los allegros de las obras y desconectarme, durante un par de horas, de “la mala suerte del país”, en palabras del poeta Eliseo Diego.

Y qué bueno que estuve ahí, pero no para olvidarme sino para musicalizar mis sentimientos. Todo por culpa de Sibelius. Como su nombre lo indica, la obertura de Weber y la “Eroica” de Beethoven son obras en las cuales la dicha y la épica de la voluntad descuellan por sobre otros sentimientos, y uno de verdad viaja a territorios paralelos a la realidad, y se evade felizmente.

Pero Sibelius…

El alma atormentada de Sibelius, que siempre hizo eco a los dramas de la naturaleza finlandesa que lo rodeaba, alcanza en su concierto para violín un nivel de pathos musical conmovedor, fuerte, que en lugar de desconectarme de mi realidad me arraigó más en ella, agudizándola, dotándola de una nitidez casi insoportable, bella y terrible al mismo tiempo. Conocido por la dificultad de su interpretación, especialmente en el alucinante tercer movimiento, el concierto fue ejecutado por Augustin Hadelich con maestría. Con el rostro quemado por un incendio en la casa familiar que padeció cuando tenía quince años de edad, Hadelich pareció agregarle emociones añadidas al lirismo de Sibelius. Y la violencia y el desamparo que excepcionalmente se superponen a mi natural bonachonería, un temperamento que en los últimos días y semanas mexicanos han tomado mi organismo por asalto, parecieron encontrar el soundtrack ideal. No una marea melodramática, sino oleadas de emoción articulada en música; eso, como si mi interpretación de México (púa enterrada) hubiera encontrado por fin una salida expresiva que no cabe en mi desaseada prosa. Un finlandés interpretado por un italiano (con el respetuosísimo fondo de la orquesta sinfónica) me ofreció la textura ideal para adecuar el patetismo de nuestros días.

Y no todo es oscuridad: el concierto para violín de Sibelius nos regala una promesa de rumbo, una ligera pero nítida apertura de luz en su tormentoso cielo, misma salida que sin duda existe para el borrascoso presente que atraviesa nuestro país. Mucho mejor que pretender que no existe un malestar, una realidad dramática en la que estamos insertos todos, es buscar su orquestación emocional. Sibelius me dio eso ayer, y eso ya es mucho.

julio.trujillo@3.80.3.65

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