Time 2017 a #MeToo y nueva tensión en Medio Oriente

ENTRE COLEGAS

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Dedico mi colaboración de esta semana a la decisión de la revista Time de nombrar como personaje del año al movimiento de denuncia contra el acoso sexual conocido como #MeToo, y, por otra parte, al anuncio del presidente Donald Trump del traslado de Tel Aviv a Jerusalén de la embajada de los Estados Unidos en Israel.

Romper el silencio. Si bien es un asunto ancestral, muy presente en las relaciones de poder, que el individuo que se ve con posibilidad de abusar (en muchos sentidos) del otro se enfrente a la enorme tentación de materializarlo, y muchas veces termine por hacerlo, es hasta ahora que adquiere enorme relevancia global el grave problema del acoso sexual, mayoritariamente —por supuesto— contra mujeres. Hace apenas unas semanas los escándalos de abuso sexual por parte del magnate cinematográfico Harvey Weinstein fueron la chispa (poderosa ella) que iniciaría el fuego. A partir de ahí se multiplicaron los incendios, no sólo en el ámbito del espectáculo estadounidense (pasando por el notorio caso de Kevin Spacey, que sacó a la luz, por primera vez a esa escala, un grave caso de conducta repetitiva de abuso sexual de un hombre sobre otros hombres), sino también en la política —la otra de las dos esferas mediáticas que captan la mayor atención social—, y se extendieron a prácticamente todo el mundo. Así, la influyente revista Time, en su esperada portada de final de cada año, designó esta vez al movimiento #MeToo como personaje del año. No es la primera vez que no se galardona a una persona en particular (en 2014 se reconoció a los luchadores contra la epidemia del ébola, y en 2011 a los manifestantes de diversas agendas, por citar algunos casos). Este año se trata de una decisión en extremo atinada. Al grupo de personas —muy mayoritariamente mujeres— de distintos ámbitos que han dado la cara le acompaña el brazo otra persona, que simboliza a quienes aún no se han atrevido a denunciar. Una imagen poderosa, que ayuda a contribuir a romper el círculo vicioso, castigar a los acosadores y tomar medidas para evitar que se siga reproduciendo esa deleznable conducta. Muchos señalados ya han recibido la condena social apropiada. Faltan las condenas legales que merecen.

Capricho contra la historia. ¿Nadie lo esperaba…o todos lo esperábamos? Donald Trump, fiel a su estilo de generar polémica (lo único en lo que parece ser consecuente) y retroalimentar a su base electoral (lo que no es, para nada, hablar bien de él), recordó una más de sus absurdas promesas de campaña y anunció solemnemente el cambio de la embajada de su país en Israel, de Tel Aviv (donde literalmente todo el mundo tiene sus embajadas ante el Estado hebreo) a suelo jerosolimitano (sí, ese es el gentilicio que corresponde a Jerusalén). Los equilibrios de convivencia social y condiciones de mantenimiento de paz en el Medio Oriente, se sabe, son ancestralmente muy precarios. Mal que bien, el statu quo sobre la tres veces ciudad santa, que Trump violentó, había funcionado por varias décadas. Si bien desde la Guerra de los Seis Días, en 1967, Israel extendió sus límites y logró incorporar a toda la ciudad bajo su dominio político y civil, la realidad es que desde el final de la Guerra Árabe-Israelí de 1948, los asentamientos se fueron alineando para que la zona occidental fuera controlada por los judíos y la oriental por los palestinos. Hasta Rusia fue más prudente en sus decisiones: en abril de este año reconoció a Jerusalén Occidental —ojo con el énfasis— como capital de Israel, y la parte oriental como capital de Palestina. Al no reparar Trump en esa “pequeña” cuestión, se puso del lado de la postura sionista radical sobre una supuesta indivisibilidad jerosolimitana, omitiendo la demanda palestina de hacer de Jerusalén Oriental la capital de su eventual futuro Estado, y pisoteando incontables resoluciones de las Naciones Unidas, votadas a favor por su propio país, que exigen un estatus especial para esa milenaria ciudad. Saldos inmediatos: una nueva ola violenta de protestas palestinas y —es de esperarse— un retroceso en el (hoy por hoy ya de por sí precario) proceso de paz.

Horacio Vives Segl

Horacio Vives Segl

Licenciado en Ciencia Política por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y doctor en Ciencia Política por la Universidad de Belgrano (Buenos Aires, Argentina). Profesor y director del Centro de Estudios Alonso Lujambio en el Departamento Académico de Ciencia Política del ITAM. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Autor de diversos libros y artículos sobre elecciones, política latinoamericana y política mexicana, publicados en medios académicos y de divulgación en México y en el extranjero. Analista político.
Horacio Vives Segl

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