Ucrania, entre dos aguas

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Beatriz Martínez de Murguía

Alguien, bien informado, escribía en días pasados, en referencia a la crisis política en Ucrania, que sólo la historia del último siglo explica bien la furia con que los opositores al presidente Yanukóvich han tomado la calle en Kiev.

Explica, desde luego, la tenacidad con que una parte de la oposición defiende, contra viento y marea, el acercamiento a una Europa que en su imaginario representa todo aquello que Rusia les ha negado siempre: libertades individuales, imperio de la ley, libertad de expresión, coto a la corrupción... en definitiva, un estado de derecho digno de ese nombre. Y explica que sea una oposición profundamente dividida, hecha también de grupúsculos de extrema derecha, ultranacionalista y violenta, a la que se responsabiliza de la toma de edificios gubernamentales y de los enfrentamientos más duros con la policía, y que reivindica una Ucrania independiente al tiempo que se proclama heredera del líder nacionalista ucraniano Stepán Bandera, colaborador con el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial en la limpieza étnica del país.

Históricamente tironeada entre sus mucho más poderosos vecinos, Ucrania se ha convertido hoy en el escenario político donde tanto la UE como Rusia miden sus fuerzas. La dimisión en bloque del gobierno el martes pasado, además de la derogación parlamentaria de las leyes aprobadas el 16 de enero pasado, que limitaban el derecho de manifestación entre otras medidas y agravaron el ánimo contra el presidente actual, sólo quita algo de presión a una situación insostenible. Aferrado a un poder que la oposición considera ilegítimo, pues ha incumplido su promesa de acuerdo con la UE entre otras cosas, Yanukóvich, un político astuto y del viejo estilo, ha echado marcha atrás en un repliegue táctico y presionado por los oligarcas del país, que temen perder la enorme influencia de la que todavía gozan.

Vladimir Putin, el presidente ruso, sabedor de que el nivel de confrontación en las calles de Kiev (barricadas, toma de edificios...) le aconsejaba prudencia, no fuese a terminar apareciendo él como el orquestador de la represión, aunque fuese por la persona interpuesta del presidente Yanukóvich, optó también el martes pasado por un nuevo discurso más moderado: sin renunciar a criticar abiertamente y una vez más la intromisión de la UE en la crisis política del país, aseguró que Rusia respetaría escrupulosamente la soberanía de Ucrania en caso de que unas nuevas elecciones dieran el poder a un gobierno favorable a los acuerdos con Europa. Eso sí, la amenaza fue explícita e implícita, e incluso dejó espacio para la ironía: criticó que la UE, en su afán por criticar al gobierno ucraniano, termine por apoyar también a una oposición ultranacionalista y xenófoba y aseguró que, si se diera el caso, Rusia buscaría recuperar los 15 000 millones de euros que Ucrania le debe. Al buen entendedor, pocas palabras. Ahora la pelota está en el tejado de una Unión Europea dividida en su propósito respecto a Ucrania y que no siempre cumple lo que promete.