Sábado 16.01.2021 - 18:38

Una gesta

Todos los fuegos el fuego
Por:

Tengo el defecto de ver el lado bueno en las coyunturas de vida, por más dolorosas, tristes o difíciles que éstas puedan ser. Este defecto me lleva, a veces, a relativizar las complicaciones, y a proyectar ignorancia o despreocupación.

“No ha entendido”, piensan quienes me rodean, y sí, es probable que no me haya caído del todo el veinte de la dura realidad. Curiosamente, entiendo que no entiendo, y eso ya es algo, me digo.

Mi caso no es especial (“aprende a ser uno más o serás uno menos”, me dijeron hace poco): en un país donde se apilan cadáveres en camiones sin mayor escándalo y en donde impera la impunidad, este íntimo y miope optimismo se desvanece, y no está mal que así sea para darle entrada a la evidencia del afuera, de los otros, de “la realidad”.

En la coyuntura de la que hablo (un retiro) pude convivir con personas (jóvenes en su gran mayoría) profundamente heridas, rotas, confundidas y frágiles, producto, entre otras mil cosas, de un sistema estresante y deshumanizado donde el imperativo es el goce instantáneo, la urgencia de los commodities, la necesidad del selfie. Una presión que los (nos) descarriló y llevó a la depresión y a la ira, a la insatisfacción crónica, a la prisa y finalmente a la autodestrucción. No obstante —y aquí es donde se cuela mi terco optimismo— también reconocí un filón de esperanza, una petición auténtica de que se les obsequie una segunda (o tercera o décima) oportunidad. Escucharlos —y saber escuchar es un servicio— fue una lección de empatía, de sacarme por una vez de la ecuación y ponerme en los doloridos zapatos de los otros, dando la íntima batalla de la reconstrucción. Nada fácil pero no imposible camino que consiste en la reducción del ego y en el verdadero conocimiento de uno mismo (a mayor egocentrismo, menor identidad) para poder, también, entender a los demás.

He sentido (las redes sociales son clara evidencia) que vivimos tiempos de puros monólogos simultáneos, y que esa sordera está en la raíz de muchos de nuestros problemas. El mandato de un político (pero también de un padre, de un amigo, de una pareja) es escuchar, atender y entender a su gente. Si la lente de nuestras cámaras sólo apunta hacia nosotros mismos, sí sólo tenemos oídos para nuestra voz y si únicamente atendemos el interés personal e inmediato, estamos condenados al fracaso como sociedad y como individuos.

Este país de rabia y de pobreza, de dolor y de muerte acumulándose, necesita una buena dosis de empatía social, de aprendernos a escuchar acallando la propia voz. Creo, tal vez cándidamente, que no es una gesta imposible.