Martes 14.07.2020 - 02:55

Venezuela y populismo: un oscuro aleteo del destino

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Somos privilegiados: ese misterioso “taller de Dios”, como llamó Goethe a la historia, nos pone como testigos de la implantación de una dictadura sangrienta en la esquina del continente, cuando creíamos que Pinochet, Videla, Bordaberry eran una fatalidad sin retorno en una región ya civilizada.

Nicolás Maduro desmanteló ayer la democracia en Venezuela con una votación amañada de acarreados y matando a 15 personas, en una jornada que denominar “electoral” es un insulto a la libertad, y a más de un centenar de opositores asesinados por sus militares y esbirros desde mayo pasado.

Cierto. También presenciamos otra dictadura en nuestras narices: la cubana. Pero ésta no asesina a su pueblo. El sistema de gobierno en que derivó la revolución de 1959 se basa en el miedo, con su gente de espaldas al mundo, sumergida en el aislamiento informativo, inmovilizada por el terror.

La dictadura cubana se finca en un control social que convierte a los ciudadanos en “no personas”: dueña del registro civil, la salud, la educación, el empleo, el servicio militar, la prensa, las empresas y eliminando cualquier institucionalidad civil, religiosa o cultural que pudiera sustituir al Estado.

Es una dictadura similar a la cubana a lo que aspira Maduro, masacrando primero ante el mundo a sus opositores, y con la imposición ahora de su Constituyente, que lo ungirá como presidente e integrada por 545 candidatos miembros de su partido, aliados o simpatizantes.

Maduro prohibió el registro de candidatos cuyas propuestas fuesen contrarias al socialismo y a la economía comunal que preconiza su gobierno, sin libertad de expresión, de movimiento o empresa y otorgando al Estado el dominio absoluto de todas las instituciones.

Desde que fue elegido presidente, Maduro fue imponiendo su dictadura a una sociedad adormecida desde antes por el populismo de Hugo Chávez, quien dividió a los venezolanos llamando a unos “pueblo” y a otros “oligarcas”, como hace aquí AMLO con el “pueblo” y la “mafia del poder”.

Porque no se puede olvidar que los electores venezolanos votaron por Maduro el 20 de abril de 2013, cometiendo un suicidio histórico y cancelando su vocación democrática. Los venezolanos le creyeron a Maduro, como hoy la mayoría de mexicanos cree en AMLO.

La dictadura total es imprescindible para Maduro, después de que Chávez incubara el huevo de la serpiente separando para siempre a la sociedad venezolana con base en campañas de odio al más puro estilo fascista: los “burgueses” (como para Hitler los judíos) tenían la culpa de todo.

Una basura cimentada por Chávez sobre un auge del consumo similar al que vive hoy México, y gobernando a través de una amplia coalición de oficiales del ejército coludidos con el narcotráfico colombiano, y políticos e intelectuales de extrema izquierda.

Chávez le sirvió la mesa a Maduro, con 14 años de controles a la prensa y la economía, expropiaciones de empresas privadas nacionales y extranjeras (entre ellas las mexicanas Gruma y Cemex) y la confiscación de más de mil 500 pequeños negocios y granjas de campesinos.

Maduro hizo el resto con una libreta de racionamiento y un control de precios que provoca escasez y angustiosas filas para comprar pan. Su PIB se contrajo 35 por ciento y la producción de petróleo cayó medio millón de barriles diarios. ¿Resultado?: cuatro de cada cinco hogares son pobres.

Sí, somos privilegiados al atestiguar, en Venezuela, la implantación de una dictadura a través del populismo, con candidatos que usan la democracia para llegar al poder y destruir después el Estado de Derecho… al amparo de la propia democracia.

Esta izquierda radical que polariza a la sociedad y logra que ésta se harte de las reglas del juego político democrático (al igual que consigue Morena en México) no puede, en cambio, afianzarse en el poder sin estatizar la economía, ni manipular las necesidades de las clases bajas y medias bajas.

Quienes votaron ayer por la dictadura de Maduro fueron acarreados: los 4.5 millones de trabajadores de empresas del Estado o de organismos comunales, y temen perder su trabajo y las raciones de alimentos que reciben, por encima de la libreta de racionamiento.

Ojo, pero tampoco olvidemos que el populismo no sólo abomina la libertad, con su control electoral, las expropiaciones y el chantaje a los trabajadores del Estado, que en 14 años aumentaron de 800 mil a 2.4 millones.

También porque depende de una policía política que obliga a la gente a votar y se compone de soplones y matones armados. En Venezuela son los “colectivos en motos” que matan opositores. En Cuba, las “fuerzas de acción rápida”, que van de casa en casa amenazando que “si sales, te la cortamos”.

Sería un error, sin embargo, que desde México observemos como algo ajeno lo que ocurre en Venezuela. El populismo alimenta a diario lo que Stefan Zweig describía como esos instantes “dramáticamente preñados de fatalidad”.

Que aquí pueden ver la luz en apenas 335 días.

Twitter: @ruben_cortes