Votos

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Julio Trujillo

Hay muchas maneras de votar y muchos votos. Los principales son:

El primero es el automático, hijo de la militancia y el hábitat político. Es casi una tautología, pues el prosélito ya había votado antes con su afiliación: éste de ahora es un resello, la contribución que se espera de él. Lo mismo para el rey que para el peón del partido: teóricamente es un voto instintivo e incluso irreflexivo (aunque vale la pena preguntarse por la psicología del interior de la casilla: ¿qué pasa por la cabeza de quienes se espera un voto inamovible?, ¿los asalta la tentación de la apostasía?, ¿salen del clóset ideológico en esos centímetros cuadrados?, ¿podemos imaginar esa linda veleidad en que un panista histórico vota, casi sin confesárselo a sí mismo, por Morena?)

El segundo es una rareza, pues supone que el ciudadano ha seguido las campañas y se ha dejado seducir por una propuesta particular. Un mexicano sin afiliaciones que vota por el partido que lo convenció, con la seguridad de que forma parte de un pacto básico: se cumplirán las promesas de campaña a cambio del sufragio. Movidos entre la incredulidad y el hastío, entre la risa y la suspicacia, ya no creemos en un voto así, pero dicen que existe en algunos lugares del mundo. En otro tipo de sociedad, incorruptible y madura, éste y no otro debería de ser el voto natural.

El tercero es el voto nulo. Es un recurso factible y usado con el que el ciudadano quiere expresarse sin manifestarse a favor de ningún partido. Se trata de cumplir con nuestra presencia en el ejercicio democrático de las elecciones, de manifestarnos en una casilla y decir: “voto por nadie”, pero voto. Hay muchas maneras de anular un voto: depositando la boleta en blanco, marcando toda la boleta, marcando dos o más recuadros de partidos que no forman una coalición; escribiendo un soneto al dedo gordo; garabateando todo, etc. Interesante. Pero el INE no contabiliza los votos nulos: no les confiere realidad, sino que redistribuye los porcentajes totales entre los partidos que sí fueron votados, lo cual es lamentable.

El cuarto es el voto de castigo o voto “de nariz tapada”. No es un voto para que alguien gane, sino para que alguien pierda. Es una manera estratégica de manifestarse y de intentar arrebatarle a algún partido la tajada mayor del pastel. Muchos mexicanos votaron así en 2000: se taparon la nariz, votaron al PAN y consiguieron la proeza histórica de “sacar al PRI de Los Pinos”. No tenían por qué saber que les esperaban doce años de miseria política: su voto de castigo funcionó perfectamente. Hoy se está promoviendo esta forma de votar con el lema “¡A votar sin esperanza, a votar castigando!” La idea es que el PRI pierda su mayoría en el Poder Legislativo.

Otra manera no muy popular de votar es no votar. El problema es que este abstencionismo deliberado se confunde con el abstencionismo de la apatía, la ignorancia o el desdén. Pero de que pesa, pesa. La única manera en que podríamos considerar al abstencionismo como una estrategia exitosa sería si nadie, pero nadie, votara. Sería un escenario digno de vivirse, con nuestra clase política relegada, in toto, a la orfandad. Pero me temo que ya entré al terreno de la ciencia ficción.

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